Tuesday, February 19, 2013

Mensaje de Cuaresma 2013

El Señor en el desierto y el Padre Nuestro
Las Escrituras nos dicen que Nuestro Señor tomó la decisión de pasar  cuarenta días en el desierto “impulsado por El Espíritu Santo”. El Señor pasó estos cuarenta días en oración y en ayunas para “rezarle a su Padre en secreto”, así como él mismo nos aconsejó hacerlo. Buscaba el espacio idóneo para dirigir toda su atención como hombre “lleno de gracia y de verdad” al diálogo con su Padre. Salió a encontrar espacio de comunión con el Padre; el demonio lo siguió. Eso sucede.
San Lucas nos indica que el demonio llegó “cuando se completaron aquellos días”. Eso quiere decir que al terminar su tiempo de oración y comunión con el Padre, el demonio, como la culebra esperando su momento para atacar, estaba bien listo. El Señor tenía hambre. Quizá el Gran Mentiroso anticipaba insinuarse al alma del Señor por medio de su debilidad corporal. Buscaba alguna manera de introducir un veneno en la santísima alma del Señor. No logró hacerlo, como ya sabemos. El Señor nos muestra que la fuerza del alma fortalecida con la plena comunión con Dios robustece el cuerpo debilitado. 
Vale la pena notar que el demonio le presentó tres tentaciones al Santo Hijo de Dios. La primera tiene que ver con el pan, porque tienta al Señor con convertir las piedras en pan para satisfacer la necesidad del cuerpo. La secunda tentación tiene que ver con el reino, porque el demonio le ofrece al Señor toda la gloria de los reinos del mundo.  Y la tercera tentación tiene que ver con el peligro evitable, porque el demonio sugiere que sería bueno si el Señor se arrojara desde la parte más alta del templo dándole así al Padre celestial ocasión para manifestar su cuidado sobre el Hijo eterno hecho hombre.
No es mera coincidencia de palabras que tres de las peticiones del Padre Nuestro corresponden a estas mismas realidades: el pan, el reino, y el peligro. Solían decir los Santos Padres que la oración dominical es un resumen en pocas palabras de todo el Evangelio. De hecho, nos damos cuenta de que la estrategia del demonio es revolcar las fundaciones de lo que el Señor vino a ofrecernos en su Evangelio, y en la oración que él nos enseñó.
El Señor nos enseña en la oración dominical que el Padre nos ama y está vigilando sobre nosotros. Dios es providente, y cada día nos da los recursos necesarios para sostener la vida del cuerpo y del alma. El demonio desea introducir un miedo en el alma del Señor; propone establecer una duda sobre el cuidado actual del Padre. Rechazando esta tentación Nuestro Señor nos enseña que la tentación de manipular la naturaleza no ayuda al ser humano si está motivado por miedo; al contrario, confianza en Dios debe de inspirar la actividad del ser humano a colocar los recursos necesarios para el bien del cuerpo. Me parece una lección fuerte para hoy en día cuando tantos poderes científicos están en nuestras manos. Lamentablemente este poder se usa frecuentemente para destruir la vida y no para promover la vida. Pienso, por ejemplo, en la manipulación de los embriones humanos, cosa que actualmente debe de horrorizar una mente sana. Pero tales esfuerzos surgen de la actitud que dice que no hay un Dios al cuidado de nosotros, y por eso nos atrevemos a dominar los recursos del mundo sin referencia a la dignidad de la vida humana. La tecnología es buena en sí pero sin referencia a Dios resulta destructora.
El demonio le ofrece al Señor la gloria pasajera del mundo. La tentación de dominar y de controlar siempre ha sido fuerte en el corazón humano. Hoy en día se muestra de muchas maneras. Pero el Padre no se complace en la jactancia mostrada en los reinos basados en el deseo de dominar, de acumular riquezas y de controlar a los recursos destinados para el bien de todos. Dios desea un pueblo libre para cultivar y actualizar el bien, no para buscar como exaltar mejor nuestros propios egoísmos. Dense cuenta que le pedimos al Señor que “venga su reino” y con esta petición rechazamos los reinos que nos ofrece el demonio. El reino de Dios “consiste en la justicia, en la paz, y en el gozo del Espíritu Santo” como dice San Pablo en su carta a los Romanos (14, 17). En el Reino de Dios vivimos para buscar no tanto nuestros propios intereses sino los intereses de todos. Pero para avanzar en el reino de paz y de justicia entre los seres humanos es preciso que primero nos dediquemos a cultivar una relación viva con Dios. Por eso, al rechazar esta tentación, el Señor le dice al demonio que “adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás”.
Le pedimos al Señor que no nos deje caer en la tentación. Esto quiere decir que pedimos la ayuda del Señor para evitar el peligro mortal. Pues eso es precisamente lo que quiere el demonio: invitar a Jesús a buscar el peligro para forzar  al Padre a poner en evidencia su cuidado personal. El Señor rechaza la actitud que dice que Dios debe de poner en evidencia su amor según los caprichos de los seres humanos. Dios cuida al mundo pero su sabiduría y su poder superan nuestro alcance. Tentar al Señor significa ponernos deliberadamente en condiciones de peligro con la idea de que al fin de cuentas Dios salva. Los peligros existen en muchas formas. Algunas amenazan el cuerpo, otras el alma. Pedir la gracia de evitar la tentación implica pedir una ayuda actual para evitar las circunstancias que invitan al peligro ya sea del cuerpo o del alma. Al mismo tiempo, me parece que ésta tentación se muestra en realidad como un asalto contra el sentido común del ser humano. No hay para que buscar peligros y tentaciones; existen de sobra. Al rechazar esta tentación, Nuestro Señor vindica el valor del sentido común que Dios mismo nos ha dado para guiar nuestras decisiones diarias.
El Señor rechaza las tres tentaciones y de ésta manera muestra que el camino que él vino a establecer es un camino de plena confianza y de comunión en la bondad del Padre. El Hijo, y nosotros, hijos e hijas de Dios, no necesitamos tentar al Señor, ni buscar reinos de gloria efímera, ni dudar de la providencia de Dios. Por eso les recomiendo meditar frecuentemente sobre las peticiones del Padre Nuestro durante la Cuaresma. Servirá como una buena guía y como una columna de fuerza para rechazar las tentaciones que enfrentamos diariamente. El Señor Jesucristo triunfó sobre estas tentaciones y con la ayuda de su gracia, nosotros también las superaremos.
df

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