Saturday, July 5, 2014

Los no-nacidos, el inmigrante, el Católico y la política: luchemos para buscar un mejor camino


Un Cristiano Católico busca cómo vivir su vida de una manera fiel, adivinando por medio de un tipo de presentimiento connatural un camino para poner en práctica el orden de lealtades que Cristo mismo ha puesto en su corazón. Para la Católica, y para incontables miembros de otras comunidades cristianas, la lealtad para con el Señor tiene el primer puesto, y su dicho indicando que "lo que haces al más mínimo me lo haces a mí", provee la luz por la cual tratamos de vivir nuestro compromiso diario hacia Cristo nuestro Señor y hacia nuestros hermanos y hermanas en el mundo.

La Católica se dirige a los bienes comunes de la sociedad civil: la vida, comida suficiente, salud, educación y el empleo justo, una comunidad con seguridad para vivir, y para criar a sus hijos. Ella desea esto, hace sacrificios para lograrlo, y batalla para alcanzarlo, no sólo para ella misma, cómo si fuera motivada por un individualismo exagerado, sino cómo bienes que todos merecen. Dios mismo desea estos bienes para todos. Ella sabe que muchos carecen de la más mínima esperanza para obtener tales bienes. Y, porque Él nos mandó "amar al prójimo cómo nos amamos a nosotros mismos", ella no puede hacer otra cosa que buscar cómo hacer lo que pueda como miembro de la sociedad, para mejorar las condiciones no sólo para algunos pocos sino para muchos. 

Es una vergüenza, entonces, que cuando la Católica trata de entrar al campo de la política, con mucha frecuencia encuentra una esfera peligrosa. Ella descubre que las opciones que se presentan en el mundo de los partidos políticos y del discurso civil le ofrecen poco espacio para hablar con la plenitud de su voz. Un partido le da la bienvenida al inmigrante, pero promueve la idea que las hijas no-nacidas de los ciudadanos y de los inmigrantes no tienen derecho de vivir. El otro partido piensa que es bueno que una sociedad de la bienvenida a la vida, pero sólo si uno no viene de un país que queda al sur de Brownsville, Texas.

Sí, hablo en términos generales, y sin duda vemos ejemplos nobles y heroicos que corren contra la corriente de los dos partidos. Pero las excepciones tienden a destacar aún más la dureza de la regla. Y, sí, existen otros bienes de considerar cuando tratamos de decidir cómo participar en el proceso político: justicia en el trato de los trabajadores, la economía, la educación, y la salud pública. Ciertamente debe la Católica luchar en todos los frentes de la batalla a favor de  un camino civil más compasivo, pero existe un sentido profundo dentro del cual sabemos por instinto que si nosotros en este país no juzgamos justamente lo que debemos hacer para el no-nacido y para el inmigrante, fracasamos como pueblo delante de la llamada más básica que nos hace la buena consciencia, y nuestras preocupaciones sobre los otros asuntos se convierten en caricaturas desfiguradas de sí mismas. 


Criaturas mueren en el camino que sale de un vientre en Honduras buscando aire en los Estados Unidos. Criaturas mueren en el vientre aquí en los Estados Unidos, prohibidos de respirar el aire de su país. ¿Porqué se les hace tan difícil a nuestros líderes juntarse alrededor de un sentido razonable que la primera obligación de la sociedad es proteger a la vida de los más vulnerables? ¿Porqué sucede que un partido extiende el principio de protección en una dirección, pero no en la otra, mientras el otro partido lo extiende en la dirección opuesta, sin atrever de colindarse con lo que dice el otro partido? La compasión de cada partido taja por arcos opuestos, cada uno excluyendo e incluyendo a muchos en el proceso. 

A la no-nacida igual que al inmigrante se les niega una oportunidad porque no son reconocidos. A ambos les falta un documento que tenga escrito: tengo un derecho a mantenerme vivo. Pero los documentos son escritos por gobiernos que con demasiado frecuencia presumen que al escribir, confieren el estatus ahí escrito. Pero no es así. Los gobiernos no pueden conferir lo que antes Dios había dado, sólo pueden reconocer una dignidad ya presente, y luego trabajar para respetarla. El problema es que los gobiernos son selectivos para reconocer la dignidad que las  personas ya poseen. 


El reino del pecado y de la muerte se presenta usando varios nombres, y con aún más disfraces. Es el juego que ha jugado el mundo desde que Cain despreció a su hermano Abel. Es el juego que dice que algunas vidas valen más que otras, y que algunas personas más merecen ser relegados a un lado. Es el juego que dice que el poder les pertenece a los que saben agarrarlo, y utilizarlo para controlar-- por medio de palancas movidas detrás de las cortinas-- las decisiones sobre quienes merecen vivir, y sobre quienes pueden desaparecer. Es el juego que decidió deshacerse del Príncipe de la Paz por medio de una cruz, y es el juego que Él mismo derrotó resucitando.

Sí, tenemos que tomar decisiones sobre cómo votar y cómo participar en el proceso político. Si nos ausentamos del discurso y proceso político, sólo dañamos a los que más merecen nuestra preocupación. Pero no debemos de aceptar sin discusión las bien empaquetadas opciones que los partidos han determinado son las mejores para los que importan más. Nos engañamos con un autoengaño cruel si rápidamente nos acoplamos con un lado político para marchar al sonido de sus trompetas sin haber primero desafiado las premisas gobernando la manera en que los partidos reparten los naipes determinando nuestras opciones.

Existe un papel importante para la lucha política, y aún hay espacio para la lealtad política dentro del alma Católica. Sin embargo, estas lealtades jamás llegan al nivel de la lealtad que le debemos a Cristo nuestro Rey y Salvador. Estas lealtades menores sirven solamente en cuanto promueven la misión de trasformar la creación según la gracia teñida con la gloria que el Señor-- por su muerte y resurrección-- vino para traernos. 



Que los Católicos les digan a los amigos que tienen entre los poderosos de ambos partidos que los espacios políticos que abarcan son demasiado limitados, y que las opciones que nos ofrecen son sumamente crueles. Que los Católicos dentro del partido de los demócratas les hagan saber a sus poderosos que la carpa donde se reúnen debe de contener espacio para los que defienden la criatura no-nacida, y que el arco protegiendo los vulnerables no debe de excluirlas a ellas del número de los protegidos. Y que los Católicos dentro del partido republicano les hagan saber a sus poderosos que la carpa dentro de la cual se reúnen debe de tener espacio para los que defienden al inmigrante, y que el arco defendiendo a los vulnerables no debe de excluirlos a ellos del número de los defendidos.

Quizás como el Quijote nos dirigimos a molinos de viento, pensando que los partidos nos escucharán y que crearán un espacio político más amplio, pero es el Señor el que nos pide poner nuestro mayor esfuerzo para abrir un mejor camino, un camino que defiende primero la dignidad humana, y después procede a discernir los caminos prácticos y difíciles que la dignidad implica. Pero si no tratamos de desafiar los arcos de exclusión que ambos partidos luchan para mantener, nos encontramos como cómplices en aquella actitud que dice que al fin y al cabo la política es un juego, y sólo podemos unir nuestras voces a un canto predeterminado. Quizá tratar de cambiar la condición lamentable de la política en este país sea una lucha de mucho tiempo, pero no nos dejemos por vencidos. Luchemos la lucha noble con fe en el Señor cuyo gracia nos sostendrá mientras nos dediquemos a proteger y defender a  los más mínimos de los suyos. 

+df



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