El texto que sigue fue publicado en Inglés por Catholic News Service, y se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://cnstopstories.com/2017/08/29/commentary-god-in-the-flesh-is-brother-to-the-whole-human-race/amp/
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Existen cosas tales como ideologías racistas y éstas
se pusieron en evidencia durante la fea conflagración en Charlottesville,
Virginia.
Las ideologías racistas proclaman descaradamente que
algunas razas son biológica y culturalmente superiores a otras. El nazismo
reforzó sus afirmaciones racistas en los años treinta a través de una
seudociencia que argumentaba absurdamente la superioridad física e intelectual
de las razas arias y nórdicas sobre todas las demás. La propaganda, el miedo y
la manipulación de la ciencia convencieron a muchos de que era socialmente
necesario defender la "raza" de elementos "inferiores". Por
lo cual, iniciaron un programa de exterminio humano de aquellos a quienes
consideraban que pertenecían a razas inferiores tales como judíos, gitanos,
polacos y muchos otros. También iniciaron la experimentación eugenésica, la eliminación de los físicamente débiles, y la de aquellos con
capacidades diferentes, mental o físicamente, tal como las personas con
síndrome de Down.
En su raíz, el racismo es una convicción de que el
grupo al que se pertenece (o se quiere pertenecer) es, por cualquier razón,
inherentemente superior a todos los demás y por lo tanto tiene el derecho y la
obligación de defenderse y de controlar a otros "grupos". En nuestro
tiempo, estas ideas se mezclan con nociones deducidas de Darwin y Nietzsche,
sosteniendo que la naturaleza está gobernada por la ley de la
"supervivencia del más apto". Por lo tanto, los grupos supuestamente
superiores se movilizan para combatir la amenaza que los otros grupos
presentan. Estos grupos dirían que es su derecho asegurar la supervivencia del
más apto. Esta es la razón por la que el racismo nunca está lejos de la
pesadilla de la manipulación genética, el aborto selectivo (¿quién es seleccionado?)
y la eutanasia del débil (por medio del fuerte).
Todo esto es tan hostil a lo que la fe católica
enseña y a lo que los católicos ordinarios tratan de vivir diariamente. Toda la
raza humana, todos nosotros, fuimos creados a imagen de Dios y redimidos por la
sangre de Cristo. Estamos hechos para la comunión de unos con otros como hijos
de Dios. El objetivo de la historia, según las Escrituras, es la reconciliación
y la Jerusalén celestial, y no las manos manchadas de sangre del último
sobreviviente.
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Escarnio de Cristo
Jan Gossaert, 1527
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Dios se encarnó en el vientre de la Virgen. Dios en
la carne es hermano de toda la raza humana y no sólo una parte selecta de ella.
Esta solidaridad con nosotros debería ser suficiente para desterrar de nuestros
pensamientos la idea de que cualquier persona o grupo puede ser señalado como
inferior, menos merecedor de respeto, cuidado y protección. Pero recordemos
también que en la hora de su pasión Cristo completó su identificación con
nosotros aceptando la condición del rechazado, el despreciado: “Despreciado,
desechado por los hombres, [...] como alguien ante quien se aparta el rostro, tan
despreciado, que lo tuvimos por nada (Isaías 53, 3)”. Cristo asumió la condición de
despreciado, identificándose para siempre con aquellos que son despreciados por
cualquier razón. Por lo tanto, cualquier persona rechazada por razones de
prejuicio racial, o por cualquier otra razón, es el mismo Cristo entre
nosotros. Y tengamos por seguro que todos seremos juzgados según la manera en
que lo tratamos. "Amén, les aseguro, que todo lo que no hicieron por
uno de estos más pequeños, tampoco lo hicieron por mí" (Mt 25, 45).
Toda tendencia racista encuentra su parentesco en la
historia de Caín y Abel. Es la historia de dos hermanos y su historia es
nuestra historia. Caín mató a Abel por resentimiento, miedo, envidia y celos.
El resentimiento de Caín se reflejó en el pensamiento de que para que él
tuviera paz, su hermano tenía que morir. Y del pensamiento vino la voluntad, y
luego la acción violenta. Pero aun en el comienzo del fratricidio, el Señor
Dios ofreció esperanza: Y el Señor dijo a Caín: "¿Por qué te enojas y
pones mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no
lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú
puedes dominarlo a él” (Gen 4, 6-7).
El "impulso" del pecado mencionado en el
libro del Génesis es la misma realidad por la cual Dios actúa para salvarnos al
hacerse hombre y soportar la cruz. La lucha cristiana, y de hecho, la verdadera
lucha humana es dominar el impulso del desprecio y de la falta de respeto hacia
el prójimo que en realidad es mi hermano y hermana. Como el Señor Jesús
lo dejó muy en claro en la gran revelación de la Nueva Ley, el pecado está en
el consentimiento del corazón antes de que esté en la acción. “Yo os digo:
Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal, [...]
pero el que llame a su hermano imbécil, será reo de la Gehenna de fuego” (Mt 5,
22). Este es el "impulso" sobre el cual Dios advirtió a Caín. Y
por gracia es el impulso que debemos dominar.
El Misterio de la Fe confiado a la Iglesia requiere
que todos examinemos honestamente nuestras conciencias y pidamos la gracia para
ser liberados de cualquier resentimiento oculto, prejuicios y vestigios de
racismo. Y habiendo hecho eso, debemos testificar públicamente que el racismo
de cualquier tipo es enemigo de la verdad cristiana y también es destructivo
para la sociedad humana. Oremos fervientemente por nuestra nación y por el
mundo para que terminen los odios raciales y culturales, y para que se abran
los corazones a la visión de una humanidad renovada por la gracia con la
intención de la reconciliación y formada en una auténtica comunión de los
pueblos.
+df

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