Thursday, September 14, 2017

El mal del racismo

El texto que sigue fue publicado en Inglés por Catholic News Service, y se puede encontrar en el siguiente enlace:
https://cnstopstories.com/2017/08/29/commentary-god-in-the-flesh-is-brother-to-the-whole-human-race/amp/

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Existen cosas tales como ideologías racistas y éstas se pusieron en evidencia durante la fea conflagración en Charlottesville, Virginia.

Las ideologías racistas proclaman descaradamente que algunas razas son biológica y culturalmente superiores a otras. El nazismo reforzó sus afirmaciones racistas en los años treinta a través de una seudociencia que argumentaba absurdamente la superioridad física e intelectual de las razas arias y nórdicas sobre todas las demás. La propaganda, el miedo y la manipulación de la ciencia convencieron a muchos de que era socialmente necesario defender la "raza" de elementos "inferiores". Por lo cual, iniciaron un programa de exterminio humano de aquellos a quienes consideraban que pertenecían a razas inferiores tales como judíos, gitanos, polacos y muchos otros. También iniciaron la experimentación eugenésica, la eliminación de los físicamente débiles, y la de aquellos con capacidades diferentes, mental o físicamente, tal como las personas con síndrome de Down.

En su raíz, el racismo es una convicción de que el grupo al que se pertenece (o se quiere pertenecer) es, por cualquier razón, inherentemente superior a todos los demás y por lo tanto tiene el derecho y la obligación de defenderse y de controlar a otros "grupos". En nuestro tiempo, estas ideas se mezclan con nociones deducidas de Darwin y Nietzsche, sosteniendo que la naturaleza está gobernada por la ley de la "supervivencia del más apto". Por lo tanto, los grupos supuestamente superiores se movilizan para combatir la amenaza que los otros grupos presentan. Estos grupos dirían que es su derecho asegurar la supervivencia del más apto. Esta es la razón por la que el racismo nunca está lejos de la pesadilla de la manipulación genética, el aborto selectivo (¿quién es seleccionado?) y la eutanasia del débil (por medio del fuerte).

Todo esto es tan hostil a lo que la fe católica enseña y a lo que los católicos ordinarios tratan de vivir diariamente. Toda la raza humana, todos nosotros, fuimos creados a imagen de Dios y redimidos por la sangre de Cristo. Estamos hechos para la comunión de unos con otros como hijos de Dios. El objetivo de la historia, según las Escrituras, es la reconciliación y la Jerusalén celestial, y no las manos manchadas de sangre del último sobreviviente.

Escarnio de Cristo
Jan Gossaert, 1527

Dios se encarnó en el vientre de la Virgen. Dios en la carne es hermano de toda la raza humana y no sólo una parte selecta de ella. Esta solidaridad con nosotros debería ser suficiente para desterrar de nuestros pensamientos la idea de que cualquier persona o grupo puede ser señalado como inferior, menos merecedor de respeto, cuidado y protección. Pero recordemos también que en la hora de su pasión Cristo completó su identificación con nosotros aceptando la condición del rechazado, el despreciado: “Despreciado, desechado por los hombres, [...] como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada (Isaías 53, 3)”. Cristo asumió la condición de despreciado, identificándose para siempre con aquellos que son despreciados por cualquier razón. Por lo tanto, cualquier persona rechazada por razones de prejuicio racial, o por cualquier otra razón, es el mismo Cristo entre nosotros. Y tengamos por seguro que todos seremos juzgados según la manera en que lo tratamos. "Amén, les aseguro, que todo lo que no hicieron por uno de estos más pequeños, tampoco lo hicieron por mí" (Mt 25, 45).

Toda tendencia racista encuentra su parentesco en la historia de Caín y Abel. Es la historia de dos hermanos y su historia es nuestra historia. Caín mató a Abel por resentimiento, miedo, envidia y celos. El resentimiento de Caín se reflejó en el pensamiento de que para que él tuviera paz, su hermano tenía que morir. Y del pensamiento vino la voluntad, y luego la acción violenta. Pero aun en el comienzo del fratricidio, el Señor Dios ofreció esperanza: Y el Señor dijo a Caín: "¿Por qué te enojas y pones mala cara? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él” (Gen 4, 6-7).

El "impulso" del pecado mencionado en el libro del Génesis es la misma realidad por la cual Dios actúa para salvarnos al hacerse hombre y soportar la cruz. La lucha cristiana, y de hecho, la verdadera lucha humana es dominar el impulso del desprecio y de la falta de respeto hacia el prójimo que en realidad es mi hermano y hermana. Como el Señor Jesús lo dejó muy en claro en la gran revelación de la Nueva Ley, el pecado está en el consentimiento del corazón antes de que esté en la acción. “Yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal, [...] pero el que llame a su hermano imbécil, será reo de la Gehenna de fuego” (Mt 5, 22). Este es el "impulso" sobre el cual Dios advirtió a Caín. Y por gracia es el impulso que debemos dominar.

El Misterio de la Fe confiado a la Iglesia requiere que todos examinemos honestamente nuestras conciencias y pidamos la gracia para ser liberados de cualquier resentimiento oculto, prejuicios y vestigios de racismo. Y habiendo hecho eso, debemos testificar públicamente que el racismo de cualquier tipo es enemigo de la verdad cristiana y también es destructivo para la sociedad humana. Oremos fervientemente por nuestra nación y por el mundo para que terminen los odios raciales y culturales, y para que se abran los corazones a la visión de una humanidad renovada por la gracia con la intención de la reconciliación y formada en una auténtica comunión de los pueblos.

+df

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