Compartiendo la luz de Cristo
Cada año Catholic Extension otorga el Premio
Lumen Christi a un sacerdote, una religiosa o un laico, que ha dedicado su vida
para el servicio a los pobres. Por primera vez en la historia de nuestra
diócesis, los homenajeados se seleccionaron de nuestra área.
Las Hermanas Misioneras del Inmaculado Corazón de María, Carolyn Kosub, Emily Jocson y Fatima Santiago, han trabajado
incansablemente en la edificación de la comunidad en el área occidental del
Condado de Hidalgo, entre y en los alrededores de Pueblo de Palmas desde el año
2003.
Este anuncio dio gran alegría a mi corazón. El trabajo de las hermanas fue formalmente reconocido durante una misa en la Parroquia de Santa Anna el domingo 16 de noviembre. Fue una ocasión llena de gracia poder celebrar la santa misa con la comunidad de la parroquia para la presentación del reconocimiento. El Padre Jack Wall, presidente de Catholic Extension, y su equipo de Chicago visitaron nuestra diócesis fronteriza para dar la presentación.
Durante la misa, les pedí las hermanas religiosas que se pusieran de pie para ser reconocidas. Fue difícil para ellas, porque aquellos que realmente siguen el camino de Cristo, no buscan el reconocimiento. Sin embargo, quise agradecerles en nombre de la comunidad entera por invertir su tiempo y sus vidas con nosotros. El Papa Francisco dice que el tiempo es más valioso que el espacio, y el trabajo de la hermanas nos enseña que la entrega del tiempo puede abrir espacios de esperanza y hospitalidad en nuestras comunidades.
A través del regalo de su tiempo a la gente de
la comunidad, han construido algo hermoso para el Señor. La Parroquia de Santa
Anna y el edificio para Proyecto
Desarrollo Humano, donde trabajan las hermanas, son señales del tiempo que
han pasado cultivando amistades, ofreciendo clases de comunión, y construyendo fraternidad; es una señal de
la entrega de sí mismas, -- la entrega
siempre da fruto.
Reflexionando sobre el título del premio, Lumen Christi, que significa la Luz de
Cristo, pienso en la Vigilia Pascual. En la Vigilia Pascual encendemos el cirio
pascual y después lentamente encendemos todas las velas dentro de la iglesia oscura.
Pronto la luz llena el espacio, y de esta manera el espacio se convierte en
luz. Esta ceremonia simple y sagrada es casi un signo sacramental de cómo
Jesucristo trabaja entre nosotros. Cristo es la luz. Él es una luz no solo para
ver, sino para compartir.
Dios quiere que compartamos la luz. Cuando el Señor
vino, no llegó solamente para mostrarnos que él es la luz, diciéndonos, “Acércate
a mí.” La luz tiene que entrar y formar parte de nosotros mismos. Cuando
recibimos la luz de fe, recibimos al mismo tiempo la luz de esperanza y caridad
porque Cristo ha resucitado. Recibimos esto no solamente para tenerlo y decir,
“gracias, Señor, por la luz.” Él comparte su luz con nosotros para que podamos darla a los demás.
Tenemos que compartir esta luz porque no podemos cumplir con la misión de
Cristo con solo recibirla. También tenemos que dar.
No somos
discípulos de Dios en completo hasta que encontremos alguna manera de
compartir esto y dejar que alguien encienda su vela a través de nosotros. Esta
es la vida cristiana. Por 2000 años, la luz de Cristo se ha compartido desde
una persona a otra.
Es por ello que el tiempo es importante, el
tiempo para relacionarnos unos con los otros y salir a la comunidad. Cuando
leemos el evangelio, aprendemos que al Señor Jesús le encantaba la multitud. No
se quedó en el desierto como Juan el Bautista. Juan el Bautista tenía otra
misión. Jesús pasó tiempo con las personas. ¡Parece tan obvio que Dios en
Jesucristo le gustaba estar entre la gente! Sin embargo, en nuestro mundo hay
un espíritu que con frecuencia dice que las personas son problemas que debemos
evitar. ¡Pero con el Señor Jesús no! Él nos ha enseñado lo que es ser un hijo o
una hija de Dios. Jesús nunca rechazo a las personas en el evangelio. Jamás
dijo: “No tengo tiempo. Perdón, tengo que ir a resucitar a los muertos; tengo
cosas muy importantes que hacer.” Al contrario, el Señor Jesús nos ha enseñado que
la realidad más importante en cualquier momento es la persona frente a
nosotros, y no lo que vamos a hacer el día siguiente. Lo que hacemos hoy, eso
importa. De igual manera, como nos relacionamos con la persona frente a
nosotros es de suma importancia.
La luz de Cristo es la luz de Jesús tomando su
tiempo con las personas y abriendo senderos de amistad y comunidad. Así que
damos gracias al Señor Jesús que compartió su luz con las hermanas. Las Hermanas
Misioneras del Inmaculado Corazón de María, desde el momento de sus bautismos y
a través de las profundas promesas de sus vidas consagradas, recibieron la luz
para que pudieran compartirla con los demás. Celebramos con ellas porque
nosotros también hemos obtenido, con la ayuda de ellas, la gracia de recibir la
luz que tiene su origen en Cristo.
La comunidad de Pueblo de Palmas y nuestra
diócesis entera crecerá y seguirá creciendo por la gracia de Dios a causa de
esta luz. La luz que compartimos es la amistad con Jesús que nos permite saber
la alegría que viene de caminar con él en nuestra vida cotidiana. La gente
pregunta, “¿Qué es lo bueno de la Buena Nueva?” Es simplemente esto: Dios
camina con nosotros. No estamos solos.
Hay veces que la gente me pregunta, “¿Dónde está
Jesús?” Es la pregunta del mundo. Aunque lo sepa o no, esta es su pregunta a
nosotros que somos creyentes. Él no está difícil de encontrar. Lo que falta a
menudo es la voluntad para buscarlo. Jesús está en todos los que tienen
necesidad, todos los que saben derramar una lágrima, y todos los que saben tener
una esperanza que está en peligro de extinguirse. Está sentado en la misma
banca al lado de cada uno de ustedes. Es por esto que Jesús quiere una
comunidad. Quiere que lo busquemos en medio de nuestros hermanos y hermanas.
Lo que las hermanos han traído, porque Jesús se
los ha traído a ellas, es un deseo para compartir la alegría que viene de la
presencia de Jesús con nosotros y un deseo de convertir esa alegría en un
verdadero interés por el uno al otro. Jesús no es difícil de encontrar, el
signo de su presencia es el regalo de sí mismo; es por eso que el Sacrificio
Eucarístico es el signo preeminente de su presencia. Él se da totalmente a
nosotros en su Cuerpo y su Sangre. Desde este primer regalo, fluye el signo de
su presencia en cada uno de nosotros en la comunidad de la iglesia, en la
manera en que nos entregamos a nosotros mismos por el bien de los demás. Esto
es, también, lo bueno de la Buena Nueva.
Tenemos una misión. El Papa nos recuerda de
esto constantemente. No nos podemos quedar sentados. Tenemos que compartir la
luz de Cristo con muchas personas en nuestra comunidad que aún no conocen la
esperanza de Jesús, que no conocen la luz de su presencia. Tenemos que ser
personas que se extienden.
+df
En nombre de toda la Diócesis de Brownsville y las Hermanas Misioneras del Inmaculado Corazón de María le doy gracias a los de Catholic
Extension por reconocer este signo de la luz de Cristo en el mundo. Estamos
todos muy bendecidos y tenemos mucho de que estar agradecidos: Cristo está con
nosotros. Los invito a todos a que reconozcan diariamente cómo es que el Señor
Jesús se da de sí mismo para nosotros en la Eucaristía y como ese regalo de sí
mismo nos invita a entregarnos uno al otro.
+df
La Iglesia, cuerpo místico de Cristo, es luz (redundancia, por ser de Él).
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