"Dios nos aguarda,
espera que le concedamos tan sólo esa mínima grieta para poder actuar en
nosotros, con su perdón, con su gracia. Sólo quien ha sido tocado, acariciado
por la ternura de la misericordia, conoce realmente al Señor. Por eso he
repetido a menudo que el sitio en el que tiene lugar el encuentro con la
misericordia de Jesús es mi pecado. Cuando se experimenta el abrazo de
misericordia, cuando nos dejamos abrazar, cuando nos conmovemos: entonces la
vida puede cambiar, pues tratamos de responder a este don inmenso e imprevisto,
que a los ojos humanos puede parecer incluso «injusto» en tanto
que superabundante. Estamos frente a un Dios que conoce nuestros pecados,
nuestras traiciones, nuestras negaciones, nuestra miseria. Y, sin embargo, está
allí esperándonos
para entregarse totalmente a nosotros, para levantarnos."
El Papa Francisco, "El nombre de Dios es misericordia", cap. 3.
Esta revolución se hace realidad en cada alma si
primero nos acercamos al Señor para pedir su gracia y perdón. En las palabras
citadas al principio de esta carta, el Papa Francisco dice que sólo el que ha
sido tocado por la ternura del Señor realmente conoce al Señor. El sentido es
algo práctico. Las temporadas de Cuaresma y de la Pascua nos invitan a examinar
nuestras conciencias y nuestra realidad bajo la luz de su misericordia. El
Señor vivió su Pasión, murió y resucitó al tercer día para librarnos del
pecado. Vayamos, pues, a buscar un encuentro con Él en el sacramento de la
confesión. El sacerdote está consagrado para ser el instrumento de este
encuentro. Les he pedido a todos los sacerdotes facilitar este encuentro,
ofreciendo más ocasiones durante la semana para que los fieles puedan llegar a
confesarse, y vivir la experiencia liberadora del perdón y la misericordia.
También invito a todas las parroquias a enfocar la atención
en practicar la misericordia por medio de obras concretas. El Señor que nos da
su ternura desea que nos dediquemos más conscientemente a ser instrumentos de
misericordia con nuestros vecinos necesitados. Quisiera ver a cada parroquia
adoptar una obra de misericordia espiritual y una obra de misericordia
corporal, como obras señaladas y destacadas de la comunidad. Rezar por los
vivos y los muertos, consolar a los tristes, aconsejar a los perplejos, estas
son obras que el Señor desea inspirar dentro de nosotros. Dar comida al que tiene hambre,
cobija al que tiene frío, visitar al encarcelado, estas son obras que comunican
la presencia de Cristo resucitado en el mundo actual.
Además, quisiera animar a todos los fieles a buscar
ocasiones para invitar a sus vecinos que se han alejado de la Iglesia a buscar
el rostro misericordioso de Jesús durante estos días de misericordia. Muchos me dicen que no van a Misa porque por una u otra razón no
pueden comulgar. Pero eso no debe impedir un encuentro real con el Señor. Nos
dice San Marcos en su Evangelio que la gente se apresuraba a buscar dónde se quedaba el Señor, sólo para estar
cerca de Él (vea San Marcos 1,32-45).
Podemos estar seguros de que si uno hace el esfuerzo para estar cerca del
Señor, para verlo ser elevado en la hostia durante la Santa Misa, el Señor no
dejará de bendecir con su ternura a aquella persona. Recordemos lo que dice el
Santo Padre: El Señor "espera que le concedamos tan
sólo esa mínima grieta para poder actuar en nosotros con su perdón, con su
gracia". En el misterio de la misericordia, a veces el alma temblorosa
hincada en la última banca, por su humildad y dolor de corazón, sale del templo
más cercano al Señor que el que siempre está sentado en la primera banca (vea
San Lucas 18,13s). No juzguemos a los que no comulgan; démosles la bienvenida e
imitemos su humildad en la búsqueda del Señor de la Misericordia.
+df

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