Wednesday, June 22, 2016

La familia y los desafíos de hoy en día: Leyendo Amoris Laetitia 3






Hoy quisiera destacar algunos puntos del segundo capítulo de la carta del Papa Francisco. El capítulo entra con realismo y humildad a los desafíos más fuertes que afrontan las familias de hoy. De hecho, el segundo capítulo no se puede entender sin antes advertir a la previa, donde se expone la primacía de la enseñanza bíblica y el ejemplo de Jesús. Al mismo tiempo, el segundo capítulo nos prepara para lo que sigue cuando en el tercero, el Papa nos invita a dirigir nuestra mirada al rostro de Jesús. Esta vuelta al Señor, después de identificar los desafíos actuales, es necesaria e imprescindible para un cristiano, no sea que por falta de buscar y de confiar en la gracia de Dios la desesperación nos cause tropezar.




Les recomiendo leer cuidadosamente el análisis ofrecido en el segundo capítulo porque el discernimiento de las corrientes culturales, económicas y tecnológicas forma parte de la responsabilidad de todos nosotros como cristianos.  La Palabra de Dios vivida y trasmitida en el seno de la Iglesia nos guía en este discernimiento dándonos luz para distinguir entre lo malo y lo bueno.



En general los desafíos actuales identificados en el segundo capítulo abarcan un horizonte inmenso, tocando la frontera de la historia que estamos viviendo; incluye los cambios culturales, factores económicos, avances en las posibilidades técnicas de manipular el cuerpo humano. "Nuestra época," como dijo un poeta, "bajo el rostro de una enorme bondad," nos dice, "serán como Dioses". [i] La crisis de cultura que vivimos tiene mucho que ver con cómo entender el poder que hemos logrado como seres humanos. A nosotros nos incumbe reconocer y tocar las heridas que resultan debido al  mal uso de este poder y aplicar los remedios saludables bajo la luz del Evangelio.



El fenómeno del individualismo parece ser una opción de estilo de vida que se abre por causa de las capacidades poderosas del ser humano; en el ambiente cultural se expresa como una autosuficiencia exagerada. La idea de que pueda uno mantenerse solo, sin depender de la ayuda de otros, ha sido promovido como ideal contemporáneo. Implica el no sentirse uno obligado a tomar en cuenta la circunstancia del prójimo. Se trata de un valor sobrevalorado. De hecho la madurez humana implica que uno tiene dominio sobre sí mismo y sobre sus propios actos (como enseñaba Santo Tomás) [ii]. Sin embargo, nuestra época propone como esquema para organizar la sociedad la determinación de nuestras decisiones y actos sin referencia efectiva a la comunidad alrededor. Por eso el Papa nota (AL 33) lo siguiente:



“Un individualismo exasperado que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto». […] La libertad para elegir permite proyectar la propia vida y cultivar lo mejor de uno mismo, pero si no tiene objetivos nobles y disciplina personal, degenera en una incapacidad de donarse generosamente.”



Ser generoso, elemento esencial para experimentar la grandeza de la vida humana, solo se vive en relación con otras personas. El hecho de que todos llegamos a este mundo dependiendo de la familia indica que el mundo no florece por causa de que somos autosuficientes; al contrario, desde el inicio de nuestras vidas, los libres, en este caso los papás, cuidan con generosidad a los que faltan capacidad de dominar sus propios actos, en este caso a los niños. Entramos en este mundo con la relación ya inscrita en nuestro ser. Los adultos están llamados a la generosidad con los chiquillos, y los chiquillos dependen de los adultos. Y con el curso del tiempo, llegando a la madurez noble de nuestra vida como hijos, viendo que nuestros hermanos o nuestros papás necesitan nuestra ayuda, encontramos la llamada esencial de responder con generosidad.



Podemos responder con generosidad a las vidas a nuestro alrededor, o podemos tratar de construir una vida sin referencia a los demás. La segunda opción, la de autosuficiencia exagerada resulta en una vida aislada y solitaria. En caso extremo resulta lo que describe el Papa como un narcisismo destructivo del individuo mismo: El narcisismo vuelve a las personas incapaces de mirar más allá de sí mismas, de sus deseos y necesidades. Pero quien utiliza a los demás tarde o temprano termina siendo utilizado, manipulado y abandonado con la misma lógica" (AL 39)



Me parece claro que las opciones señaladas entre vida con poco sentido de relación responsable con los demás  y vida madura, vivida con referencia a otros, establece el desafío principal de nuestro tiempo.  Igual me parece que el individualismo exagerado ha tenido un efecto corrosivo dentro de la familia. El Papa ha criticado esta actitud dentro de la Iglesia y la  ha denominado con la palabra "auto-referencial". Fácilmente se entiende que aquel malestar eclesial tiene raíces en la actitud "auto-referencial" que aflige individuos, familias y hasta sociedades enteras.




Entonces, es entendible por qué el Papa dice lo siguiente: "tenemos que insistir en los derechos de la familia, y no sólo en los derechos individuales. La familia es un bien del cual la sociedad no puede prescindir, pero necesita ser protegida. La defensa de estos derechos es «una llamada profética en favor de la institución familiar que debe ser respetada y defendida contra toda agresión”. (AL 44)



La Iglesia, en la profundidad de su corazón sabe bien que el Evangelio aclara lo que la experiencia humana adumbra. La parábola del Buen Samaritano afirma la primacía de la relación contra el mito moderno de la autosuficiencia. Él discernimiento de la Iglesia sobre las condiciones actuales en este mundo tan económicamente y tecnológicamente poderoso tiene todo que ver con la pregunta esencial ¿cómo afecta esta economía, esta tecnología y esta sociedad a las personas y a la naturaleza? Un individuo, una familia, una sociedad y el mundo entero no pueden ejercer su dominio sin referencia al prójimo.



Ejercer un poder o explotar una tecnología no se decide en lo abstracto, como si nuestras decisiones merecieran ser aprobadas como buenas sin referencia a cómo afecta a los jóvenes, a los pobres, a los ancianos, al medio ambiente, etc. El cálculo moral que no toma en cuenta que la condición humana es condición esencialmente de relación, resulta en la tiranía de los que tienen control del poder económico y tecnológico sobre los que no lo tienen. "No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada." (AL 56)



Precisamente bajo esta insistencia humana y cristiana de no olvidar nuestras responsabilidades unos a otros, el Papa habla de las heridas más profundas de nuestros tiempos. La eutanasia y el suicidio asistido son graves amenazas para las familias de todo el mundo (AL 48) porque ofenden la dignidad de la persona y porque institucionalizan una cultura donde los poderosos determinan que pasará con la vida de un débil. Al fin y al cabo, bajo estas leyes son los vivos los que determinan quien vive y quien muere. Igual se podría decir de la tecnología capaz de manipular embriones y descartar al no-nacido. En su carta, el Papa nos propone nuestra respuesta a los migrantes y a  los discapacitados como ejemplo paradigmático de la generosidad relacional que requiere el mundo de hoy: "Quiero subrayar que la atención dedicada tanto a los migrantes como a las personas con discapacidades es un signo del Espíritu. Porque ambas situaciones son paradigmáticas: ponen especialmente en juego cómo se vive hoy la lógica de la acogida misericordiosa y de la integración de los más frágiles". (AL 47)



Desde esta perspectiva entendemos por qué el Papa nos llama a humanizar la misma economía mundial. Por ser tan poderosa la máquina económica que mueve al mundo, al mismo tiempo muestra señas de grave debilidad. Esto se ve en el alto nivel de desempleo que aflige a los jóvenes, y en la manera que explota a los inmigrantes y no-nacidos. Todo esto afecta gravemente el sencillo y precioso anhelo de muchos jóvenes: poder establecer una familia.



«Aun a riesgo de simplificar, podríamos decir que existe una cultura tal que empuja a muchos jóvenes a no poder formar una familia porque están privados de oportunidades de futuro. Sin embargo, esa misma cultura concede a muchos otros, por el contrario, tantas oportunidades, que también ellos se ven algunos países, muchos jóvenes «a menudo son llevados a posponer la boda por problemas de tipo económico, laboral o de estudio. A veces, por otras razones, como la influencia de las ideologías que desvalorizan el matrimonio y la familia, la experiencia del fracaso de otras parejas a la cual ellos no quieren exponerse, el miedo hacia algo que consideran demasiado grande y sagrado, las oportunidades sociales y las ventajas económicas derivadas de la convivencia, una concepción puramente emocional y romántica del amor, el miedo de perder su libertad e independencia, el rechazo de todo lo que es concebido como institucional y burocrático». (AL 40)




Paradójicamente, en un mundo tan avanzado y que propone el ideal de autosuficiencia, nuestros jóvenes sienten inseguridad y miedo, como si les faltara esperanzas de poder forjar un camino alegre y en familia. Como dijo una vez otro poeta: “Ese, para mí, es el pensamiento más revolucionario posible: no que todos tengan el poder sobre el mundo, como se pretendía antes, pero sí que cada quien tenga un mínimo poder sobre sí mismo”. [iii] El Papa siempre mira hacia el futuro, y trata de animar a nuestros jóvenes a superar los miedos con un heroísmo inspirado por la gracia de Dios:



Necesitamos encontrar las palabras, las motivaciones y los testimonios que nos ayuden a tocar las fibras más íntimas de los jóvenes, allí donde son más capaces de generosidad, de compromiso, de amor e incluso de heroísmo, para invitarles a aceptar con entusiasmo y valentía el desafío del matrimonio. (AL 40)

  

+df





[i] Javier Sicilia, “El diario de Esteban Martorus”
[ii] Prólogo a la segunda parte de la Suma Teológica.
[iii] William Ospina, “El dibujo secreto de America Latina”

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