De Cuaresma a
Pascua y de vuelta otra vez:
La
luz de Cristo Resucitado rebosa sobre todos los bautizados. Seguramente esto se
aplica de la manera más dramática en las vidas de quienes son bautizados
durante Vigilia Pascual, pero no deja de aplicarse a todos nosotros. Es verdad
que la Cuaresma nos conduce a la Pascua, pero también es verdad que la gracia
de Cristo Resucitado es lo que posibilita nuestro camino cuaresmal hacia Cristo
y con él.
Además
podríamos decir que la luz de la Pascua brilla desde el cuerpo resucitado de
Cristo, y luego brilla desde por dentro de la Iglesia, su cuerpo eclesial, por
la acción de haber respirado su espíritu sobre los primeros discípulos. Este
soplo de vida es el don del Espíritu Santo, el cual en Pentecostés se
manifiesta públicamente en el cuerpo de los creyentes. Nuestra esperanza como
Iglesia, como cuerpo de Cristo en el mundo, es permanecer unidos a Él, en su
pobreza, su humildad y su misericordia. Este es la
obra del Espíritu.
Todo
avance en nuestra vida cristiana es el resultado de la vida de Jesús Resucitado
y del soplo de vida del Espíritu Santo en nosotros y entre nosotros. La vida
del Espíritu de Jesús Resucitado nos dirige a lo largo de nuestra cuaresma a
fin de poder participar de una manera más profunda en la resurrección durante
los días de la Pascua y Pentecostés. Las gracias de penitencia, purificación y
renovación son una necesidad constante en la Iglesia. La Cuaresma es nuestro
tiempo de rogar, como el uno solo cuerpo que somos, que esos regalos den su
mayor fruto dentro de nosotros; es el tiempo para pedir que la gracia nos une
más completamente al misterio del Dios que por amores muere,
entregándose en nuestras manos durante
el Triduo Pascual.
El
Espíritu Santo trae a Jesús hacia nosotros: esta es la verdad más básica de la
vida católica. Fue por el poder del Espíritu Santo que el VERBO fue concebido
en el vientre de la Virgen María y se hizo hombre. También es por el Espíritu
que en cada misa Cristo se hace verdaderamente presente en el sacrificio
pascual. Cristo, presente en nuestro mundo, es la
gracia primordial que hace posible que nosotros le busquemos,
vayamos hacia Él, y encontremos vida en Él. Además, el Cristo Encarnado, quien
vivió, enseñó, realizó las obras de Dios, sufrió, murió y
resucitó de nuevo, también manifiesta
su presencia hoy en los pobres, en los que sufren y en aquellos que puedan
recibir algún respiro o descanso a
través e nuestras manos. Esta presencia de Cristo es la
obra del Espíritu en el sentido que por medio
de ojos iluminados por el evangelio, descubrimos su
presencia entre nosotros. Gran parte de nuestro camino
cuaresmal es pedir la gracia de poder ver y luego acercarnos a esta presencia
de Cristo entre nosostos.
Durante
la Cuaresma, la gracia de Jesús Resucitado, presente en nuestro mundo, nos
atrae a través de su
Espíritu. Su Espíritu nos motiva a buscar su
presencia, a ir hacia Él. Seguramente es por
el Espíritu que nos sentimos llamados a pasar tiempo frente al Santísimo.
Estando ahí con Él, con el evangelio en nuestras manos y en nuestra mente,
podemos escucharlo hablar. Y nosotros le
podemos responder. Solo
el estar ahí con él nos
purifica de nuestros deseos de menos nobilidad.
Podemos pedirle que nos ayude con cualquier
cosa con que estemos luchando en nuestra vida.
El mismo Cristo Resucitado es quien nos atrae con su Espíritu a servirlo en el
pobre, el enfermo, el aislado.
Hay tantos tipos de pobreza en nuestro mundo. Pídele
al Señor que lo reconozcas ahí; y en
cualquier cosa que hagas, aunque sea sólo darle un trago de agua,
es una obra de caridad que nos une a Él y a su vida resucitada.
El
Espíritu nos une a Jesús; la caridad nos une a Dios. Amar a Cristo en la misa y
en nuestro vecino es la manera más segura de vivir la vida de Cristo Resucitado
durante la Cuaresma. De hecho, todas las prácticas tradicionales asociadas a la
Cuaresma, encuentran su significado en esta profundización de la caridad.
Si ayunamos, esto debe de ser un signo
del amor capaz de morir un poco a sí mismo por amar a Cristo quien nos ama
hasta el final. Dar limosna es reconocer y servir a la persona de Cristo, quien
nos pide una respuesta de nuestra parte
frente al sufrimiento de otros. Y la oración, no olvidemos, no se trata
solamente de pedir cosas de Dios, ni siquiera es ese el principal motivo de la
oración. Jesús nos dijo: Oren
por sus enemigos y por aquellos quienes les persiguen. Este tipo de
oración es el que nos une a Cristo quien dio todo por todos, sean buenos o malos.
A un nivel profundo, la limosna y el ayuno son expresiones de oración porque
son acciones y momentos que son entregados a Dios y no enfocados en nosotros
mismos. El olvido de uno mismo, vivido en la gracia que nos une a Cristo, es el
camino hacia la Pascua. Unidos a Él nos preocupamos menos de salvarnos a
nosotros mismos y más de ayudar a otros a vivir en el umbral de la victoria de
Cristo sobre el pecado y la muerte.
En el Espíritu vivimos
lo que Jesús vive, y aquí tocamos el
misterio más intenso y profundo. Sucede que la Iglesia
como cuerpo y nosotros como individuos sufrimos de manera más intensa en ciertos
momentos. El mayor sufrimiento en la Iglesia y en nuestra vida personal,
tiene su origen en nuestra propia tendencia al pecado. Cristo
experimenta este sufrimiento en nosotros y en la Iglesia; y nosotros
experimentamos estas cosas en Él. Unidos a Él por los sacramentos y por la
caridad, nosotros completamos
lo que falta en el sufrimiento de Cristo. No en el sentido
de que su pasión salvadora haya estado incompleta, sino en el sentido de que Él
elige unirse a sí mismo a nuestras vidas para que seamos aptos de estar unidos
a su vida y su misión. Cristo
vive en mí y yo en Cristo; esto significa
que nuestras alegrías, nuestra cruz, nuestras tristezas y nuestras esperanzas
son una manera de estar aún más unidos a Cristo.
Porque si el pecado en nosotros, el
pecado en la Iglesia y el pecado que vemos en el mundo desplegado en las
noticias de todos los días nos causa que experimentemos el pesar y sufrimiento,
permitamos que eso nos recuerde cuán intensamente ha amado Jesús a los
pecadores. Él sólo conoce en su propia carne cuán profundo es el sufrimiento
causado por la herida del pecado en nosotros. Y dejemos que las penas que
tengamos que vivir en nuestros días nos recuerden que el mal sólo se puede
resolver por medio del amor, por el amor de Cristo, por su amor en nosotros y
por nuestro amor en él.
Nosotros
no podemos salvar al mundo, pero podemos vivir en la gracia de Cristo que sí
salva al mundo. Cristo sufre en su cuerpo (la Iglesia) y en Él la Iglesia
también vive una resurrección. Como
el padre Cantalamesa dijo recientemente, hay muchos Getsemaníes escondidos en
el mundo. Si el Señor nos permite escuchar y experimentar estos sufrimientos,
es por medio de esto que podemos estar más conscientes de para qué vino Cristo
al mundo y qué gracia tan inmerecida es la vida resucitada que Él nos da.
Abrazar y acoger este misterio de estar unidos a Cristo, es un trabajo que
Cristo Resucitado pide de nosotros y un regalo que Cristo Resucitado nos da
mientras caminamos con Él durante la Cuaresma hacia la Pascua y de vuelta otra
vez.
Dios los bendiga a todos
df