Rogáte quae ad pacem sunt
Ierúsalem
“Oren por la paz de Jerusalén” como dice el Salmista. Cuando
leemos éstas palabras pensamos en la Tierra Santa, en el Medio Oriente. Pero
también pensamos en tantas ciudades y pueblos alrededor del mundo destrozados
por la lucha y la violencia. Pensamos en el Padre Gregorio López Gorostieta, un
sacerdote que fue asesinado en Altamirano, en el estado mexicano de Guerrero,
encontrado muerto el día de Navidad. También recordamos a incontables hombres,
mujeres y niños que han perdido sus vidas debido a la violencia en muchas
partes de América Latina. También pensamos en la violencia en los Estados
Unidos, en grandes y pequeñas ciudades, detalladas diariamente en los
noticieros, a menudo para personas que
ya no son sensibles al sinsentido de todo esto.
No nos engañemos, el mal se deleita en la desesperanza
y la muerte. Debemos de estar armados con esperanza y amor por la vida. Esto es
lo que anima nuestra oración. La oración, a su vez, fortifica nuestra esperanza
y amor, ya que estos dos son dones indispensables enraizados en el Dios que da
vida y no olvida la súplica del pobre.
Debemos enseñar paz a nuestros niños, al mostrarles lo
que significa el actuar justamente y con compasión hacia otros. También debemos
de armar a nuestros niños con amor a la vida y el don de la esperanza. En
breve, los debemos de enseñar a rezar.
Debemos de pedir a nuestros gobiernos que busquen
justicia, especialmente para las inocentes victimas de violencia. Un espíritu
de desconsideración por la vida humana busca propagar su malvada influencia en
cada nuevo hueco de la cultura. La sociedad civil existe para frenar este
avance.
Agustín hablo de dos ciudades, misteriosamente entrelazadas
en este mundo: La Ciudad de Dios en la que el amor de Dios domina a la criatura
humana, “usque ad contemptum sui”, y la ciudad del hombre, en la que el amor al
ego domina “usque ad contemptum Dei”.
Pero, todos los mejores poderes de la ciudad humana son
insuficientes para crear paz si el llamado a convertirse a la Ciudad de Dios no
es escuchado y, por gracia de Dios, de alguna manera atendido por todos
nosotros que vivimos dentro de la ciudad del hombre. Ya que en el fin de las
cosas, la ciudad del hombre debe de transformarse en la ciudad de Dios. Esto
significa que los corazones deben alzarse hacia el celestial Jerusalén,
respondiendo al llamado de la trompeta del redentor de nuestra naturaleza, el Crucificado
y resurrecto Cristo, quien nos muestra como hombre cómo conocer la paz en Dios
y entre nosotros.
Debemos
escucharlo, y verlo nuevamente, ya que la alternativa a la vida con Dios, al
final, no es vida en absoluto. No porque Dios nos quitase la vida, pero porque
los corazones humanos se hundirían en esa última etapa en lugar de preferir no
tenerla, buscando, en cambio, conformarse con una vida de sombra que venera los
anti-relicarios hechos por ellos mismos: cavidades vacías y frías donde los
corazones de carne hechos con clemencia una vez habitaron.
Mientras continuamos este Nuevo Año, renovamos nuestra
fe en la misericordia del Redentor nacido por nosotros. La Ciudad de Dios
empieza en Belén. Su luz sobrepasa la oscuridad. Invito a todos los fieles a
ofrecer oraciones especiales pidiendo por la paz y la justicia en nuestras
comunidades fronterizas y por el fin de la violencia alrededor del mundo, y por
la conversión de los corazones anclados en la violencia. Sería lo más apropiado
ofrecer estas oraciones ante el Santísimo Sacramento, o rezar el Santo Rosario
por esta intención. El Señor nos escucha, y su Santa Madre reza por nosotros.
Que una nueva luz de justicia y paz entre en los corazones humanos con el
comienzo del nuevo año.
Señor Jesucristo, Príncipe de la Paz, Arquitecto y
Edificador de la Ciudad de Dios, ten misericordia de nosotros y sobre todo el
mundo.
+df





