Ante todo, la «Virgen Morenita» nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia.
Estas palabras, pronunciadas por el Papa Francisco al inicio de su peregrinación pastoral en México, sirven para encuadrar y entender mejor el mensaje evangélico que el Santo Padre deseaba compartir.
La gracia que me concedió el Señor de poder participar en el recorrido del Papa ha dejado huellas en mi alma que van más allá de las palabras. Sin embargo, con la ayuda de esa misma gracia del Señor, trataré de compartir un poco de lo que he recibido, ya que es parte esencial de la vida cristiana saber que una gracia dada a uno es para beneficio de todos.
El Papa celebró Misa en la Basílica de Guadalupe y nos hizo recordar que la visita de la Virgen en Tepeyac "en aquel amanecer de diciembre de 1531", despertó la esperanza de Juan Diego, y por medio de él, la de todo un pueblo. La gracia viene del cielo, tiene rostro humilde, y da esperanza. Podríamos decir que la gracia de Dios es reconocida en este mundo precisamente por esta dinámica de llegar con rostro humilde y dar esperanza.
La Virgen apareció en vestidura de los indígenas; se comunicó en su idioma. Aparece como madre esperando dar luz al que es la Luz del mundo. Se identificó con el pueblo sufriente, manifestando de tal manera la inmensa dignidad de aquellos que se consideraban de poco valor. Se manifestó no con armas y palabras grandiosas, sino como quien quiere consolar y luego animar.
La Virgen pidió a Juan Diego ser un mensajero de la ternura que conquista el corazón humano. Aunque Juan lamentó su falta de capacidad para tal misión, Ella, con su mirada lo animó a tomar sobre sus hombros cansados el destino de un mundo nuevo. ¿Con qué fuerza pudo la Virgen convencer al pequeño de aceptar la misión? Sólo con la promesa que no sería abandonado en la tarea: "¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre?" La gracia de saberse uno acompañado por un amor infatigable supera toda duda y cada obstáculo.
El anuncio del Evangelio siempre sigue este perfil de visita inesperada, de identificación con los descartados, y de misión en las periferias.
Cada comunidad visitada por el Santo Padre preparó el altar donde se celebraba la Misa, y en cada lugar dominaba siempre la imagen del Crucificado sobre la silla presidencial del Papa, y una imagen de la Virgen a un lado. La Virgen y el Cristo crucificado: estas son las dos imágenes que contienen todo el Evangelio. Nos hablan de una ternura y una esperanza que baja del cielo para levantar el espíritu de los decaídos y capacitarlos para una misión de esperanza
Rostro humilde, dador de esperanza: La Virgen prepara el camino de Cristo. Dios tiene rostro de humilde porque María aceptó darle lo mejor de lo nuestro. La Majestad se hizo pequeño en el seno de la Virgen. Esta verdad de la fe nos da esperanza. Por medio de este misterio de amor humilde, Dios nos habla hoy en día. El Señor apela desde la Cruz, con humildad, sin ningún poder mas que el de su rostro humilde.
Dios nos puede conquistar, es decir, salvar y transformar, porque se hizo nuestro hermano. Tomó nuestra condición de debilidad para animarnos con su cercanía. Desde la Cruz nos pregunta: "Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu hermano?"
Con su mirada nos anima a tomar sobre nuestros hombros cansados el destino de un mundo nuevo. ¿Con qué fuerza puede el Señor convencernos de aceptar la misión? Sólo con la promesa de que no seríamos abandonados en la tarea: "¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu hermano?
De esta manera sabemos que el amor conquista. Amemos, pues, al Dios que aceptó hacerse hermano. Amémoslo en la Cruz, amémoslo en cada persona sufriente. El amor conquista. Que seamos, entonces, conquistados. Y que seamos misioneros de un mundo renovado por el amor misericordioso de Dios. Amen.
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