Saturday, October 18, 2014

Sobre la indiferencia moderna y la alegria del Evangelio, sin quierer ofender a Arturo Pérez-Reverte


El Santo Padre habla a menudo sobre el tema de la cultura de indiferencia. Es una cultura que ni oye el llanto de los pobres ni ve sus sufrimientos. ¿Qué es este fenómeno de la indiferencia? Claro, en la base de la indiferencia existe la actitud que dice “si no me afecta, no me importa”. El famoso Chesterton compuso un verso aplicable al fenómeno: Mientras tanto "la reina fría del norte mira, atenta, el cristal; la sombra del Valois bosteza, pasando páginas de su misal".(1) Es una actitud tan antigua como la de Caín preguntando si a caso soy yo el guardián de mi hermano. Y es tan calculada como la actitud del doctor de la ley preguntándole a Jesús: ¿y quién es mi prójimo? Sin embargo, vale la pena buscar las raíces más profundas del fenómeno así como se manifiesta hoy en día. De hecho, pienso que existen elementos nuevos en la indiferencia actual.

Recientemente, leí una novela del autor español Arturo Pérez-Reverte, titulado "El pintor de batallas".(2) Es la historia de un reportero de guerras, un fotógrafo, que había pasado su vida adulta viajando a las zonas más violentas del mundo, tomando fotos para que el public pudiera ver las imágenes de guerra y conflicto. Es un libro dificultoso para leer. El esfuerzo narrativo arrastra el lector por los senderos de los conflictos sangrientos de las últimas décadas del siglo 20: Somalia, Bosnia, Croacia, Beirut, Gaza, y muchos otros. Al culmen de su carrera el fotógrafo se retira del público; compra un faro abandonado en una playa aislada, y empieza a pintar sobre sus paredes una escena dramática de la última batalla apocalíptica del mundo.

Lo dramático del cuento surge del dialogo entre el fotógrafo vuelto pintor y un hombre mal-afeitado quien al principio de la novela aparece y anuncia que tal vez termine su visita con matar al pintor. El visitante es alguien reconocido por el pintor, pero que jamás había encontrado; es un veterano del conflicto entre Croacia y Serbia quien el pintor había fotografiado. Por medio de las portadas de las revistas mundiales, la foto hizo famosa la cara del visitante. El croata tiene intenciones de matar al pintor, pero no antes de contarle como la foto había cambiado el curso de su vida.

La novela propone al lector una narración brutal sobre cómo este hombre de nuestra época actual se había protegido del dolor. Había impedido que el sufrimiento que observaba de cerca le causara formar una relación real con las personas sufriendo. Nuestro fotógrafo no hallaba sentido en el sufrimiento que encontraba, y por eso se había separado interiormente de la posibilidad de relacionarse con los afectados, y de la posibilidad de sentir alguna responsabilidad por lo que ellos estaban padeciendo.

Sin revelar la conclusión de la novela, sepa Ud. que el dialogo entre el pintor y el hombre que había fotografiado sí engendró dentro del pintor un autoconocimiento profundizado. Se da cuenta que una vida separada del sufrimiento que viven otras personas produce un dolor tan cruel como la crueldad que el señor había fotografiado desde su distancia objetiva, impersonal y cómoda.

Yo (el autor de la novela no lo diría)  llamaría este esfuerzo para prevenir lazos personales con personas viviendo el sufrimiento intenso una actitud de “anticonceptivo social”. El encuentro personal y las relaciones entre personas que engendran abren espacio para la compasión y un tipo de respuesta; pero sabemos que abrirse uno a la compasión implica aceptar sufrir de alguna manera con la otra persona. Para evitar esta posibilidad en la vida el ser humano puede mantenerse a distancia del sufrimiento de los demás. Realmente, esta mentalidad previene la generación de una autentica vida social.

Quizás la novela nos ayude a entender algo del individualismo y la indiferencia en nuestros tiempos. Es una disciplinada indiferencia que prefiere evitar el sufrimiento que surge cuando uno toma la opción de relacionarse con los que sufren. Es un exilio autoimpuesto con el fin de construir un espacio privado donde el sufrimiento no nos puede tocar.  El pintor vive dentro del horizonte reducido del mundo moderno y azotado por el viento, donde se encuentra sólo con lo absurdo. Él reconoce que este espacio privado no ofrece mucho consuelo, pero al fin de cuentas piensa que no hay mucho más que esperar. Es una postura de vida lastimosa, y debe engendrar compasión. También él sufre.

La novela me recuerda de algo que dijo el Cardenal Ratzinger en su libro Dogma y predicación.(3) Observa que el ateísmo moderno es en gran parte un fenómeno de sillones y pantallas. El hombre moderno, sentado y mirando la pantalla, dice: Mire todo el sufrimiento en el mundo. ¿Cómo puede existir un Dios bueno que permite tales cosas tan horribles”? Hay que prevenir que tal sufrimiento venga para acá.  Pero como enfatiza el que eventualmente tomaría le nombre de Benedicto XVI, los que actualmente salen a trabajar para aliviar el sufrimiento de otros suelen ser los que tienen una fe profunda. Además, las personas que viven en regiones de pobreza y sufrimiento son los que con más frecuencia mantienen una fe viva en Dios, y suelen ser los más generosos con otras personas pasando por dificultades.

Un mundo buscando esconderse detrás una indiferencia objetiva e impersonal necesita la alegría del Evangelio. Sólo podemos evangelizar con credibilidad si primero nos abrimos a los encuentros humanos, buscando como abrazar a la personas y como aliviar el sufrimiento que viven. El Señor está presente con los que sufren; esto sí creemos. Pero es algo difícil para el mundo moderno creer en el Dios bueno; necesita ayuda. Por compasión, tenemos que enseñar con la obra del evangelio que Dios no se encuentra en una pantalla mientras esté uno sentado en el sillón. Está presente en los pobres, y en los que se entregan para el bien de los demás.

Pero el mundo no nos creerá cuando digamos que Dios está entre los pobres, en ese espacio donde sufren nuestros hermanos y hermanas, si no ve a la Iglesia presente en ese espacio donde domina el encuentro humano y el ayudar unos a otros con cargar la Cruz. Anunciar el Evangelio equivale decirles a los indiferentes: Vengan con nosotros a encontrar al Cristo entre los que sufren. Pienso que esto tiene mucho que ver con lo que piensa el Papa Francisco cuando habla de la evangelización y dice que “quiero una Iglesia pobre, y para los pobres”. (4)
+df
 
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[1] See Lepanto, first stanza.
[2] Arturo Pérez-Reverte, El pintor de batallas,  (Alfaguara, 2006).
[3] Ratzinger. Dogma and Preaching, 2nd Edition, Good Friday. (Ignatius Press, 2011).
[4] Evangelium Gaudium, 198.

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