Friday, January 30, 2015

Oraciones para una nueva luz de justicia y paz



Rogáte quae ad pacem sunt Ierúsalem

“Oren por la paz de Jerusalén” como dice el Salmista. Cuando leemos éstas palabras pensamos en la Tierra Santa, en el Medio Oriente. Pero también pensamos en tantas ciudades y pueblos alrededor del mundo destrozados por la lucha y la violencia. Pensamos en el Padre Gregorio López Gorostieta, un sacerdote que fue asesinado en Altamirano, en el estado mexicano de Guerrero, encontrado muerto el día de Navidad. También recordamos a incontables hombres, mujeres y niños que han perdido sus vidas debido a la violencia en muchas partes de América Latina. También pensamos en la violencia en los Estados Unidos, en grandes y pequeñas ciudades, detalladas diariamente en los noticieros, a menudo  para personas que ya no son sensibles al sinsentido de todo esto.

Es una batalla para ganar la paz, pero no una que peleamos con armas convencionales; más bien, es una batalla ligada primordialmente con la oración, empezando a partir de Dios la conversión de los corazones endurecidos por objetivos egoístas, y establecidos con medios violentos.

No nos engañemos, el mal se deleita en la desesperanza y la muerte. Debemos de estar armados con esperanza y amor por la vida. Esto es lo que anima nuestra oración. La oración, a su vez, fortifica nuestra esperanza y amor, ya que estos dos son dones indispensables enraizados en el Dios que da vida y no olvida la súplica del pobre.

Debemos enseñar paz a nuestros niños, al mostrarles lo que significa el actuar justamente y con compasión hacia otros. También debemos de armar a nuestros niños con amor a la vida y el don de la esperanza. En breve, los debemos de enseñar a rezar.

Debemos de pedir a nuestros gobiernos que busquen justicia, especialmente para las inocentes victimas de violencia. Un espíritu de desconsideración por la vida humana busca propagar su malvada influencia en cada nuevo hueco de la cultura. La sociedad civil existe para frenar este avance.

Agustín hablo de dos ciudades, misteriosamente entrelazadas en este mundo: La Ciudad de Dios en la que el amor de Dios domina a la criatura humana, “usque ad contemptum sui”, y la ciudad del hombre, en la que el amor al ego domina “usque ad contemptum Dei”.

Pero, todos los mejores poderes de la ciudad humana son insuficientes para crear paz si el llamado a convertirse a la Ciudad de Dios no es escuchado y, por gracia de Dios, de alguna manera atendido por todos nosotros que vivimos dentro de la ciudad del hombre. Ya que en el fin de las cosas, la ciudad del hombre debe de transformarse en la ciudad de Dios. Esto significa que los corazones deben alzarse hacia el celestial Jerusalén, respondiendo al llamado de la trompeta del redentor de nuestra naturaleza, el Crucificado y resurrecto Cristo, quien nos muestra como hombre cómo conocer la paz en Dios y entre nosotros.

 Debemos escucharlo, y verlo nuevamente, ya que la alternativa a la vida con Dios, al final, no es vida en absoluto. No porque Dios nos quitase la vida, pero porque los corazones humanos se hundirían en esa última etapa en lugar de preferir no tenerla, buscando, en cambio, conformarse con una vida de sombra que venera los anti-relicarios hechos por ellos mismos: cavidades vacías y frías donde los corazones de carne hechos con clemencia una vez habitaron.

Mientras continuamos este Nuevo Año, renovamos nuestra fe en la misericordia del Redentor nacido por nosotros. La Ciudad de Dios empieza en Belén. Su luz sobrepasa la oscuridad. Invito a todos los fieles a ofrecer oraciones especiales pidiendo por la paz y la justicia en nuestras comunidades fronterizas y por el fin de la violencia alrededor del mundo, y por la conversión de los corazones anclados en la violencia. Sería lo más apropiado ofrecer estas oraciones ante el Santísimo Sacramento, o rezar el Santo Rosario por esta intención. El Señor nos escucha, y su Santa Madre reza por nosotros. Que una nueva luz de justicia y paz entre en los corazones humanos con el comienzo del nuevo año.

Señor Jesucristo, Príncipe de la Paz, Arquitecto y Edificador de la Ciudad de Dios, ten misericordia de nosotros y sobre todo el mundo.
+df
 

 

1 comment:

  1. Divina Misericordia. Señor Jesucristo, Príncipe de la Paz, Arquitecto y Edificador de la Ciudad de Dios, ten misericordia de nosotros y sobre todo el mundo. Fe, Esperanza y Caridad (Amor).

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