Monday, May 15, 2017

Una lección de mi abuela


John Macallan Swan. El Hijo Prodigo. 1888.
Tate Gallery. Londres.

Me gustaría compartir con ustedes unas cuantas palabras sobre la amplia imaginación moral de la fe católica. Un aspecto de nuestra cultura católica contemporánea es la creciente dificultad que tenemos para imaginar cómo se manifiesta la providencia. No quiero decir que les compartiré todo un asunto teológico de la actividad de Dios para cuidar y guiar su creación, solo  quiero exponer un poco de luz acerca de cómo los católicos viven y rezan cada día acerca de este misterio. El proveer de Dios en la historia se expresa principalmente por la mediación humana. Para un católico esto es algo tan profundo en nuestra tradición teológica y en nuestra conciencia habitual que en una época con memoria bloqueada, podemos olvidar de dónde viene.

A mí me lo enseñó mi abuelita; ella solía levantarse temprano para rezar varios rosarios. Cuando yo le preguntaba qué era lo que pedía en sus rezos, me contestaba que pedía por todos sus nietos, especialmente por los que estaban lejos. Simplemente decía que rezaba para que si alguna vez se encontraban en problemas, que Dios les pusiera en su camino a un alma buena y generosa que les ayudara. Mi abuela era realista, es decir, sabía que sus nietos, mis primos mayores, eran buenos para meterse en todo tipo de problemas. Pero ella también era una mujer de fe y confiaba en que Dios se encargaría de encontrar maneras para ayudarles.  En pocas palabras, que Dios pondría a las personas adecuadas en su camino. Lo que refleja este tipo de percepción, disponible para cualquiera que tenga fe y un poco de imaginación, es que todos somos potencialmente la respuesta a las peticiones que la abuelita reza desde un lugar lejano. Ciertamente, la generosidad que Dios inspira en cada uno de nosotros es su respuesta a la oración de alguien más.

Esta percepción imaginativa que me enseñó mi abuelita es un eco de la transmisión vivida de la fe, y de los relatos de la vida de los santos. Tal vez el relato más famoso en la tradición es el de San Francisco de Asís y su encuentro con el Leproso.  Seguramente el Leproso oró por un toque de compasión humana, y seguramente Dios inspiró algo en Francisco para responder de la manera que lo hizo.(1) Pero Francisco también oró para conocer a Cristo más íntimamente, y en el leproso encontró a Cristo esperando. Ésta misma conciencia está también presente en las historias que hoy en día los inmigrantes cuentan acerca de la misteriosa figura de Santo Toribio Romo, de quien se dice que se aparece en el desierto para ayudar a un inmigrante que se ha perdido y está en peligro de perecer.

Las percepciones diarias de la providencia existen principalmente dentro del espíritu de la caridad; es decir, dentro de una visión imaginativa de la vida que ve la conexión entre la gracia que Dios da a un corazón humano generoso, y la ayuda que se brinda a alguien que se encuentra en necesidad. Incluso en un mundo herido, la gente se cruza en su camino con alguien que no los abandonará al desastre. La parábola del Buen Samaritano es prototipo de esta perspectiva mantenida en la fe.

Podemos imaginar al padre del hijo pródigo orando de la misma manera en que mi abuela lo describía, pidiendo que alguien llegara a la vida de su hijo para ayudarle en el momento de necesidad. Es dudoso que el hermano mayor se molestara en orar de esta manera, y de hecho, la falta de voluntad del hermano mayor de ir a buscar a su hermano menor es una de las "acusaciones por ausencia" presentes en la parábola. Digo esto porque en una lectura cristológica de la parábola se resalta la ausencia del "primogénito" que sale en búsqueda del hermano menor.

Hace un par de años conocí a un joven en Honduras, tenía 16 años. Sus padres estaban muertos o desaparecidos; él no lo mencionó. Acababa de ser abruptamente deportado de México.  Me comentó que había intentado cruzar 5 veces a Estados Unidos porque no había nada para él en su pueblo;  si se quedaba podría terminar asesinado por las pandillas.  También dijo que lo volvería a intentar. Deseaba hacer su vida, conseguir un trabajo, quizá también una pequeña casa y casarse. Si no lo lograba en Estados Unidos, trataría de quedarse a vivir en México.  Me dijo que al menos ahí podía hacer vida.  Frecuentemente pienso en este muchacho.

No les platico acerca de él para agitar tus sentimientos. Se les cuenta porque hay miles como él, que viven al margen de la sociedad, a quienes se les dice que no hay lugar para ellos ni aquí ni en ningún otro sitio. Un mundo sin caridad o compasión dice "no nos importa lo que te pase."

Él es sólo un muchacho joven.  Tal vez todavía esté vivo, tal vez esté en México; a la mejor tiene una abuela rezando por él en algún lugar; a la mejor alguien acudirá en su ayuda.  Pero nuestra actividad política como católicos debe mantener la fe con él si es que queremos mantener la fe con Cristo.  No podemos solucionar todo, pero tampoco podemos fingir que este joven no está ahí, en algún lugar. Nuestra respuesta a él no es ajeno a la cuestión de nuestra propia salvación.

+df



(1) Ver San Buenaventura, Vida de San Francisco.






No comments:

Post a Comment