Me gustaría compartir con
ustedes unas cuantas palabras sobre la amplia imaginación moral de la fe
católica. Un aspecto de nuestra cultura católica contemporánea es la creciente
dificultad que tenemos para imaginar cómo se manifiesta la providencia. No
quiero decir que les compartiré todo un asunto teológico de la actividad de
Dios para cuidar y guiar su creación, solo quiero exponer un poco de luz acerca de cómo
los católicos viven y rezan cada día acerca de este misterio. El proveer de
Dios en la historia se expresa principalmente por la mediación humana. Para un
católico esto es algo tan profundo en nuestra tradición teológica y en nuestra
conciencia habitual que en una época con memoria bloqueada, podemos olvidar de
dónde viene.
A mí me lo enseñó mi abuelita; ella
solía levantarse temprano para rezar varios rosarios. Cuando yo le preguntaba
qué era lo que pedía en sus rezos, me contestaba que pedía por todos sus
nietos, especialmente por los que estaban lejos. Simplemente decía que rezaba para que si alguna vez se
encontraban en problemas, que Dios les pusiera en su camino a un alma buena y
generosa que les ayudara. Mi
abuela era realista, es decir, sabía que sus nietos, mis primos mayores, eran buenos
para meterse en todo tipo de problemas. Pero ella también era una mujer de fe y
confiaba en que Dios se encargaría de encontrar maneras para ayudarles. En pocas palabras, que Dios pondría a las
personas adecuadas en su camino. Lo que refleja este tipo de percepción,
disponible para cualquiera que tenga fe y un poco de imaginación, es que todos
somos potencialmente la respuesta a las peticiones que la abuelita reza desde
un lugar lejano. Ciertamente, la generosidad que Dios inspira en cada uno de
nosotros es su respuesta a la oración de alguien más.
Esta percepción imaginativa que
me enseñó mi abuelita es un eco de la transmisión vivida de la fe, y de los
relatos de la vida de los santos. Tal vez el relato más famoso en la tradición
es el de San Francisco de Asís y su encuentro con el Leproso. Seguramente el Leproso oró por un toque de
compasión humana, y seguramente Dios inspiró algo en Francisco para responder
de la manera que lo hizo.(1) Pero Francisco también oró para
conocer a Cristo más íntimamente, y en el leproso encontró a Cristo esperando.
Ésta misma conciencia está también presente en las historias que hoy en día los
inmigrantes cuentan acerca de la misteriosa figura de Santo Toribio Romo, de
quien se dice que se aparece en el desierto para ayudar a un inmigrante que se
ha perdido y está en peligro de perecer.
Las percepciones diarias de la
providencia existen principalmente dentro del espíritu de la caridad; es decir,
dentro de una visión imaginativa de la vida que ve la conexión entre la gracia
que Dios da a un corazón humano generoso, y la ayuda que se brinda a alguien
que se encuentra en necesidad. Incluso en un mundo herido, la gente se cruza en
su camino con alguien que no los abandonará al desastre. La parábola del Buen
Samaritano es prototipo de esta perspectiva mantenida en la fe.
Podemos imaginar al padre del hijo
pródigo orando de la misma manera en que mi abuela lo describía, pidiendo que
alguien llegara a la vida de su hijo para ayudarle en el momento de necesidad.
Es dudoso que el hermano mayor se molestara en orar de esta manera, y de hecho,
la falta de voluntad del hermano mayor de ir a buscar a su hermano menor es una
de las "acusaciones por ausencia" presentes en la parábola. Digo esto
porque en una lectura cristológica de la parábola se resalta la ausencia del
"primogénito" que sale en búsqueda del hermano menor.
Hace un par de años conocí a un joven en Honduras, tenía
16 años. Sus padres estaban muertos o desaparecidos; él no lo mencionó. Acababa
de ser abruptamente deportado de México.
Me comentó que había intentado cruzar 5 veces a Estados Unidos porque no
había nada para él en su pueblo; si se
quedaba podría terminar asesinado por las pandillas. También dijo que lo volvería a intentar.
Deseaba hacer su vida, conseguir un trabajo, quizá también una pequeña casa y
casarse. Si no lo lograba en Estados Unidos, trataría de quedarse a vivir en
México. Me dijo que al menos ahí podía
hacer vida. Frecuentemente pienso en este
muchacho.
No les platico acerca de él para agitar tus
sentimientos. Se les cuenta porque hay miles como él, que viven al margen de la
sociedad, a quienes se les dice que no hay lugar para ellos ni aquí ni en
ningún otro sitio. Un mundo sin caridad o compasión dice "no nos importa lo que te pase."
Él es sólo un muchacho joven. Tal vez todavía esté vivo, tal vez esté en
México; a la mejor tiene una abuela rezando por él en algún lugar; a la mejor
alguien acudirá en su ayuda. Pero
nuestra actividad política como católicos debe mantener la fe con él si es que
queremos mantener la fe con Cristo. No podemos
solucionar todo, pero tampoco podemos fingir que este joven no está ahí, en
algún lugar. Nuestra respuesta a él no es ajeno a la cuestión de nuestra propia
salvación.
+df
(1) Ver San Buenaventura, Vida de San Francisco.

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