"El
pueblo cristiano". Esta es una antigua manera de describir a la Iglesia,
la comunión de los Bautizados. Este pueblo es un cuerpo identificable,
compuesto de mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, santos y pecadores que
batallan. Entre la gente cristiana, la iglesia católica es quizás la más
fácilmente identificable como presencia en el mundo. La estructura de la
Iglesia, con el clero y los religiosos, los obispos y los papas, las parroquias
y las diócesis, y una doctrina de fe bastante bien articulada, todo esto nos
convierte en una presencia plenamente visible en el mundo.
Mi esperanza es que los no católicos y los no
cristianos en nuestras comunidades locales en el Valle del Río Grande nos vean
como una presencia positiva, una que refuerza los lazos de amistad con la buena
voluntad y con trabajo cooperativo para el bien de todos. Es nuestra misión
servir a toda la comunidad, no sólo a la comunidad católica. Por lo tanto,
nuestras Caridades Católicas no preguntan la religión de las personas cuando se
acercan buscando algún tipo de ayuda. Tampoco preguntamos su estado migratorio.
Esta manera de servir es en obediencia al Señor Jesús que nos ordena dar agua a
los sedientos y comida a los hambrientos (ver Mt 25).
Estoy seguro que un buen número de nuestros vecinos
no católicos no están de acuerdo con todas las posiciones que la Iglesia toma
en los asuntos políticos y sociales de nuestro tiempo. Nuestra defensa
inquebrantable del niño por nacer, nuestra defensa política en favor de un
trato humano para los inmigrantes y los refugiados, y nuestra oposición a la
pena de muerte, por ejemplo, son parte de lo que somos. Sin embargo, una vez
más, espero que los que están en desacuerdo con nosotros no perciben en nuestra
defensa de la dignidad humana ningún rastro de resentimiento o ira. Y al pueblo
cristiano le digo que debemos estar constantemente en guardia para que nuestra
pasión por la enseñanza social de la Iglesia no se degenere en una imprudente
hostilidad hacia ninguna persona. El Señor nos prohíbe estrictamente tratar a
cualquier persona con falta de respeto. Y por las veces que hemos fallado en
mostrar respeto y bondad a los demás debemos buscar el perdón de Cristo y de
aquellos a quienes pudimos haber ofendido.
La Iglesia es un gran misterio y como obispo estoy
encargado principalmente de guiar la Iglesia, en el Valle del Río Grande, en su
misión de ser una señal eficaz de Cristo Jesús, resucitado de entre los
muertos. Únicamente podemos cumplir nuestra misión hacia la comunidad en
general si somos fieles al Señor y a nosotros mismos como la comunidad del
Señor. Quiero que los católicos del Valle sepan que tenemos grandes desafíos y
oportunidades delante de nosotros. Durante algún tiempo, he estado entablando
conversaciones con el clero, líderes religiosos y líderes laicos acerca de
nuestra necesidad de una planificación estratégica para que podamos movernos
consciente y confiadamente para enfrentar esos desafíos y aprovechar esas
oportunidades.
Por ejemplo, necesitamos establecer nuevas
parroquias y misiones. La Iglesia está creciendo y nuestras estructuras deben
adaptarse a las nuevas realidades que se desarrollan frente a nosotros. También
necesitamos encontrar maneras de hacer que los católicos que se han alejado de
la participación activa en nuestras parroquias se sientan invitados y recibidos
en nuestras comunidades. También debemos dedicarnos a apoyarnos mutuamente en
nuestras luchas cotidianas como familias y como individuos. Esto implica una
renovación del celo en nuestra evangelización, catequesis y preparación
sacramental, porque la gracia del Señor nos sostiene.
En octubre, los sacerdotes de la diócesis y yo
continuaremos nuestras pláticas de planificación estratégica y habrá oportunidades
para que los feligreses y las personas que no están presentemente activas en la
Iglesia puedan expresar sus preocupaciones y esperanzas. Estamos bendecidos
porque recientemente muchas de nuestras parroquias han participado en el
Proceso del Encuentro. Es mi esperanza que los frutos de esos encuentros
se conviertan en una parte vibrante de nuestra planificación estratégica en los
próximos meses. Les pido que busquen oportunidades para participar en las pláticas.
Tal vez algunos de ustedes piensen que esto suena
como otro programa de la Iglesia y que poco saldrá de él. Yo no estoy buscando
organizar un nuevo programa, sino que busco una reorientación duradera de
nuestra perspectiva como católicos, una reorientación que tome en serio el
llamado del Papa Francisco por una Iglesia cuyas fibras estén dedicadas a la
evangelización, al apoyo de la vida familiar, y a mantener vivas y fuertes las
esperanzas de nuestros jóvenes. La obra del clero no debe sustituir el
testimonio del pueblo cristiano. Por el contrario, estamos al servicio de
proveer al Pueblo Cristiano de los recursos de la gracia, en los sacramentos y
en el anuncio del Evangelio, para que todos nosotros podamos ser aquel pueblo
al que el Señor llama para anunciar, testimoniar y ser su presencia en el
mundo.
Que el Misterio Eucarístico sea nuestra fuerza, que
Cristo nuestro Pastor nos guíe siempre, y que las oraciones de la Virgen Madre
de Dios y San José nos acompañen siempre.
+df


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