Tuesday, September 25, 2018

"Acompañar", como Jesús mismo, es un verbo, no es un sustantivo


Lo siguiente es el texto en español de la presentación que ofrecí durante el V Encuentro Nacional. Actualmente fue dada el 21 de septiembre, 2018, en una forma bilingüe. 


Acompañar es un Verbo



Acompañar, como Jesús mismo, es un verbo, no es un sustantivo. Y en el actuar de este verbo encontramos entrada al misterio de Jesús y de su Reino.

Cuando el Papa Francisco nos propone ser discípulos capaces de acompañar, nos anima a contemplar el estilo de Jesús y aprender de nuevo las lecciones del Evangelio.

En el Evangelio, la buena nueva se revela como misterio de la cercanía de Dios. Cuando profesamos nuestra fe en el Credo usamos esa frase tan bella, sencilla y profunda: “por nuestra salvación bajó del cielo”

El Dios que sostiene con su poder todo que existe, quiso encontrarnos en persona. Es decir quiso relacionarse con nosotros por pura gracia. Bajó del cielo para que supiéramos la verdad, y la verdad es que en el amor fuimos creados, que el Dios de verdad y de amor nos acompaña en persona, y nos quiere guiar hacia un amor comunitario y eterno.

De este gesto definitivo de la Encarnación depende nuestra esperanza y alegría. Él es el Dios que se une a nuestro camino; se hace peregrino para enderezar los pasos de los errantes.

Su mera presencia atraía a la gente: la fragancia de su santidad, la amabilidad de su bondad y la luz clara de su verdad se insinuaban a los corazones de los que lo encontraban en el curso de su caminar. 

Si la gente lo buscaba era porque primero él se hizo accesible; y ellos sintieron una confianza, una bienvenida pronunciada en el mismo hecho de haberse acercado en persona, en carne y hueso, a nosotros.

Él se dirigió a todos por ser accesible a todos: a los pobres, a los afligidos, a los ciegos y sordomudos; al joven rico, a Nicodemo el fariseo (visitando por la noche), a las viudas, y a los que vivían con demonios entre las tumbas. “Si solo pudiéramos tocar su manto” decían. Dios se acercó para animarnos a acercarnos a él.

En un modo particular, la cercanía de Jesús se manifestó en su deseo de acompañar a sus discípulos. En el tiempo que pasaba con ellos, ellos fueron conociendo el misterio amable de su identidad y misión. 

Escuchaba sus preguntas e inquietudes, los corregía, les explicaba las parábolas, y les daba sobre todo la gracia de su tiempo. Podríamos decir que él acompañaba a sus discípulos para que pudieran ellos acompañar después a los que ellos iban a encontrar en el camino de sus vidas misioneras.

Y después de la resurrección les abrió el sentido de las escrituras, les reveló los misterios de su cuerpo Crucificado y Resucitado en el sacrificio pascual, y les envió la gracia del Espíritu Santo. De esta manera él nos sigue acompañando.


Y aquí estamos. Señor. Quédate con nosotros porque se nos hace tarde. 

Enséñanos de nuevo cómo ser acompañados por ti, y cómo acompañarnos unos a otros en el itinerario de la Iglesia peregrina hoy en día. Y enséñanos a acompañar a los que no te han conocido, para que a través de nuestra pobre presencia puedan sentir tu cercanía, y que sepan que eres tú quien deseas acompañarlos en el camino de la vida, hacia la plenitud de la vida.


Si hemos experimentado lo que es ser acompañados, podemos entender mejor la llamada de acompañar a otros. Primero, hay que admitir que en este camino no existen accidentes ni suerte, solo la providencia de Dios. 

Cuando yo tenía los 18 años y me preparaba a ir al colegio, mi abuelita, después de darme su bendición, me dijo que iba rezar que Dios pusiera buenas personas en mi camino, personas compasivas, justas y generosas, personas que me podrían ayudar si encontraba cualquier dificultad. Creemos en eso, en el Dios que ha movido corazones a acompañarnos cuando nos hemos sentido solos, confusos o aislados. Creo que las oraciones de muchas abuelitas nos han acompañado para que pudiéramos llegar a este Encuentro.

En mi diócesis de Brownsville he aprendido de mis propios feligreses lo que significa acompañar. Desde 2014 miles de inmigrantes de Centro América han cruzado la frontera entre México y Tejas, y después de vivir el miedo y a veces el terror de un viaje peligroso y espantoso, como extranjeros, y después de encontrar las puertas altas de la ley inmigratoria de los Estados Unidos, han logrado encontrar personas de fe capaces de parar sus vidas y sus rutinas ordinarias para acompañar a las mamás y niños, a los papás y jóvenes, en sus momentos de dolor e incertidumbre. Tantas personas se han presentado en el camino de los migrantes recién llegados para darles una sonrisa, una bienvenida, un oído y un abrazo. 

De ellos he aprendido que el amor cristiano acompaña, ayuda, escucha, respeta, anima, y sobre todo persevera:

Voluntarios que llegan a los centros de detención para rezar con los detenidos. Equipos que entran para escuchar sus miedos y esperanzas; Religiosas que llegan para cantarle a la Virgen con ellos. Sacerdotes entregados que llegan a confesar a los que sienten el peso enorme de lo que han vivido desde que salieron de Honduras, Guatemala o El Salvador.

Escuchar, animar, llorar con los que lloran y reír con los que antes pensaban haber olvidado cómo sonreír. Esto es acompañar.

Caminar con los que Dios pone en nuestros caminos no puede faltar del dinamismo de la gracia del Señor; él siempre nos invita a querer sanar, a animar a los desanimados a cargar el peso de la vida con esperanza. Animamos unos a otros a abrazar la cruz, a dejarlo todo por causa de Jesús.

“La Iglesia necesita”, dice el Papa, “la mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro.” 

Este es el estilo de Jesús y es la misión de los discípulos: en un mundo donde nadie quiere detenerse a escuchar el llanto y a tocar la herida, el Señor nos pide el testimonio de la cercanía, del respeto y de la paciencia y de la compasión. El encuentro con Jesús sigue llegando al mundo a través de discípulos capaces de abrir sus vidas al encuentro personal con quienes Dios ha puesto en nuestros caminos.

El Dios que se hizo carne nos pide detenernos en el caminocon todos nuestras responsabilidades y quehaceresy contemplar el rostro de Cristo en la carne y hueso de los invisibles del mundo, y extender nuestras vidas a abrazar al Cristo presente entre nosotros.

El estilo de Jesús es el estilo de Dios, y el estilo de Jesús debe de ser nuestro estilo también. El Señor nos pide “desinstalar la tranquila condición de ser espectadores”, como nos recuerda el papa.

Este estilo de vida deja espacio para la espontaneidad humana, el poder responder a la realidad concreta que vive un prójimo. Nos invita a tomar el riesgo de cruzar la calle y tocar la puerta del vecino que hace tiempo no va para la Misa. El interés en la persona es el primer paso para evangelizar. Y si en el primer encuentro encontramos rencor o desesperación o miedo, está  bien, porque el segundo paso es saber escuchar con respeto. Y si encontramos señales del mal obstinado, tengan paciencia y lleven el caso a la oración delante del Santísimo. Lo que nos interesa es el bienestar del que sufre; sabemos que esto requiere discernimiento, tiempo, y paciencia. 

El Evangelio no es complicado, pero tampoco es fácil.

El amor espera y reza y persevera. La caridad no es una estrategia, es la cercanía de Jesús. El Señor actúa a través del discípulo que ama sin tener otro motivo o interés personal.

La caridad expresa con sinceridad total la razón de nuestro vivir. El que sabe acompañar a otro evangeliza antes de mencionar el nombre de Jesús. El Espíritu Santo nos enseñará cuando sea el momento propicio para expresar con palabras el nombre de Aquel que nos ha enviado.

Acompañamos a nuestros hijos y s nuestros papás ancianos, acompañamos a los miembros de nuestras parroquias y comunidades de fe. Acompañamos a vecinos y nuestros colaboradores en la escuela y en el trabajo, sean creyentes o no. Estos cruzan nuestros caminos todos los días.

Pero aún necesitamos buscar tiempo para salir a buscar cómo acompañar a los pobres. La Iglesia sale o queda atrofiada. “Quiero expresar con dolor”, dice el Papa, “que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual.

¿Quiénes son los pobres? Las jovencitas embarazadas que no quieren abortar pero que necesitan quien tenga tiempo y espacio en sus vidas para acompañarlas en el camino difícil. Los inmigrantes que viven en la sombra de la sociedad, que necesitan la atención humana, necesitan a Dios y el evangelio, y los sacramentos. Son los jóvenes sin esperanzas, o atrapados por la droga, las pandillas o que son tentados por el suicidio.

El pueblo que conoce a Jesús y su amor siente la necesidad de salir a buscar el encuentro con Jesús en los pobres. Él nos espera entre ellos, y al acompañar a ellos, con humildad y sinceridad, descubrimos que es el Señor quien nos acompaña a nosotros.

La fe de los pobres nos va salvar.



+df



No comments:

Post a Comment