Lo siguiente es el texto en español de la presentación que ofrecí durante el V Encuentro Nacional. Actualmente fue dada el 21 de septiembre, 2018, en una forma bilingüe.
Acompañar
es un Verbo
Acompañar,
como Jesús mismo, es un verbo, no es un sustantivo. Y en el actuar de este
verbo encontramos entrada al misterio de Jesús y de su Reino.
Cuando
el Papa Francisco nos propone ser discípulos capaces de acompañar, nos
anima a contemplar el estilo de Jesús y aprender de nuevo las lecciones del
Evangelio.
En
el Evangelio, la buena nueva se revela como misterio de la cercanía de Dios.
Cuando profesamos nuestra fe en el Credo usamos esa frase tan bella, sencilla y
profunda: “por nuestra salvación bajó del cielo”.
El
Dios que sostiene con su poder todo que existe, quiso encontrarnos en persona.
Es decir quiso relacionarse con nosotros por pura gracia. Bajó del cielo
para que supiéramos la verdad, y la verdad es que en el amor fuimos creados,
que el Dios de verdad y de amor nos acompaña en persona, y nos quiere guiar
hacia un amor comunitario y eterno.
De
este gesto definitivo de la Encarnación depende nuestra esperanza y alegría. Él
es el Dios que se une a nuestro camino; se hace peregrino para enderezar los
pasos de los errantes.
Su
mera presencia atraía a la gente: la fragancia de su santidad, la amabilidad de
su bondad y la luz clara de su verdad se insinuaban a los corazones de los que
lo encontraban en el curso de su caminar.
Si
la gente lo buscaba era porque primero él se hizo accesible; y ellos sintieron
una confianza, una bienvenida pronunciada en el mismo hecho de haberse acercado
en persona, en carne y hueso, a nosotros.
Él
se dirigió a todos por ser accesible a todos: a los pobres, a los afligidos, a
los ciegos y sordomudos; al joven rico, a Nicodemo el fariseo (visitando por la
noche), a las viudas, y a los que vivían con demonios entre las tumbas. “Si
solo pudiéramos tocar su manto” decían. Dios se acercó para animarnos a
acercarnos a él.
En
un modo particular, la cercanía de Jesús se manifestó en su deseo de acompañar
a sus discípulos. En el tiempo que pasaba con ellos, ellos fueron conociendo el
misterio amable de su identidad y misión.
Escuchaba
sus preguntas e inquietudes, los corregía, les explicaba las parábolas, y les
daba sobre todo la gracia de su tiempo. Podríamos decir que él acompañaba
a sus discípulos para que pudieran ellos acompañar después a los que ellos iban
a encontrar en el camino de sus vidas misioneras.
Y
después de la resurrección les abrió el sentido de las escrituras, les reveló los
misterios de su cuerpo Crucificado y Resucitado en el sacrificio pascual, y les
envió la gracia del Espíritu Santo. De esta manera él nos sigue acompañando.
—
Y
aquí estamos. Señor. Quédate con nosotros porque se nos hace tarde.
Enséñanos
de nuevo cómo ser acompañados por ti, y cómo acompañarnos unos a otros en el
itinerario de la Iglesia peregrina hoy en día. Y enséñanos a acompañar a los
que no te han conocido, para que a través de nuestra pobre presencia puedan
sentir tu cercanía, y que sepan que eres tú quien deseas acompañarlos
en el camino de la vida, hacia la plenitud de la vida.
—
Si
hemos experimentado lo que es ser acompañados, podemos entender mejor la
llamada de acompañar a otros. Primero, hay que admitir que en este camino no
existen accidentes ni suerte, solo la providencia de Dios.
Cuando
yo tenía los 18 años y me preparaba a ir al colegio, mi abuelita, después de darme su bendición, me
dijo que iba rezar que Dios pusiera buenas personas en mi camino, personas
compasivas, justas y generosas, personas que me podrían ayudar si encontraba
cualquier dificultad. Creemos en eso, en el Dios que ha movido corazones a
acompañarnos cuando nos hemos sentido solos, confusos o aislados. Creo que las
oraciones de muchas abuelitas nos han acompañado para que pudiéramos llegar a
este Encuentro.
En
mi diócesis de Brownsville he aprendido de mis propios feligreses
lo que significa acompañar. Desde 2014 miles de inmigrantes de Centro América
han cruzado la frontera entre México y Tejas, y después de vivir el miedo y a
veces el terror de un viaje peligroso y espantoso, como extranjeros, y después
de encontrar las puertas altas de la ley inmigratoria de los Estados Unidos,
han logrado encontrar personas de fe capaces de parar sus
vidas y sus rutinas ordinarias para acompañar a las mamás y niños, a los papás
y jóvenes, en sus momentos de dolor e incertidumbre.
Tantas personas se han presentado en el camino de los migrantes recién llegados
para darles una sonrisa, una bienvenida, un oído y un abrazo.
De
ellos he aprendido que el amor cristiano acompaña, ayuda, escucha, respeta,
anima, y sobre todo persevera:
Voluntarios
que llegan a los centros de detención para rezar con los detenidos. Equipos que
entran para escuchar sus miedos y esperanzas; Religiosas que llegan para
cantarle a la Virgen con ellos. Sacerdotes entregados que llegan a
confesar a los que sienten el peso enorme de lo que han vivido desde que
salieron de Honduras, Guatemala o El Salvador.
Escuchar,
animar, llorar con los que lloran y reír con los que antes pensaban haber
olvidado cómo sonreír. Esto es acompañar.
Caminar
con los que Dios pone en nuestros caminos no puede faltar del dinamismo de la
gracia del Señor; él siempre nos invita a querer sanar, a animar a los
desanimados a cargar el peso de la vida con esperanza. Animamos unos a otros a
abrazar la cruz, a dejarlo todo por causa de Jesús.
“La
Iglesia necesita”, dice el Papa, “la
mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro.”
Este
es el estilo de Jesús y es la misión de los discípulos: en un mundo donde nadie
quiere detenerse a escuchar el llanto y a tocar la herida, el Señor nos pide el
testimonio de la cercanía, del respeto y de la paciencia y de la compasión. El
encuentro con Jesús sigue llegando al mundo a través de discípulos capaces de
abrir sus vidas al encuentro personal con quienes Dios ha puesto en nuestros
caminos.
El
Dios que se hizo carne nos pide detenernos en el camino— con
todos nuestras responsabilidades y quehaceres— y
contemplar el rostro de Cristo en la carne y hueso de los invisibles del mundo,
y extender nuestras vidas a abrazar al Cristo presente entre nosotros.
El
estilo de Jesús es el estilo de Dios, y el estilo de Jesús debe de ser nuestro estilo también. El Señor
nos pide “desinstalar la tranquila condición de ser espectadores”, como
nos recuerda el papa.
Este
estilo de vida deja espacio para la espontaneidad humana, el poder responder a
la realidad concreta que vive un prójimo. Nos invita a tomar el riesgo de
cruzar la calle y tocar la puerta del vecino que hace tiempo no va para la
Misa. El interés en la persona es el primer paso para evangelizar. Y si en el
primer encuentro encontramos rencor o desesperación o miedo, está bien, porque el segundo paso es saber
escuchar con respeto. Y si encontramos señales del mal obstinado, tengan
paciencia y lleven el caso a la oración delante del Santísimo. Lo que nos
interesa es el bienestar del que sufre; sabemos que esto requiere
discernimiento, tiempo, y paciencia.
El
Evangelio no es complicado, pero tampoco es fácil.
El
amor espera y reza y persevera. La caridad no es una estrategia, es la cercanía
de Jesús. El Señor actúa a través del discípulo que ama sin tener otro motivo o
interés personal.
La
caridad expresa con sinceridad total la razón de nuestro vivir. El que sabe
acompañar a otro evangeliza antes de mencionar el nombre de Jesús. El Espíritu
Santo nos enseñará cuando sea el momento propicio para expresar con palabras el
nombre de Aquel que nos ha enviado.
Acompañamos
a nuestros hijos y s nuestros papás ancianos, acompañamos a los miembros de
nuestras parroquias y comunidades de fe. Acompañamos a vecinos y nuestros
colaboradores en la escuela y en el trabajo, sean creyentes o no. Estos cruzan
nuestros caminos todos los días.
Pero
aún necesitamos buscar tiempo para salir a buscar cómo acompañar a los pobres.
La Iglesia sale o queda atrofiada. “Quiero expresar con dolor”, dice el
Papa, “que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de
atención espiritual.”
¿Quiénes
son los pobres? Las jovencitas embarazadas que no quieren abortar pero que
necesitan quien tenga tiempo y espacio en sus vidas para acompañarlas en el
camino difícil. Los inmigrantes que viven en la sombra de la sociedad, que
necesitan la atención humana, necesitan a Dios y el evangelio, y los
sacramentos. Son los jóvenes sin esperanzas, o atrapados por la droga, las
pandillas o que son tentados por el suicidio.
El
pueblo que conoce a Jesús y su amor siente la necesidad de salir a buscar el
encuentro con Jesús en los pobres. Él nos espera entre ellos, y al acompañar a
ellos, con humildad y sinceridad, descubrimos que es el Señor quien nos acompaña
a nosotros.
La
fe de los pobres nos va salvar.
+df
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