El día 13 de Julio Dios me concedió la bendición de poder reunirme con los fieles de la parroquia de San Benito en San Benito, Texas, para festejar cien años de vida parroquial. Miembros del clero, religiosas, y los feligreses de la comunidad fueron congregados alrededor del altar del Señor junto con el obispo para ofrecerle a Dios Padre el sacrificio de alabanza y de agradecimiento. ¡Felicidades a la parroquia de San Benito por haber llegado a los cien años de servicio al Señor!
¿Y qué significa pertenecer a una parroquia? Es una pregunta básica para un católico y merece nuestra reflexión. Cristo Jesús invitó a sus primeros discípulos a compartir de la gracia de su presencia amistosa como miembros de una comunidad. Pertenecer a la comunidad es un aspecto esencial de ser seguidores de Nuestro Señor. Jesús predicó e instruyó a los discípulos en común. La predicación del Señor tenía el propósito de suavizar los corazones de los oyentes inculcando en ellos aquella ternura de alma que da paso al amor hacia Dios y hacia el prójimo. ¿Acaso no es ese amor hacia Dios y hacia el prójimo lo que encuadra el misterio evangélico que predicaba el Señor?
Leemos las Escrituras y nos damos cuenta de que los discípulos avanzaron despacio en este camino hacia la caridad auténtica. Ellos mismos experimentaban envidias, celos y rivalidades, y se peleaban sobre quién era el más importante en el reino. Pero el progreso que lograron en el camino con Jesucristo se precipitaba precisamente porque escuchaban la lección de Jesus en el contexto de la vida diaria con los demás discípulos. No podían evitar las lecciones sobre humildad, perdón, y generosidad porque en cada miembro de la comunidad encontraban las ocasiones reales para vivir estas virtudes del reino. Esto quiere decir que la comunidad misma, estable y enfocada en la persona del Señor, formaba la escuela de caridad. Pedro aprendió a amar al prójimo debido a que no pudo evitar las imperfecciones de los demás apóstoles.
En nuestras parroquias formamos una comunidad estable, enfocada en las lecciones del Señor. Escuchamos el mismo Evangelio que escuchaban los primeros discípulos y encontramos las mismas dificultades interpersonales que se les presentaban a ellos y que les brindaban la oportunidad para aplicar las lecciones del reino. ¿Y por qué la parroquia debe de ser una comunidad estable? Porque si no nos comprometemos a cultivar la vida cristiana con una comunidad en particular, nos iremos cada domingo a Misa sin conocer a las personas con quien escuchamos al Señor. Resulta que nunca nos enfrentaremos con las circunstancias difíciles que inevitablemente se presentan entre miembros de la comunidad, las experiencias que sirven para acrisolar la calidad de la caridad. Si uno le pide al Señor la gracia de vivir lo que escuchamos en el Evangelio, entonces la generosidad, el perdón y la humildad crecen con cada prueba. ¡Hay que recordar esto cuando ustedes están trabajando en común para la fiesta o la kermese de su parroquia!
Pero hay más. El corazón de la parroquia se encuentra en el altar principal de cada templo. Los discípulos se congregaban alrededor del Señor para pedirle la gracia necesaria para vivir lo que Él les estaba predicando. Como comunidad fueron congregados alrededor de la mesa de la última cena, mesa que pocas horas después tomó forma de cruz y de altar. Se reunieron con Él con una sola cosa en común: Cada uno era un oyente de la palabra con necesidad de recibir la salvación y la fuerza que solo el Señor Jesucristo les podía dar, y eso por medio de su sacrificio. Del mismo modo, nuestras comunidades son muy diversas y cada miembro tiene su historia y su camino, pero nos reunimos alrededor del altar para pedirle al Señor lo que solo Él nos puede dar: la gracia para vivir en la comunión del reino. El sacrificio completa la predicación del Evangelio en este sentido: vivir el amor caritativo hacia Dios y hacia el prójimo requiere la gracia que derrama el Señor desde su Cruz. Por eso, esta misma comunidad parroquial, después de escuchar el Evangelio, vuelve su atención al altar del Señor porque desde el altar nos viene la Sangre preciosa que da vida a las almas. Reverbera en nuestras comunidades parroquiales las palabras sagradas pronunciadas por el sacerdote, las cuales nos ofrecen el alimento de la salvación para el camino hacia la plenitud de la vida: Tomen y coman, esto es mi Cuerpo; Tomen y beban, este es el cáliz de mi Sangre.
El Señor nos da la vida nueva, vida en su palabra instructora, y vida en su sacrificio santo. Esta vida se encuentra en el contexto estable de la comunidad parroquial. ¡Qué bendición!
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