Viajo mucho. No quiero decir que es una cruz tener que hacerlo-- no llega a compararse con lo que cargan otros -- pero sí les confieso que no cuento el embarcar y desembarcar de aviones entre mis actividades favoritas. Sin embargo, forma parte del ritmo de mi vida como obispo. Conozco bien la rutina de seguridad. Quito mis zapatos, el saco y el cinturón; con prisa saco de la mochila la bolsita de plástico con los líquidos de tres onzas. Con toda precaución para no ser causa de demora en la línea de espera, me acerco al aparato con aspectos de burbuja enorme al estilo Star-Trek para que me tomen la radiografía. Siempre me dicen lo mismo: Espérese aquí a un lado. Sin excepción me cachean alrededor del pecho, buscando el objeto que provoca el curioso relucir debajo de la camisa negra. Es la Cruz que siempre traigo puesta, un crucifijo que he usado por más de treinta años, que antes usaba mi papá. Me he acostumbrado a sacarlo para que los de la seguridad lo vean, pero de todos modos me inspeccionan atentamente. Pronto me dejan pasar.
Me pregunto ¿y por qué no me la quito antes de pasar por la línea de seguridad? Sería más conveniente, y evitaría la demora de siempre. Pero, no, por instinto de gracia, o por ser un poco terco – ¿quién puede juzgar su propio caso? – no me la quito. Resisto quitarme la Cruz porque no es un sombrero, o un cinturón. De alguna manera, ser cristiano significa sentir que la Cruz forma parte esencial de nuestro propio ser. Y eso no se puede quitar para evitar algunos momentos extras en la línea de seguridad.
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| Señor de la Misericordia, Tepatlan, Jalisco. |
¿Qué significa amar la Cruz de Cristo? Significa corresponderle el amor ofrecido desde ahí. Implica una respuesta al Hijo de Dios quien acepto ser Hijo de María precisamente para poder asumir dentro de su divinidad lo que pertenece a nuestra humanidad. No podemos hablar de lo que pertenece al ser humano sin mencionar el pecado y la muerte. Bueno, es el lenguaje de la fe decirlo así. Pero debemos llegar al grano. En la Cruz, Cristo nos ama hasta la muerte, y acepta ser víctima del poder del pecado. En la Cruz se muestra como víctima triunfante precisamente porque siendo Dios el poder del pecado lo puede matar, pero no puede quitarle la vida (para decirlo de una manera paradójica). No podemos amar la Cruz sin confesar que el pecado y la muerte son cosas reales, fuertes, y más allá de nuestras fuerzas para abolir o controlar. Y además, amar la Cruz implica confesar que Dios tuvo que intervenir para superar el poder nefasto de lo que nos aflige.
El mundo de hoy no habla mucho del pecado, y busca como evitar la palabra—supuestamente para evitar rasgos de juicio o de responsabilidad en el modo de habla-secular (palabra que he inventado para nombrar la campaña de borrar seña de los significados religiosos en el idioma común). Pero por el momento, no hay para que entrar en discusiones de juicio o responsabilidad antes de tiempo. Lo primero, primero. Nosotros llamamos pecado a ese poder nefario dentro del ser humano y dentro de la historia que siempre resulta en crucificar al hombre. Sea la enfermedad última y la muerte natural, sea condena injusta, sea la traición, o el fratricidio de Caín, sea la pobreza de los inocentes, sea lo que sea, lo más obvio es que el hombre sufre la cruz porque la realidad humana y su historia dan testimonio de esta experiencia inexorable. Si los modernos sin interés en la religión no quieren hablar de responsabilidad o juicio, y por eso no hablan de pecados, está bien, es tema para otro día. Pero que tengan la honestidad de admitir que el sufrimiento tiene causa, y no se limita a causas naturales como enfermedades y terremotos. El mismo ser humano ha sido el que ha sobreabundado en obras afligiendo a otros seres humanos. Estas obras de odio y venganza, las mentiras inventadas para justificar el rechazo de los indeseables, el apetito voraz para mantener el control y poder, el juego que traiciona a los vulnerables, -- todo esto muestra que el mundo ha caminado un camino histórico chueco y equivocado desde antes que existiesen los libros para catalogarlo.
Repito la pregunta: ¿Qué significa amar la Cruz de Cristo? Nosotros viviremos la Cruz con Cristo o sin Él. Es decir que la Cruz es símbolo de nuestra más profunda herida. Pues, abrazando la Cruz con Él, amamos el Dios de amor que nos ofrece salida del ciclo interminable de pecado, sufrimiento y muerte. En Cristo Jesús, Dios aceptó ser crucificado con los demás, o sea, con todos nosotros. Lo crucificaron, y aceptó ser crucificado. Uno tiene que ver con el juego del mundo bajo el poder del pecado, el otro tiene que ver con la libertad del Señor, voluntariamente entregándose. Amamos el Cristo entregado, y veneramos el amor que motivó al Señor Dios identificarse de una manera definitiva con nuestra condición, dándonos prueba que el amor triunfa sobre el pecado. Creer en la Cruz significa creer que al fin y al cabo, el amor de Dios presente en el hombre vence sobre el odio, y la vida sobre la muerte. En la Cruz, la justicia de Dios se muestra como misericordia ofrecida hacia nosotros.
En la gran esquema de las cosas, lo que hace uno en la línea de seguridad de los aeropuertos, quitándose la cruz, o dejándola puesta, no llega a alturas asombrosas. Pero lo que sí toca a la salvación es nuestra actitud delante de la Cruz de Cristo. La Cruz es el centro de la vida de un católico; decir que soy cristiano equivale decir que creo en el poder de la Cruz de Cristo. Si por la gracia de Dios llegamos usted y yo a la salvación eterna, sin duda será porque hemos perseverado en la fe que tenemos en la Cruz del Señor, y en corresponderle el amor victorioso que Él nos ha ofrecido.
+df

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