Quisiera continuar el
tema que inicié el mes pasado, dirigiendo nuestra atención como familias dentro
de la Iglesia, a la enseñanza del Papa Francisco en su Exhortación Apostólica La
alegría del Amor. Hoy me enfocaré en el primer capítulo.
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La Resurrección de la Hija de Jairo,
Ilya Repin,, 1871
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El Santo Padre nos anima
a un conocimiento profundo de la realidad familiar, y trata de recordarnos que
la gracia que vivimos en la Iglesia está íntimamente presente en esta realidad.
Algunos comentaristas han opinado que el Papa escribe demasiado sobre las
dificultades que se viven hoy en día dentro de la vida familiar. Yo pienso que corremos el riesgo de distorsionar el
pensamiento del Papa si no recordamos que desde el punto de vista del Evangelio
las dificultades de la vida familiar fueron precisamente en lo que se enfocó el Señor Jesús. El Señor vino a sanar al ser
humano, y el ser humano se encuentra en base a sus relaciones, entre las cuales la relación
familiar es la más fundamental. La raíz de la vida humana se encuentra en la
familia; y el Señor siempre se dirige a sanar las raíces de las cosas. He aquí cómo
el Papa no se cansa de atraer nuestra
atención hacia el ejemplo del Señor en Amoris Laetitiae número 21:
Jesús mismo nace en una
familia modesta que pronto debe huir a una tierra extranjera. Él entra en la
casa de Pedro donde su suegra está enferma (Mc 1,30-31), se deja involucrar en
el drama de la muerte en la casa de Jairo o en el hogar de Lázaro (cf. Mc
5,22-24.35-43); escucha el grito desesperado de la viuda de Naín ante su hijo
muerto (cf. Lc 7,11-15), atiende el clamor del padre del epiléptico en un pequeño
pueblo del campo (cf. Mt 9,9-13; Lc 19,1-10). Encuentra a publicanos como Mateo
o Zaqueo en sus propias casas, y también a pecadoras, como la mujer que irrumpe
en la casa del fariseo (cf. Lc 7,36-50). Conoce las ansias y las tensiones de
las familias incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos que dejan sus casas
para intentar alguna aventura (cf. Lc 15,11-32) hasta los hijos difíciles con
comportamientos inexplicables (cf. Mt 21,28-31) o víctimas de la violencia (cf.
Mc 12,1-9). Y se interesa incluso por las bodas que corren el riesgo de
resultar bochornosas por la ausencia de vino (cf. Jn 2,1-10) o por falta de
asistencia de los invitados (cf. Mt 22,1-10), así como conoce la pesadilla por
la pérdida de una moneda en una familia
pobre (cf. Lc 15,8-10).
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La mujer con la hemorragia encuentra a Jesús
Paolo Veronese, 1548
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Sería de gran provecho
para el ambiente cotidiano de la familia si nos tomáramos el tiempo para leer,
en familia y en voz alta, día por día, cada uno de los pasajes del Evangelio
citados por el Papa. Si varias veces entre semana nos reuniéramos a escuchar
las palabras y a contemplar las obras del Señor, nos daríamos cuenta rápidamente
que el Señor no desdeñó encontrar a la realidad familiar, tan frecuentemente
azotada por los golpes de la vida.
Como explica el Santo
Padre en número 22, la palabra del Señor es una
compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de
algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios «enjugará las lágrimas
de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4).
Con frecuencia nos
sentimos avergonzados como familia al reconocer que no somos perfectos o que
hemos sufrido pero también causado heridas.
¡Y no falta que a veces pensamos que las familias de los vecinos tienen todo
muy arreglado! No es así, todos tenemos situaciones y circunstancias que
necesitan de la gracia de Dios. Es un gran consuelo oír el Señor Jesús
responderles a las personas que él encontraba en el Evangelio. Sus palabras
también son dirigidas a nosotros.
Es preciso notar que el
Papa nos enseña que el Señor llega a la familia por medio de su palabra para animarnos a
caminar a la meta que la palabra misma nos promete. El libro del Apocalipsis,
la gran narración profética del triunfo final del Señor de la historia, habla
de enjugarnos las lágrimas y poner fin a los llantos y a los dolores. El camino hacia
la victoria de la justicia y la misericordia al final de los tiempos empieza
hoy con las palabras del Verbo encarnado, quien nos sana y fortalece para el
camino. Encontramos primero la gracia como medicamento suavemente aplicado a la
herida, y luego extiende sus efectos a fortalecernos y robustecernos para el
camino hacia él.
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El Buen Samaritano
Pelegrí Clavé i Roquer, 1831
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Notaban los santos padres
de la Iglesia (como San Agustín y San Gregorio Magno) que la figura del Buen
Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos enseña sobre la misión de Cristo y de
la Iglesia. Como el Samaritano, el Señor se desvió de camino, o sea, “bajó del
cielo,” como dice el Credo, para encontrarnos y para aplicar “aceite y vino” a
nuestras heridas. En la parábola del Buen Samaritano, los padres de la época patrística
también notaban la importancia del albergue donde el Samaritano dejó el hombre
débil para convalecer. El albergue es figura de la Iglesia, lugar de recuperación,
o mejor dicho un espacio donde uno puede agarrar fuerzas. La parábola misma indica que
el Buen Samaritano regresará a pagar la cuenta, y de esa manera dirige nuestra
atención al regreso del Señor en el final de los tiempos. Por mientras, la
Iglesia ofrece espacio y tiempo para que la gracia del Cristo resucitado pueda
sanar y robustecernos. Este es el espacio de la comunidad creyente,
incorporados a Cristo por medio del Bautismo, ungidos por el Espíritu Santo, y
destinados a glorificar el Padre.
La Iglesia, donde hay
comunión de fe, esperanza y caridad, se manifiesta de manera privilegiada en el
ambiente familiar. La familia también es un albergue-Iglesia para que los
miembros puedan agarrar fuerzas para la vida. Por eso el Santo Padre enfatiza
tanto que la vocación de la familia es pedir, recibir y compartir la gracia que
el Señor ofrece por medio de la Iglesia. El Papa Francisco dice en el número 29
de Amoris Laetitiae lo siguiente:
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Catedral de Valencia
La Santísima Trinidad
L. Antonio Planes, siglo XVIII
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29. Con esta mirada,
hecha de fe y de amor, de gracia y de compromiso, de familia humana y de
Trinidad divina, contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las
manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de
personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo. La actividad generativa y educativa es, a su vez, un reflejo de la obra
creadora del Padre. La familia está llamada a compartir la oración cotidiana,
la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el
amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu.
Pues cierto la “actividad
generativa y educativa” de la familia es expresión vital de la misión de la
Iglesia en sí. Y con la “oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios
y la comunión eucarística” el Señor mismo nos sana y fortalece para el
camino hacia el futuro. Nuestros hogares deben “convertirse cada vez más en
templo donde habita el Espíritu Santo”.
Creo que para el Papa,
hablándonos como Padre de una gran familia, nos exhorta reconocer la ternura
como primera expresión de la acción de Espíritu Santo dentro de nuestras familias.
He aquí, en el número 28 de la carta, como el Santo Padre nos habla de la
ternura:
En el horizonte del amor,
central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca
también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y
superficiales: la ternura. Acudamos al dulce e intenso Salmo 131. Como se
advierte también en otros textos (cf. Ex 4,22; Is 49,15; Sal 27,10), la unión
entre el fiel y su Señor se expresa con rasgos del amor paterno o materno. Aquí
aparece la delicada y tierna intimidad que existe entre la madre y su niño, un
recién nacido que duerme en los brazos de su madre después de haber sido
amamantado. [...] De modo paralelo, podemos acudir a otra escena, donde el
profeta Oseas coloca en boca de Dios como padre estas palabras conmovedoras: «Cuando
Israel era joven, lo amé […] Yo enseñe a andar a Efraín, lo alzaba en brazos […]
Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que
levanta a un niño contra su mejilla, me inclinaba y le daba de comer» (11,1.3-4).
La ternura es expresión
de afecto que acaricia las heridas de nuestros seres queridos. La ternura sana
precisamente porque no se merece, se ofrece. Y si no tenemos corazones hechos
de piedra, respondemos a la ternura con ternura sazonada con agradecimiento. La
presencia de la ternura en la familia es seña de que realmente estamos
construyendo un templo en la familia “donde habita el Espíritu Santo”.
El Señor, por boca del Profeta Ezequiel, dice (Ez 36, 26): “Yo les arrancaré
de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne”. Ya que
el pecado nos causa a menudo aferrarnos de los resentimientos, es obra del Espíritu
Santo humanizar, o sea enternecer, nuestros corazones.
Dios quiera que nuestros hogares
sean espacios donde reine cada día más la compasión, el cariño y la ternura. Amén.
+df




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