Friday, May 27, 2016

Leyendo "La Alegria del Amor" II: La Palabra de Dios nos acompaña en el camino familiar


Quisiera continuar el tema que inicié el mes pasado, dirigiendo nuestra atención como familias dentro de la Iglesia, a la enseñanza del Papa Francisco en su Exhortación Apostólica La alegría del Amor. Hoy me enfocaré en el primer capítulo.

La Resurrección de la Hija de Jairo,
Ilya Repin,, 1871
El Santo Padre nos anima a un conocimiento profundo de la realidad familiar, y trata de recordarnos que la gracia que vivimos en la Iglesia está íntimamente presente en esta realidad. Algunos comentaristas han opinado que el Papa escribe demasiado sobre las dificultades que se viven hoy en día dentro de la vida familiar. Yo pienso que corremos el riesgo de distorsionar el pensamiento del Papa si no recordamos que desde el punto de vista del Evangelio las dificultades de la vida familiar fueron precisamente en lo que se enfocó  el Señor Jesús. El Señor vino a sanar al ser humano, y el ser humano se encuentra en base  a   sus relaciones, entre las cuales la relación familiar es la más fundamental. La raíz de la vida humana se encuentra en la familia; y el Señor siempre se dirige a sanar las raíces de las cosas. He aquí cómo el Papa no se cansa de  atraer nuestra atención hacia el ejemplo del Señor en Amoris Laetitiae número 21:

Jesús mismo nace en una familia modesta que pronto debe huir a una tierra extranjera. Él entra en la casa de Pedro donde su suegra está enferma (Mc 1,30-31), se deja involucrar en el drama de la muerte en la casa de Jairo o en el hogar de Lázaro (cf. Mc 5,22-24.35-43); escucha el grito desesperado de la viuda de Naín ante su hijo muerto (cf. Lc 7,11-15), atiende el clamor del padre del epiléptico en un pequeño pueblo del campo (cf. Mt 9,9-13; Lc 19,1-10). Encuentra a publicanos como Mateo o Zaqueo en sus propias casas, y también a pecadoras, como la mujer que irrumpe en la casa del fariseo (cf. Lc 7,36-50). Conoce las ansias y las tensiones de las familias incorporándolas en sus parábolas: desde los hijos que dejan sus casas para intentar alguna aventura (cf. Lc 15,11-32) hasta los hijos difíciles con comportamientos inexplicables (cf. Mt 21,28-31) o víctimas de la violencia (cf. Mc 12,1-9). Y se interesa incluso por las bodas que corren el riesgo de resultar bochornosas por la ausencia de vino (cf. Jn 2,1-10) o por falta de asistencia de los invitados (cf. Mt 22,1-10), así como conoce la pesadilla por la pérdida de una moneda en  una familia pobre (cf. Lc 15,8-10).

La mujer con la hemorragia encuentra a Jesús
Paolo Veronese, 1548
Sería de gran provecho para el ambiente cotidiano de la familia si nos tomáramos el tiempo para leer, en familia y en voz alta, día por día, cada uno de los pasajes del Evangelio citados por el Papa. Si varias veces entre semana nos reuniéramos a escuchar las palabras y a contemplar las obras del Señor, nos daríamos cuenta rápidamente que el Señor no desdeñó encontrar a la realidad familiar, tan frecuentemente azotada por los golpes de la vida.

Como explica el Santo Padre en número 22, la palabra del Señor es una compañera de viaje también para las familias que están en crisis o en medio de algún dolor, y les muestra la meta del camino, cuando Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4).

Con frecuencia nos sentimos avergonzados como familia al reconocer que no somos perfectos o que hemos sufrido pero también causado  heridas. ¡Y no falta que a veces pensamos que las familias de los vecinos tienen todo muy arreglado! No es así, todos tenemos situaciones y circunstancias que necesitan de la gracia de Dios. Es un gran consuelo oír el Señor Jesús responderles a las personas que él encontraba en el Evangelio. Sus palabras también son dirigidas a nosotros.

Es preciso notar que el Papa nos enseña que el Señor llega a la familia por medio de su palabra para animarnos a caminar a la meta que la palabra misma nos promete. El libro del Apocalipsis, la gran narración profética del triunfo final del Señor de la historia, habla de enjugarnos las lágrimas y   poner fin  a los llantos y a los dolores. El camino hacia la victoria de la justicia y la misericordia al final de los tiempos empieza hoy con las palabras del Verbo encarnado, quien nos sana y fortalece para el camino. Encontramos primero la gracia como medicamento suavemente aplicado a la herida, y luego extiende sus efectos a fortalecernos y robustecernos para el camino hacia él.
El Buen Samaritano
Pelegrí Clavé i Roquer, 1831

Notaban los santos padres de la Iglesia (como San Agustín y San Gregorio Magno) que la figura del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37) nos enseña sobre la misión de Cristo y de la Iglesia. Como el Samaritano, el Señor se desvió de camino, o sea, “bajó del cielo,” como dice el Credo, para encontrarnos y para aplicar “aceite y vino” a nuestras heridas. En la parábola del Buen Samaritano, los padres de la época patrística también notaban la importancia del albergue donde el Samaritano dejó el hombre débil para convalecer. El albergue es figura de la Iglesia, lugar de recuperación, o mejor dicho un espacio donde uno puede  agarrar fuerzas. La parábola misma indica que el Buen Samaritano regresará a pagar la cuenta, y de esa manera dirige nuestra atención al regreso del Señor en el final de los tiempos. Por mientras, la Iglesia ofrece espacio y tiempo para que la gracia del Cristo resucitado pueda sanar y robustecernos. Este es el espacio de la comunidad creyente, incorporados a Cristo por medio del Bautismo, ungidos por el Espíritu Santo, y destinados a glorificar el Padre.

La Iglesia, donde hay comunión de fe, esperanza y caridad, se manifiesta de manera privilegiada en el ambiente familiar. La familia también es un albergue-Iglesia para que los miembros puedan agarrar fuerzas para la vida. Por eso el Santo Padre enfatiza tanto que la vocación de la familia es pedir, recibir y compartir la gracia que el Señor ofrece por medio de la Iglesia. El Papa Francisco dice en el número 29 de Amoris Laetitiae lo siguiente: 

Catedral de Valencia
La Santísima Trinidad
L. Antonio Planes, siglo XVIII 
29. Con esta mirada, hecha de fe y de amor, de gracia y de compromiso, de familia humana y de Trinidad divina, contemplamos la familia que la Palabra de Dios confía en las manos del varón, de la mujer y de los hijos para que conformen una comunión de personas que sea imagen de la unión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La actividad generativa y educativa es, a su vez, un reflejo de la obra creadora del Padre. La familia está llamada a compartir la oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística para hacer crecer el amor y convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu.

Pues cierto la “actividad generativa y educativa” de la familia es expresión vital de la misión de la Iglesia en sí. Y con la “oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión eucarística” el Señor mismo nos sana y fortalece para el camino hacia el futuro. Nuestros hogares deben “convertirse cada vez más en templo donde habita el Espíritu Santo”.

Creo que para el Papa, hablándonos como Padre de una gran familia, nos exhorta reconocer la ternura como primera expresión de la acción de Espíritu Santo dentro de nuestras familias. He aquí, en el número 28 de la carta, como el Santo Padre nos habla de la ternura:

En el horizonte del amor, central en la experiencia cristiana del matrimonio y de la familia, se destaca también otra virtud, algo ignorada en estos tiempos de relaciones frenéticas y superficiales: la ternura. Acudamos al dulce e intenso Salmo 131. Como se advierte también en otros textos (cf. Ex 4,22; Is 49,15; Sal 27,10), la unión entre el fiel y su Señor se expresa con rasgos del amor paterno o materno. Aquí aparece la delicada y tierna intimidad que existe entre la madre y su niño, un recién nacido que duerme en los brazos de su madre después de haber sido amamantado. [...] De modo paralelo, podemos acudir a otra escena, donde el profeta Oseas coloca en boca de Dios como padre estas palabras conmovedoras: «Cuando Israel era joven, lo amé […] Yo enseñe a andar a Efraín, lo alzaba en brazos […] Con cuerdas humanas, con correas de amor lo atraía; era para ellos como el que levanta a un niño contra su mejilla, me inclinaba y le daba de comer» (11,1.3-4).

La ternura es expresión de afecto que acaricia las heridas de nuestros seres queridos. La ternura sana precisamente porque no se merece, se ofrece. Y si no tenemos corazones hechos de piedra, respondemos a la ternura con ternura sazonada con agradecimiento. La presencia de la ternura en la familia es seña de que realmente estamos construyendo un templo en la familia “donde habita el Espíritu Santo”. El Señor, por boca del Profeta Ezequiel, dice (Ez 36, 26): “Yo les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne”. Ya que el pecado nos causa a menudo aferrarnos de los resentimientos, es obra del Espíritu Santo humanizar, o sea enternecer, nuestros corazones.

Dios quiera que nuestros hogares sean espacios donde reine cada día más la compasión, el cariño y la ternura. Amén.

+df





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