Thursday, July 25, 2019

Enseñando la fe, cultivando esperanzas

Dedicación del templo, Capilla San Juan Diego,
"El Flaco", Condado de Hidalgo


Enseñando la fe, cultivando esperanzas

Ahora que nos acercamos al final del verano, con los distintos programas de educación religiosa y las Escuelas Católicas que están por comenzar un nuevo ciclo, quiero compartir algunas reflexiones sobre nuestra vida en la Diócesis de Brownsville.

Todos tenemos una gran deuda de gratitud con los cientos de catequistas que enseñan a niños y adultos en los programas catequéticos de nuestras parroquias; y de igual manera estamos en deuda con los maestros y con todo el personal que trabaja en nuestras escuelas católicas. Todas estas personas ofrecen generosamente su tiempo y su energía pero sobre todo ofrecen un gran amor a quienes enseñan y motivan en la vida de la fe. Todos ustedes son un gran aliento y una fuente de esperanza para mí y para toda la Iglesia.

Una de mis mayores preocupaciones desde que me convertí en obispo de esta hermosa diócesis ha sido y es la evangelización y la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes adultos. Creo que existe un vínculo directo entre la evangelización y catequesis de adultos y niños y una sana vida familiar católica en la comunidad.

La vida familiar es donde primero se enseña la fe y donde comienza la vida de gracia. Si de niño te tocó vivir la misma experiencia que a mí entonces podrás constatar que el fomento religioso en el hogar es lo primero despertó en nosotros una conciencia de la cercanía de Dios y de su amor. Por ejemplo, en mi caso, antes de que la abuela me enseñara como hacer la señal de la cruz, ya nuestra casa tenía un crucifijo en cada habitación y la última cena en grande sobre la pared principal del comedor, y eso es muy importante. Pues un joven que es criado en una casa con agua bendita, imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos, ya es consciente del misterio del amor de Dios, incluso antes de que aprenda a rezar sus oraciones. Mis primeros años de vida los pasé en una parte de Corpus Christi que ni siquiera tenía una parroquia o una capilla cerca. Pero en casa aprendimos nuestras oraciones, y todo incluso antes de saber dónde se ofrecería clases de catecismo para cuando cumpliéramos los seis años de edad.

La vida familiar es también donde aprendemos que la vida de fe y gracia se vive en una comunidad. Porque la familia es la primer comunidad de encuentro, y es el lugar donde nos sentimos amados y amamos. En nuestras familias nos ayudamos unos a otros en pequeñas y grandes tareas. 

Todos sabemos que en estos días la vida familiar está bajo un gran estrés. Hay muchas familias que batallan para llegar al fin de mes, por lo que los padres tienen varios trabajos solo para poder poner comida en la mesa y estar preparados para emergencias; hay muchas madres solteras y padres solteros que se esfuerzan heroicamente por criar a sus hijos. Hay muchas abuelas y abuelos que ayudan a criar a sus nietos y así poder ayudar a sus hijos.

Hay desafíos y tensiones que erosionan las esperanzas y los sueños de los niños y los jóvenes. A menudo digo que los jóvenes entre la edad de su Primera Comunión y su Confirmación están tomando decisiones que son básicas que dictaminan fundamentalmente la dirección de sus vidas. Porque a esa edad toman decisiones, ya sea conscientemente o no, sobre si la vida es un gran regalo del Dios que los ama, con desafíos que se pueden superar, o si la vida es un juego cínico, donde realmente nada importa, donde el amor es solo otra estrategia que no es verdaderamente real, y que la sobrevivencia es una cuestión de "hacer lo que tienes que hacer, sin importar lo que sea".

Hay grandes mareas de distracción que alejan a los jóvenes y jóvenes adultos del pensamiento de Dios y del amor que él nos da en Cristo. Pero antes de sentirnos abrumados por el caos de las culturas modernas, debemos recordar lo importante que es construir una cultura de fe y de amor generoso en cada uno de nuestros hogares.

Por eso les suplico a los padres que pasen el mayor tiempo posible con sus hijos. Hagan todo el esfuerzo por bautizar a sus hijos lo más pronto posible después de su nacimiento, y de criarlos en una atmósfera de fe y esperanza en el misterio de Cristo resucitado de entre los muertos. Escúchenlos, sepan lo que están pasando en la escuela o en sus trabajos. Acompáñenlos mientras maduran, y compartan con ellos su fe y su vida de oración. Llévenlos a misa, y ayúdenles a entender lo que sucede cuando el Señor viene a nosotros en el sacrificio eucarístico. Estas cosas son mucho más importantes que las cosas que queremos comprarles.

Un joven que aprende que Dios nos ama tanto que se hizo carne en el vientre de María, que vivió, murió y resucitó por nosotros, tiene la oportunidad de tener esperanza en este mundo tan difícil. Las personas jóvenes que experimentan la cercanía de Dios y el amor de quienes los rodean saben en sus corazones que la verdad, la sinceridad y el espíritu generoso de cuidar de los demás son los caminos que conducen a una vida de alegría. De aquí es donde realmente se obtiene la esperanza que dura toda la vida.

Hablo de esto muy a menudo en la diócesis y aliento a los sacerdotes para que desarrollen maneras de involucrar en la vida y el ministerio de la iglesia a las familias, los jóvenes y los jóvenes adultos. También para ayudar a los padres a poner en práctica en sus hogares las formas sencillas de fe, esperanza y amor.

De igual manera, creo que nuestras parroquias son como una gran familia, y que tenemos la responsabilidad de acercarnos y ayudar a las familias que están batallando por mantener la esperanza. Hay muchas comunidades nuevas y pequeñas que se forman a lo largo de las afueras de nuestras ciudades y de los límites parroquiales. Tenemos un llamado del mismo Señor para acercarnos a las comunidades más pobres que se forman en las partes más aisladas de la diócesis y ofrecerles nuestra ayuda de la manera que podamos. Sabemos que la ayuda y los recursos materiales son de gran importancia, pero es mucho más importante que las familias que viven en la pobreza reciban la atención espiritual y pastoral que necesitan de toda la iglesia. En mi caso, un hombre de negocios del lugar donde crecí ofreció su restaurante para que los domingos tuviéramos las clases de educación religiosa. Si no hubiera sido por él creo que yo no hubiera hecho mi Primera Comunión.
Consagración del Altar
Capilla de San Juan Diego


Así de que las parroquias, las capillas o misiones y toda la estructura diocesana deben orientarse hacia salir al encuentro y ofrecer formación catequética accesible y preparación sacramental a las familias que, por cualquier razón, se sientan aisladas y alejadas de la vida parroquial. Por eso necesitamos trabajar para formar más laicos misioneros líderes, que puedan ir a las periferias e invitar a las familias a participar en la vida de la Iglesia local, y formar nuevos centros de vida de fe.

Les puedo asegurar que continuaré haciendo una gran prioridad la dirección de los fondos y recursos diocesanos hacia la periferia, para que se pueda construir un ancla de fe y de vida comunitaria donde actualmente no existe. Pero aun antes de que construyamos los edificios donde las familias y los jóvenes puedan reunirse para aprender, orar y compartir el amor de Cristo, todos podemos y debemos hacer algo para primero construir la comunidad de fe y el alcance misionero en las parroquias y capillas que ya tenemos. 

¿Le ha preguntado a su vecino si le gustaría recibir ayuda para llevar a sus hijos a clases de catecismo para que puedan hacer su primera comunión? Como usted sabe, sí lo puede hacer. Puede ser que eso sea lo más importante que haga en este año.

+df

No comments:

Post a Comment