Dedicación del templo, Capilla San Juan Diego,
"El Flaco", Condado de Hidalgo
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Enseñando
la fe, cultivando esperanzas
Ahora que nos acercamos
al final del verano, con los distintos programas de educación religiosa y las
Escuelas Católicas que están por comenzar un nuevo ciclo, quiero compartir
algunas reflexiones sobre nuestra vida en la Diócesis de Brownsville.
Todos tenemos una gran
deuda de gratitud con los cientos de catequistas que enseñan a niños y adultos
en los programas catequéticos de nuestras parroquias; y de igual manera estamos
en deuda con los maestros y con todo el personal que trabaja en nuestras
escuelas católicas. Todas estas personas ofrecen generosamente su tiempo y su
energía pero sobre todo ofrecen un gran amor a quienes enseñan y motivan en la
vida de la fe. Todos ustedes son un gran aliento y una fuente de esperanza para
mí y para toda la Iglesia.
Una de mis mayores
preocupaciones desde que me convertí en obispo de esta hermosa diócesis ha sido
y es la evangelización y la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes
adultos. Creo que existe un vínculo directo entre la evangelización y
catequesis de adultos y niños y una sana vida familiar católica en la
comunidad.
La vida familiar es
donde primero se enseña la fe y donde comienza la vida de gracia. Si de niño te
tocó vivir la misma experiencia que a mí entonces podrás constatar que el
fomento religioso en el hogar es lo primero despertó en nosotros una conciencia
de la cercanía de Dios y de su amor. Por ejemplo, en mi caso, antes de que la
abuela me enseñara como hacer la señal de la cruz, ya nuestra casa tenía un
crucifijo en cada habitación y la última cena en grande sobre la pared
principal del comedor, y eso es muy importante. Pues un joven que es criado en
una casa con agua bendita, imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los
santos, ya es consciente del misterio del amor de Dios, incluso antes de que
aprenda a rezar sus oraciones. Mis primeros años de vida los pasé en una parte
de Corpus Christi que ni siquiera tenía una parroquia o una capilla cerca. Pero
en casa aprendimos nuestras oraciones, y todo incluso antes de saber dónde se
ofrecería clases de catecismo para cuando cumpliéramos los seis años de edad.
La vida familiar es
también donde aprendemos que la vida de fe y gracia se vive en una comunidad.
Porque la familia es la primer comunidad de encuentro, y es el lugar donde nos
sentimos amados y amamos. En nuestras familias nos ayudamos unos a otros en
pequeñas y grandes tareas.
Todos sabemos que en
estos días la vida familiar está bajo un gran estrés. Hay muchas familias que
batallan para llegar al fin de mes, por lo que los padres tienen varios
trabajos solo para poder poner comida en la mesa y estar preparados para
emergencias; hay muchas madres solteras y padres solteros que se esfuerzan
heroicamente por criar a sus hijos. Hay muchas abuelas y abuelos que ayudan a
criar a sus nietos y así poder ayudar a sus hijos.
Hay desafíos y
tensiones que erosionan las esperanzas y los sueños de los niños y los jóvenes.
A menudo digo que los jóvenes entre la edad de su Primera Comunión y su
Confirmación están tomando decisiones que son básicas que dictaminan
fundamentalmente la dirección de sus vidas. Porque a esa edad toman decisiones,
ya sea conscientemente o no, sobre si la vida es un gran regalo del Dios que
los ama, con desafíos que se pueden superar, o si la vida es un juego cínico,
donde realmente nada importa, donde el amor es solo otra estrategia que no es
verdaderamente real, y que la sobrevivencia es una cuestión de "hacer lo
que tienes que hacer, sin importar lo que sea".
Hay grandes mareas de
distracción que alejan a los jóvenes y jóvenes adultos del pensamiento de Dios
y del amor que él nos da en Cristo. Pero antes de sentirnos abrumados por el
caos de las culturas modernas, debemos recordar lo importante que es construir
una cultura de fe y de amor generoso en cada uno de nuestros hogares.
Por eso les suplico a
los padres que pasen el mayor tiempo posible con sus hijos. Hagan todo el
esfuerzo por bautizar a sus hijos lo más pronto posible después de su
nacimiento, y de criarlos en una atmósfera de fe y esperanza en el misterio de
Cristo resucitado de entre los muertos. Escúchenlos, sepan lo que están pasando
en la escuela o en sus trabajos. Acompáñenlos mientras maduran, y compartan con
ellos su fe y su vida de oración. Llévenlos a misa, y ayúdenles a entender lo
que sucede cuando el Señor viene a nosotros en el sacrificio eucarístico. Estas
cosas son mucho más importantes que las cosas que queremos comprarles.
Un joven que aprende
que Dios nos ama tanto que se hizo carne en el vientre de María, que vivió,
murió y resucitó por nosotros, tiene la oportunidad de tener esperanza en este
mundo tan difícil. Las personas jóvenes que experimentan la cercanía de Dios y
el amor de quienes los rodean saben en sus corazones que la verdad, la
sinceridad y el espíritu generoso de cuidar de los demás son los caminos que
conducen a una vida de alegría. De aquí es donde realmente se obtiene la
esperanza que dura toda la vida.
Hablo de esto muy a
menudo en la diócesis y aliento a los sacerdotes para que desarrollen maneras
de involucrar en la vida y el ministerio de la iglesia a las familias, los
jóvenes y los jóvenes adultos. También para ayudar a los padres a poner en
práctica en sus hogares las formas sencillas de fe, esperanza y amor.
De igual manera, creo
que nuestras parroquias son como una gran familia, y que tenemos la
responsabilidad de acercarnos y ayudar a las familias que están batallando por
mantener la esperanza. Hay muchas comunidades nuevas y pequeñas que se forman a
lo largo de las afueras de nuestras ciudades y de los límites parroquiales.
Tenemos un llamado del mismo Señor para acercarnos a las comunidades más pobres
que se forman en las partes más aisladas de la diócesis y ofrecerles nuestra
ayuda de la manera que podamos. Sabemos que la ayuda y los recursos materiales
son de gran importancia, pero es mucho más importante que las familias que
viven en la pobreza reciban la atención espiritual y pastoral que necesitan de
toda la iglesia. En mi caso, un hombre de negocios del lugar donde crecí
ofreció su restaurante para que los domingos tuviéramos las clases de educación
religiosa. Si no hubiera sido por él creo que yo no hubiera hecho mi Primera
Comunión.
Consagración del Altar
Capilla de San Juan Diego
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Así de que las
parroquias, las capillas o misiones y toda la estructura diocesana deben
orientarse hacia salir al encuentro y ofrecer formación catequética accesible y
preparación sacramental a las familias que, por cualquier razón, se sientan
aisladas y alejadas de la vida parroquial. Por eso necesitamos trabajar para
formar más laicos misioneros líderes, que puedan ir a las periferias e invitar
a las familias a participar en la vida de la Iglesia local, y formar nuevos
centros de vida de fe.
Les puedo asegurar que
continuaré haciendo una gran prioridad la dirección de los fondos y recursos
diocesanos hacia la periferia, para que se pueda construir un ancla de fe y de
vida comunitaria donde actualmente no existe. Pero aun antes de que
construyamos los edificios donde las familias y los jóvenes puedan reunirse
para aprender, orar y compartir el amor de Cristo, todos podemos y debemos
hacer algo para primero construir la comunidad de fe y el alcance misionero en
las parroquias y capillas que ya tenemos.
¿Le ha preguntado a su
vecino si le gustaría recibir ayuda para llevar a sus hijos a clases de
catecismo para que puedan hacer su primera comunión? Como usted sabe, sí lo
puede hacer. Puede ser que eso sea lo más importante que haga en este año.
+df
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