Meditaciones
sobre la evangelización y la caridad de Cristo
+Daniel
E. Flores
Obispo
de Brownsville
(Conferencia Escobedo, Oblate School of Theology, San Antonio, Texas)
26
septiembre 2019
Prólogo
No pretendo ofrecer un esquema completo de la
evangelización, ni siquiera un argumento sobre un aspecto en particular.
Ofrezco unos dibujos en palabras. Les invito a considerar con calma ya sea un
punto, un texto citado, o una imagen provocada. Espero que vitrales
fragmentados también admitan luz. Las meditaciones son siete, con epílogo al
final guardando espacio para el día octavo.
1.
¿Qué es la gracia?
2.
Gracia y Caridad
3.
La Respuesta del amor
4.
La Interrupción eucarística
5.
La Evangelización de
los pobres y el ser evangelizados por ellos
6.
El Mundo que nos interroga
7.
El Fin de la historia
Epílogo
1.
¿Qué es la gracia?
En sentido sencillo pero profundo en la
experiencia humana, la gracia es algo que se da sin
tener que. Es algo no
merecido, no comprado, no contratado: un regalo libremente dado. No busca pago,
ni se preocupa por reclamar deudas. La gracia es tan espontánea como una
sonrisa, o un abrazo entre amigos. Todos
hemos vivido la grandeza del regalo que es completamente
gratuito, de la donación que se ofrece sin pedir nada. En el
curso natural de la vida, el darnos cuenta que hemos recibido una gracia
engendra dentro de nosotros un deseo espontáneo de querer responder de alguna
manera: devolver la sonrisa, corresponder el abrazo, decir gracias. Por lo
tanto, la gracia muestra su propia dinámica, tal como lo hace la amistad. La
gracia engendra gracia.
Sin embargo, afrontados con la generosidad de
otros, también hemos vivido la experiencia de preguntar subrepticiamente: ¿Qué
quiere esta persona de mí, dándome tanta cosa? Aprendemos
desde chiquillos que no todo lo que se presenta con cara de gracia es dado
gratuitamente. Es el cinismo que entró con el pecado original que nos ha enseñado
sospechar que lo que se presenta regalado, pronto nos puede convertir en seres
endeudados. El diablo fue tan presumido que le ofreció a Jesús los reinos del
mundo, pero la oferta ocultaba una deuda incurrida: mañana
me debes. No obstante la
experiencia amarga de un negocio disimulado con cara de gracia, la invitación
de la gracia autentica conserva su propio esplendor, el cual nos llama a
respirar de un aire más allá de ventas y pagos. Al reconocer que hemos recibido
gratuitamente, la gracia nos ruega dar gratuitamente, como dice el Señor (Mt
10, 7-8).
Hablando de la gracia, como veremos a lo
largo de estas reflexiones, el Papa Benedicto favorecía la palabra gratuidad,
y el Papa Francisco habla incesantemente de la gracia como entrega.
En sentido fuerte y teológico, pero no menos sencillo, la gracia es lo que nos
salva a través de este dinamismo de generosidad engendrando la generosidad.
2.
Gracia y Caridad
Para seguir este hilo de la gracia, quisiera
destacar un texto de Santo Tomás tomado de la tercera parte de la Suma
Teológica.
En la pregunta 46, artículo 3, el Santo pregunta sobre el porqué
de la pasión de Nuestro Señor. ¿Por qué quiso el Señor aceptar la Cruz para
salvarnos? La pregunta presta ocasión para resumir la enseñanza de las
Escrituras sobre la obra de Cristo y la gracia que nos salva.
Primero, por este medio conoce el
hombre lo mucho que Dios le ama y con esto es provocado a amarle a Él, en lo
cual consiste la perfección de la salvación humana. Por lo que dice el Apóstol
en Rom 5,8-9: Dios prueba su amor
para con nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
La pasión del Señor Jesús muestra el amor de
Dios libremente ofrecido. Según Santo Tomás es la señal eficaz del regalo que
es la Encarnación y vida del Hijo de Dios. A través de esta señal conocemos el
amor de Dios Padre. Claro, la señal de la Cruz admite de una variedad de
interpretaciones. No todos ven en ella el amor extremo de Dios dirigido hacia
nosotros. Es una gracia poder ver la Cruz y poder entender lo que vemos.
La antropología católica presupone que en el
encuentro con el Señor Jesús, la gracia
se insinúa como luz en la mente, dándonos a percibir la intención del autor,
podríamos decir, al ofrecerse de esta manera. Las Escrituras testifican sobre
esta intención captada por los primeros discípulos. La mente percibe por la
gracia lo esencial de este gran despliegue de amor como manifestación del amor
gratuito, la entrega completa, la caridad derramada. Como dice el dominico
Olivier-Thomas Venard (The Poetic Christ: T&T Clark, 2019): En
la cruz, el Verbo encarnado habla el lenguaje más significativo que existe
cuando se trata del amor: no el lenguaje de las palabras, ni el de los actos,
sino el lenguaje del cuerpo.
La gracia se manifiesta como algo dado a
conocer a través del lenguaje de la carne crucificada del Señor. La fe cree en
este amor, y es una presencia en el alma. Contiene dentro de sí el dinamismo
mismo de la gracia. Engendra dentro de nosotros un deseo espontáneo y
completamente gratuito de querer corresponderle el amor, en lo cual consiste
la perfección de la salvación humana. Este
deseo es provocado a través de la caridad manifestada en la Cruz y es idéntico
con recibir el amor del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones.
Es significativo que en este contexto Santo
Tomás invoca la autoridad de San Pablo, Romanos
capítulo 5. Si uno consulta el comentario de Santo Tomás sobre ese capítulo,
descubrirá que ahí es donde explica en gran detalle la relación entre la muerte
de Cristo en la Cruz, la fe en esta manifestación de amor gratuito, y el
movimiento del Espíritu Santo dentro de nosotros. La respuesta del alma a
Cristo es respuesta de amor, fruto del amor derramado en nuestros corazones.
La gracia nos salva. Dios nos da su amor dándonos
a su Hijo; la fe capta bajo la señal de la Cruz la realidad de este amor, y el
Espíritu Santo llega al corazón para salvarnos. La gracia nos salva a través de
una renovación interior la cual nos capacita para amar a Cristo así
como él nos ha amado. Este amor, culmen
de la gracia de Dios, participación en su propia vida, se llama la caridad.
Recordemos, pues, las palabras del Papa
Francisco en Evangelii Gaudium,
37, donde el Santo Padre, citando a Santo Tomás nos dice: La
principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se
manifiesta en la fe que obra por el amor (ST, 1-2, 108, 1).
3.
La Respuesta del amor
En la fuente visible de la Cruz, Cristo
revela de manera accesible a nosotros, que el amor de Dios es una gracia de
amor ofrecido, reconocido y correspondido: 1 Jn 4,16: Y
nosotros hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y
el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. La
evangelización propone al ser humano la
gracia de Cristo, invitándonos a reconocer en el Crucificado la manifestación
de la caridad de Dios, y en su resurrección nuestra esperanza nacida de su
caridad. Es preciso enfatizar, especialmente hoy en día, que la fe no alcanza
su fin si no engendra dentro de nosotros la misma caridad derramada:
respondemos al Señor con gracia y en la gracia. La caridad de Cristo no nos
salva al ser reconocida, nos salva al ser correspondida; nos salva a través de
nuestra caridad puesta en juego dentro de la historia. 1 Jn 3,16:
En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. Por
eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.
El dar la
vida de San Juan da expresión concisa de lo
que manda y pide el Señor sobre la forma de nuestra respuesta a él. A propósito,
el Papa Benedicto nos dice en su encíclica social Caritas
in Veritate 5: Los
hombres, destinatarios del amor de Dios, se convierten en sujetos de caridad,
llamados a hacerse ellos mismos instrumentos de la gracia para difundir la
caridad de Dios y para tejer redes de caridad. Y
en el Evangelii Gaudium
10 el Papa Francisco se expresa de esta manera:
Aquí
descubrimos otra ley profunda de la realidad: que la vida se alcanza y madura a
medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es en definitiva la
misión.
En la nueva vida de la gracia, la dinámica
misma del regalo gratuito de Cristo nos exige personalmente a formular dentro
de nosotros mismos la pregunta más exigente en nuestras vidas como católicos: ¿Señor,
dónde estás para poder responderte,
para poder amarte como tú me has amado? El Señor
mismo señala con precisión el dónde
de su presencia, el dónde
de nuestros anhelos más profundos como creyentes. Cuando hablaba de la Eucaristía,
el Señor Jesús identificó su presencia real en su cuerpo entregado y en su
sangra derramada en la cena de su propio sacrificio. Además, y sin menos
claridad, se identificó personalmente con los pobres: En
verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo
hicieron (Mt 25, 40).
Dentro de la pregunta que surge espontáneamente
desde la dinámica de la gracia de Cristo, y dentro de los rasgos de la
respuesta que el Señor nos ofrece, encontramos lo que podríamos
llamar la gracia del
encuentro ofrecido por Dios: con Dios
mismo sacramentado entre nosotros, y con Dios presente en las personas con
quienes compartimos el camino humano. Vuelvo a subrayar que esta apertura al
encuentro no se presenta como opción entre opciones en la vida de un católico;
es tan esencial como la fe por ser el camino de la respuesta ofrecida a Cristo.
La fe misma, obrando a través de la caridad, busca a Cristo con hambre para
responderle. Su caridad nos urge.
La fe Católica, expuesta en el concilio
tridentino, y en contraste con las doctrinas luteranas, no confiesa la sola
fides, doctrina que enseña
que por la pura fe nos salvamos. No creo
que muchos católicos se presenten hoy en día para abogar a favor de la sola
fides, pero sí pienso que en esta época de
individualismos y estilos de vida cómodos, corremos el riesgo de vivir la fe
con indiferencia, dejando a un lado la propuesta de la caridad. En la práctica,
podemos vivir como si nos fuera sólo necesario creer y profesar la fe para ser
salvados.
Tal manera de apropiarse de la fe reduce el
horizonte de la salvación al espacio mezquino de mi propia vida; es decir,
darle gracias a Dios por haberme dado a conocer su amor, pero preocuparme poco
sobre la condición de quienes caminan conmigo por las sendas de la vida, o
tomar a la ligera la importancia de participar en el sacrificio eucarístico. Es
como si dijéramos yo tengo la fe, ojalá
los demás la tuvieran. Podemos vivir la fe
con una actitud condescendiente mezclada con un deseo vago y distraído de
promover el bien para los demás. La grandeza de la caridad se puede reducir a
sentimientos inoperables cuando de verdad es la acción de Dios
dentro de nosotros capacitándonos a responder humanamente, generosamente,
gratuitamente a la persona que aparece en nuestro camino de vida. La gracia
engendra gracia o se muere en la tierra pedregosa de la auto-preocupación.
La realidad evangélica es otra. La gracia de
la caridad recibida nos invita insistentemente a que busquemos a Cristo para
amarle a él, en lo cual consiste la perfección de la salvación humana,
como dice Santo Tomás. A esa búsqueda nos provoca el escándalo de la Cruz.
La obra de Cristo revela el corazón abierto
de Dios donde cierne el Espíritu de comunión gratuita y entrega vivificante.
Solamente la gracia nos sumerge en las aguas trasformadoras que nos mueven a
salir de nosotros mismos, a buscar, encontrar y saborear este amor que huele a
Cristo.
Esta provocación de la Cruz nos conviene
precisamente porque sin ella no podemos agarrar el sabor del Reino. Como bien
dijo el beato Cardenal Newman, quien pronto se canoniza: el hombre vive en este
mundo para aprender, a través de la gracia, a gustar de las cosas de Dios, y
saborear lo que Dios saborea (Parochial and Plain Sermons, Sermon
I: Ignatius, 1987). Si no aprendemos a disfrutar el gusto de la caridad de
Cristo mientras Dios nos presta vida, es difícil imaginar cómo podríamos
disfrutar la caridad eterna de Dios. La caridad nos salva a través de cambiar
lo que amamos.
Si no aprendemos a salir de nosotros mismos
para amar a Cristo en la comunión de su Cuerpo-Iglesia alrededor del altar de
su Cuerpo-Sacramentado, tampoco podríamos disfrutar la eterna comunión de los
santos. De la misma manera, si no podemos saborear la entrega de Cristo en su
misión a favor de los rechazados de este mundo, tampoco tendríamos esperanzas
de realmente disfrutar de su compañía celestial. En tales casos, la eterna
comunión de los Santos alrededor del Cordero degollado se convertiría en un
infierno para nosotros. La gracia nos orienta a amar lo que Cristo ama, y a
través de esta transformación nos hace aptos para la gloria. Este punto también
es elemento básico de la fe católica.
4.
La Interrupción eucarística
Aquí sería bueno detenernos un momento para
reconocer la grandeza de la Eucaristía en la vida de un católico deseando vivir
la plenitud de la gracia. En el culto divino
recibimos la caridad de Cristo derramada desde el altar. La Misa comunica el
misterio del amor entregado de Cristo en una narración intensa, utilizando señales
materiales y palabras canonizadas para hacer presente el despliegue de la obra
trinitaria a nuestro favor. Es el Padre quien nos manda a su Hijo por obra del
Espíritu Santo. La Misa es una recapitulación completa y re-presentación actual
de esa obra salvífica. El amor de Dios no nos es comunicado como algo en el
pasado, es trasmitido hoy a través del lenguaje del cuerpo del cual nos hablaba
el texto de Venard: Cuerpo y Sangre presente en el hecho de ofrecerse. Así como
la fe capta la caridad de Dios bajo la señal de la Cruz, esta fe capta la misma
obra de Cristo interrumpiendo el tiempo para hacerse presente en la hostia
elevada y en el cáliz presentado a nuestro ver. Las pocas palabras sagradas
pronunciadas antes de las elevaciones efectúan lo que en silencio se
manifiesta.
Al presentarnos a ser recipientes de su
entrega gratuita, el Señor nos ofrece comulgar en su caridad. Manifestarse como
caridad es una cosa, pero ofrecerse para ser tomado-- cuerpo vivo entrándonos
para dar vida a los que más la necesitan-- es la señal/presencia insuperable de
la dinámica de la gracia de Dios: vida dada, por caridad, a que vida tengamos
dentro de su misma caridad. Esto nos capacita para ser su pueblo entregado. La
Eucaristía es el sacramento de la Caridad así como el Nuevo Testamento mismo es
la revelación de la caridad derramada. Así lo enseña Santo Tomás, y así lo
explica el Papa Benedicto en la carta Sacramentum
Caritatis.
Pero sería una distorsión si no entendemos
que la acción del altar nos urge a la caridad con la misma fuerza y vigor del
hecho histórico de la Pasión y Resurrección del Señor. Nos pide
una respuesta al Señor actualizada en nuestras vidas, y desatada en el mundo de
hoy. Esta dinámica es la misma que explicaba Santo Tomás sobre el porqué
de la Pasión. El Señor se presenta de esta forma sacramental precisamente para
provocar y renovar dentro de nosotros la respuesta de amor. Esta gracia nos
salva si dejamos que nos lleve a su fin intencional en la caridad de Cristo
operando de por dentro de nosotros.
La caridad de Cristo nos hace sujetos,
(agentes) de la caridad, y desde esta caridad, surge la apremiante preocupación
de la Iglesia y de cada cristiano de anunciar el Evangelio y de servir a los
pobres. Podríamos decir que si el misterio eucarístico no nos mueve a salir y
buscar al Cristo a quien le podemos ofrecer una respuesta de amor, poco nos ha
tocado lo que hemos visto en el Cristo elevado, y con poco provecho hemos
comulgado. La gracia nos salva si dejamos que nos mueva.
5.
La Evangelización de
los pobres y el ser evangelizados por ellos
Las renovaciones eclesiales iniciadas por la gracia
del Espíritu Santo siempre han surgido a través de un impulso evangelizador, de
querer anunciar
de varias maneras el evangelio con más clara referencia al Señor Jesús,
reconociendo que su estilo de vida y su misión coinciden completamente. Sin
duda los movimientos de reforma de espíritu evangélico en la historia de la
Iglesia confirman la importancia decisiva de la pobreza de Cristo como punto de
referencia. Los franciscanos y los dominicos son ejemplos destacados, aunque no
son los únicos.
Les recomiendo la novela La confesión: El
diario de Esteban Martorus, (Jus, 2008; Debolsillo, 2016) escrito por el
novelista mexicano Javier Sicilia. Es una novela provocadora escrita con
profunda sensibilidad católica. Presenta la pobreza de Cristo como luz imprescindible
para la Iglesia de hoy. El sacerdote Esteban Martorus, el protagonista de la
novela, es un pobre cura, muy limitado en sus capacidades; sin embargo, es un
cura entregado. En la primera sección que citaré, el cura es recibido por su
cardenal arzobispo. El cardenal ha decidido mandar al sacerdote a un poblado en
los montes, un poblado pobre y periferiado. Dentro de un diálogo entre
pobreza y poder, el sacerdote le dice lo siguiente al cardenal:
¿Sabe qué me
maravilla de la encarnación? —continue—, que
es todo lo contrario del mundo moderno: la presencia del infinito en los límites de
la carne, y la lucha, la lucha sin cuartel, contra las tentaciones de las
desmesuras del diablo. No sabe cuánto he meditado en las tentaciones del
desierto. ”‘ Asume el poder’, le decía el diablo;
ese poder que da la ilusión de trastocar y dominar todo. Pero él se
mantuvo en los límites de su propia
carne, en su propia pobreza, en su propia muerte, tan pobre, tan miserable, tan
dura. Nuestra época, sin embargo,
bajo el rostro de una enorme bondad, ha sucumbido a esas tentaciones. ‘Séran como
dioses, cambiarán las piedras en
panes, dominarán el mundo’… A ella
le hemos entregado a Cristo y no nos damos cuenta.
Lo actual del análisis de Javier Sicilia es
la clara identificación de la pobreza con limitación y con falta de poder. Es todo
lo contrario del corriente de la cultura de la desmesura que busca cómo
superar la limitación inherente de la condición humana; busca establecer una
condición ilimitada que pueda definir y constituir su propia realidad. Hemos
sometido el tener a los fines del poder, y el poder busca fines de
autosuficiencia. La búsqueda incesable de la libertad poderosa es en gran parte
búsqueda de independencia total. El no tener que depender de nadie, y el no
tener que sufrir que otros dependan de nosotros ha llegado a ser el ideal del
progreso socioeconómico. La pobreza perturba la consciencia del mundo que hoy
disfruta su poder económico y político. Sin embargo, si somos honestos, la pobreza de recursos materiales
nos horroriza precisamente porque las limitaciones del no-tener son
limitaciones de poder y nos recuerdan de la interdependencia de la humanidad,
la necesidad de la relación sin la cual no podemos sobrevivir.
En contraste Sicilia
identifica la pobreza de Cristo con la condición que abraza el estado limitado
y sin poder, incapaz, a fin de cuentas, de superar la dependencia
interrelacionada del ser humano. Es una pobreza que no considera las
limitaciones de la propia carne como una maldición. Al contrario, Dios Padre
decide salvar al mundo a través de la pobreza de su Hijo encarnado quien
renuncia el camino del poder manipulador: todo lo contrario del mundo
moderno. Y el culmen de esta
pobreza (la luz oscura) es su muerte tan
pobre, tan miserable, tan dura. Cristo le pidió agua a la Samaritana y la
pidió desde la Cruz. Cristo en su pobreza, (lo que San Pablo dice nos hace
ricos), da de sí mismo precisamente al ofrecerse como necesitado, y desde su
limitación, nos da la vida. Este hombre, vulnerado y vulnerable, que es Dios,
apela a nuestra consciencia, buscando cómo provocarnos a una respuesta de
caridad. El misterio de no ser seres autosuficientes, el poder responder a esta
condición en el prójimo nos abre a la salvación a través de exponernos a la
posibilidad de recibir y dar gratuitamente.
Si el Padre Martorus le da lección al
cardenal sobre la dignidad del Cristo pobre y la de los suyos, más tarde en la
novela el sacerdote recibe una lección de una amiga de confianza, una anciana
religiosa viviendo en la pobreza de la aldea periférica. Le dice lo siguiente:
Si la miseria existe y las estadísticas
no mienten es porque el sueño de los ricos ha contaminado los sueños de los
pobres. En el fondo ya no existe la pobreza, querido padre. Lo único que existe
es la riqueza y la miseria,.. ¿Sabe por qué? Sé bien que lo sabe,...
Porque se les ha hecho creer que su pobreza es una enfermedad vergonzosa, una
llaga indigna del mundo. Nunca la humanidad, y aquí, discúlpeme, padre,
incluyo también a nuestra Santa Madre, había escupido tanto sobre el rostro de
Cristo, como si su pobreza se tratara de una porquería, de esa inmunda porquería
que colgaron de la cruz y de la cual, como lo hicieron sus detractores, nos
burlamos.
El sueño de los ricos ha contaminado
los sueños de los pobres, dice
ella, indicando así que la pobreza y la miseria son condiciones distintas. El
sueño de los ricos equivale soñar de poder manipular todo,
poder tenerlo todo, poder dominarlo todo. Se convierte en miseria precisamente
cuando la limitación misma se revela resistente al sueño de control y dominio.
La pobreza de recursos no es una enfermedad,
una plaga que nos debe causar huir de los pobres. El mundo culpa a los pobres
por su pobreza como si no tuviéramos nosotros ninguna responsabilidad. Mientras
tanto, una cultura mundial se dedica a sostener el sueño de los ricos, es
decir, una cultura desmesurada en su consumo de los bienes del mundo. Existen
remedios para mejorar la condición de los pobres, pero empieza con ver el pobre
como ser humano, y no ver su sufrimiento como daño
colateral que el mundo desmesurado lamenta mientras prosigue con sus sueños.
Resulta, pues, que la frialdad e indiferencia
del ser humano enfrentado con la necesidad del pobre es la condición más pobre
posible para nosotros como seres humanos; eclipsa la apertura del amor que
quiere ver al prójimo, y responderle con gracia, humanamente, gratuitamente.
Quizás este aspecto nos ayude a entender lo que dice el Papa Francisco cuando
nos propone en EG 198 que Es
necesario que todos nos dejemos evangelizar por ellos [los pobres]. La nueva
evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y
a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia. La
fuerza salvífica de sus vidas es la fuerza que nos llama a nosotros a responder
al sufrimiento con corazón de carne y no de piedra. Sin esta apertura la fe no
nos puede salvar.
Los pobres saben una cosa con certeza: sin la
ayuda de otros no pueden sobrevivir. Platicando con inmigrantes que han sobrevivido
un camino sumamente peligroso, saliendo de Honduras, por ejemplo, y cruzando
todo México para llegar a McAllen, Texas, uno oye
constantemente como la ayuda de personas o la falta de ayuda ha determinado el
curso de sus caminos. En este sentido el inmigrante, representante de una
realidad humana de sufrimiento y rechazo que muchos en el mundo no quieren
reconocer, es, en su persona, digna y necesitada. El pobre nos ofrece una
gracia, una oportunidad, quizás la última, de responder con gracia y superar la
indiferencia que nos está matando.
6.
El Mundo que nos
interroga
El texto clave sobre la evangelización en la época
moderna es la carta apostólica de San Pablo VI, Evangelii
Nuntiandi. Quisiera dirigirme
a un texto en particular donde habla de una nueva evangelización. En el número
3 de la carta dice lo siguiente:
Las condiciones de la sociedad —decíamos
al Sacro Colegio Cardenalicio del 22 de junio de 1973— nos obligan, por tanto,
a revisar métodos, a buscar por todos los medios el modo de llevar al hombre
moderno el mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a
sus interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana.
No quiero enfocarme en la cuestión de métodos
y medios, sino en la manera sencilla y concisa con que el Santo Padre describe
el mensaje cristiano. Se refiere al kerigma y la formación catequética: el
mensaje cristiano, en el cual únicamente podrá hallar la respuesta a sus
interrogantes y la fuerza para su empeño de solidaridad humana".
Hablando de interrogantes y solidaridad el
Papa desarrolla el hilo del documento Gaudium
et Spes del Vaticano II. Por
ejemplo sus palabras resuenan el lenguaje de Gaudium
et Spes 3:
En nuestros días,
el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder,
se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del
mundo, sobre el puesto y la misión del hombre en el universo, sobre el sentido
de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino último de las
cosas y de la humanidad. [...] Es la persona del hombre la que hay que salvar.
Es la sociedad humana la que hay que renovar. Es, por consiguiente, el hombre;
pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y
voluntad, quien será el objeto central de las explicaciones que van a seguir.
El hombre moderno se cuestiona mucho. Ahora
pues, existen interrogantes del intelecto e interrogantes del corazón. Lo de la
mente afecta al corazón y lo del corazón afecta a la mente. Por lo tanto, es
preciso evitar una interpretación restringida que ve el Evangelio solamente
como respuesta a preguntas estrictamente intelectuales. Incluso la pregunta
sobre la existencia de Dios no es simplemente una pregunta intelectual; mucho
menos las preguntas sobre la salvación. El interrogante sobre Dios y la salvación
surge desde por dentro del momento histórico. Y aunque uno admite que el hombre
tiene una capacidad enorme de olvidar lo que antes se vivió en otras épocas, y
por tal razón piensa que sus dudas son originales, aun así los interrogantes de
hoy tocan circunstancias nuevas y requieren respuestas adecuadas.
Existen muchos estudios sobre los movimientos
históricos, los fenómenos culturales y las raíces intelectuales que han
confluido para crear el aire histórico, cultural e intelectual que respiramos
hoy en día. Entre esos estudios aprecio mucho la descripción de nuestra época
ofrecida por George Steiner (Real
Presences: University of
Chicago, 1991), cuando dice que hemos entrado al tiempo del epílogo:
En todo momento, mi pregunta es: ¿cuál es el
estado y el significado del significado, de la forma comunicativa, en el tiempo
de la "palabra posterior"?
Defino este tiempo como la del epílogo (de nuevo, el término contiene
Logos).
La época del epílogo acepta la crítica
deconstructiva (aun sin examinarla críticamente a fondo), y desespera de la
posibilidad de conocer a la verdad. Es la época que desconfía en la verdad de
las palabras; es el tiempo del Verbo expulsado de la ciudad. Este tiempo
coincide con el tiempo de las palabras multiplicadas sin sentido, y de la
palabra manipulada. El cinismo agresivo de hoy ve toda expresión elaborada como
juego de poder y control. El diagnóstico de Steiner y otros no queda lejos del
sentir que expresa Javier Sicilia en los textos que he citado, donde el
fantasma del poder eclipsa cualquier otra aspiración humana.
Vale la pena advertir a la respuesta actual
del magisterio en los años más recientes. Creo que hemos visto desarrollarse
una hermenéutica sobre el hombre
viviendo en el tiempo del epílogo,
de la palabra posterior,
o sea, del significado despedazado.
El Papa Benedicto publicó dos encíclicas
sobre las virtudes teológicas con la intención de publicar la tercera. Empezó con
la caridad (Deus Caritas Est),
y siguió con Spe Salvi
sobre la esperanza. Ya estaba en preparación la tercera, sobre la fe cuando tomó
la humilde decisión de renunciar el papado. El Papa Francisco, también con humildad,
reviso y publicó esta tercera, Lumen
Fidei, por su propia autoridad. El gran
esquema de estas encíclicas afirma que el ser humano hoy en día tiene
dificultades captando la fe como respuesta a sus interrogantes si no enfrenta
primero su identidad como ser humano en relación con otros seres humanos y si
no enfrenta la raíz de su deseo espontáneo de entregarse para crear y recibir
un futuro que valga la pena.
El orden de presentación de las encíclicas muestra
una continuidad profunda con lo que San Pablo VI enseña en la Evangelii
Nuntiandi sobre los
interrogantes humanos a los cuales el Evangelio se dirige.
El magisterio papal bien ha diagnosticado que dudas y confusiones sobre el porqué
del amor y el porqué
de la esperanza nos afligen profundamente hoy en día. Sin enfrentar estas, no
podemos realmente entender lo que nos ofrece el don y la fe. La sostenida
reflexión sobre caridad y esperanza antes de considerar la fe sugiere algo
significativo sobre el camino de hoy hacia el Cristo. La caridad y la esperanza
son expresiones de gracia que dan credibilidad a la fe, y por extensión al significado
del significado, para usar la frase de Steiner.
Santo Tomás claramente enseña que la
esperanza y la caridad son frutos del encuentro dinámico con Cristo Crucificado
y Resucitado, y que el movimiento
coherente de la gracia dentro del ser humano empieza con la fe en el amor de
Dios manifestado en Cristo. El orden mismo de las tres encíclicas nos dice que
hoy en día necesitamos atender a la credibilidad de esta dinámica de la gracia.
Las circunstancias de hoy implican que algunas culturas con larga presencia
cristiana en su seno han perdido el sentido de la unidad de esta dinámica. En
vez de ser visto como un desarrollo coherente dentro del creyente, la fe, la
esperanza y la caridad son percibidas y apropiadas por individuos en fragmentos
y trozos. Igual, poco se aprecia el impacto de la gracia de las virtudes teológicas
dentro de la sociedad misma.
Podríamos decir que el camino hacia la verdad
de la fe hoy en día inicia con dirigirnos a la credibilidad y la necesidad de
la caridad y la esperanza en la vida humana. Como seres humanos, el amor y la
esperanza nos preocupan más en la vida concreta que la verdad. Obviamente la verdad
debe de preocuparnos más, pero la indiferencia de hoy delante de la cuestión de
la verdad domina el espacio cultural en gran parte del mundo actual. No estamos
en condiciones para llegar a una preocupación sana sobre la verdad sin, al
mismo tiempo, decir y manifestar algo sobre amor y esperanza, caridad y camino.
La crisis humana de hoy no es solamente
crisis sobre la credibilidad de la fe; la crisis humana hoy en día es peor que
eso: el ser humano ya no cree en el amor. Esto es muy grave. La evangelización,
entonces, requiere un enfoque sostenido sobre la credibilidad del amor. En
particular requiere un enfoque sobre el amor como algo más que un juego de
poder y control, disfrazado detrás de palabras bonitas. El don de sí, la
entrega gratuita a favor de los que no nos
pueden recompensar, como nos dice el Señor
(Lc 14, 14), es el camino hacia el futuro de la fe.
Obviamente, un esfuerzo de evangelizar en
este ambiente social necesita recuperar la
fuerza salvífica de los pobres.
Concluyo esta sección citando de nuevo el
Papa Francisco. EG 195: El criterio
clave de autenticidad que le indicaron [a San Pablo] fue que no se olvidara de
los pobres (cfr. Ga 2,10). Este gran criterio, para que las comunidades
paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los
paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente, donde tiende a
desarrollarse un nuevo paganismo individualista. La belleza misma del Evangelio
no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo
que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la
sociedad descarta y desecha.
7.
El Fin de la historia
Gaudium et Spes
39:
Por eso, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y
crecimiento del reino de Dios, con todo, el primero, por lo que puede
contribuir a una mejor ordenación de la humana sociedad, interesa mucho al bien
del reino de Dios. Los bienes que proceden de la dignidad humana, de la
comunión fraterna y de la libertad, bienes que son un producto de nuestra
naturaleza y de nuestro trabajo, una vez que, en el Espíritu del Señor y según
su mandato, los hayamos propagado en la tierra, los volveremos a encontrar
limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo devuelva a
su Padre "un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el
reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la
paz". En la tierra este reino está ya presente de una manera misteriosa,
pero se completará con la llegada del Señor.
El reino de que se habla presente en una manera misteriosa es el reino de la gracia, de la caridad de Cristo
forjando lazos de comunión y entrega dentro de la historia. Las parábolas del
Señor hablando del fin de los tiempos, igual que la visión apocalíptica de San
Juan, nos comprometen a esta visión de comunión. Visiones de los Santos
alrededor del Cordero, imágenes del eterno banquete, de las bodas del Hijo, y
de la mujer vestida con el sol, anuncian una transformación del mundo desde por
dentro.
Esta visión escatológica queda en la periferia de la conversación
actual sobre la evangelización. El horizonte humano reducido al individuo que
se cree autosuficiente para construir su futuro, no puede más que reducir los
pocos pensamientos que presta a la eternidad a una mezquindad. Aun si el ser
humano viviendo durante el epílogo piensa en la eternidad, imagina un estado perpetuo donde pueda cumplir sus
deseos y caprichos. Una eternidad concebida de esa forma se convierte en el
perpetuo aburrimiento adumbrado por Sarte y semejantes existencialistas
ansiosos del siglo XX.
En este sentido nos urge recuperar el sentido de la evangelización
como misión del Espíritu y de la Iglesia íntimamente unida con el fin de los
tiempos. Uso la frase fin de los tiempos en dos sentidos: los tiempos
que llegarán a un fin, un término, y el fin en sentido de meta o propósito
intencional. Dios mueve a la historia a su fin, ese fin de caridad y comunión
anunciado en el Evangelio mismo.
La evangelización prepara este fin precisamente a través de desatar la
fuerza del evangelio dentro de la historia. La obra caritativa de un pueblo
evangelizado es la señal eficaz en el tiempo que ya participa y así anuncia lo
que Dios ha planeado para la creación transformada.
La enseñanza de la Iglesia después del Concilio ha movido a expresarse
más claramente sobre la evangelización como esfuerzo y evento en la historia, y
sobre su relación con la visión escatológica de las sagradas escrituras. Específicamente
esta aclaración se manifiesta en el desarrollo reciente de la doctrina social
de la Iglesia. Podría citar varios ejemplos en el magisterio de Pablo VI, Juan
Pablo II, Benedicto XVI, y del Papa Francisco. Cada uno habla de una relación
entre evangelización, doctrina social y la visión escatológica en términos más
allá de lo que dice Gaudium et Spes. Como invitación a que busquen
ustedes mismos enseñanzas de este tipo, solo citaré unos pocos.
Uno de los aspectos de este avance en la doctrina social de la Iglesia
se manifiesta en la manera en que el Papa Benedicto habla de la vía política de la caridad. Aquí la misión evangélica de la Iglesia, la misión
del servicio caritativo en el mundo, y el fin del mundo se vinculan
estrictamente:
Papa Benedicto CIV 7: Como todo compromiso en favor de la justicia, forma
parte de ese testimonio de la caridad divina que, actuando en el tiempo,
prepara lo eterno. La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada
y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios
universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana.
El Papa Benedicto en CIV 19, comentando sobre la contribución del Populorum
Progressio de Pablo VI, dice lo siguiente:
El subdesarrollo tiene una causa más importante aún que la falta de
pensamiento: es “la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos”.
Esta fraternidad, ¿podrán lograrla alguna vez los hombres por sí solos? La
sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos.
La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de
establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la
hermandad. Ésta nace de una vocación transcendente de Dios Padre, el primero
que nos ha amado, y que nos ha enseñado mediante el Hijo lo que es la caridad
fraterna.
Estos textos, y muchos otros en la Caritas in Veritate, avanzan la enseñanza de Pablo VI sobre la fuerza necesaria para el empeño de solidaridad humana. El tema de la necesidad de la gracia para el mundo
se relaciona precisamente aquí. Sí existen aspiraciones e impulsos en la vida
del ser humano y de la sociedad que nos animan a la solidaridad y a la
esperanza. Estos esfuerzos humanos inculcando relaciones y ambientes de común
asociación y fraternidad más allá de lazos familiares siempre han existido en
las culturas e historias del mundo. Sin embargo, la enseñanza de Benedicto XVI
nota que la aspiración humana buscando
como establecer la fraternidad es débil y frágil sin la caridad manifestada en
la aplicación concreta de la gratuidad, la misericordia y el espíritu de comunión.
Además, continúa el Papa, sin lazos de fraternidad basada en la caridad, ni la
justicia se puede lograr.
El número 38 de la Caritas in Veritate, de hecho, resuena con una fuerza extraordinaria
cuando dice lo siguiente: La solidaridad es en primer lugar que todos se
sientan responsables de todos; por tanto no se la puede dejar solamente en
manos del Estado. Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la
justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario
decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia.
Aun en un contexto social donde la Iglesia es percibida como minoría,
la obra caritativa de la comunidad no deja de ser enormemente importante para
la misión evangelizadora. La caridad tiene olor de Cristo, y puede ir
infiltrando poco a poco las dinámicas sociales del mundo entero. Comunidades y
personas aún no creyentes no pueden faltar de ser influidos por esta gracia.
Claro, en momentos y espacios particulares esta obra inspira rechazo y hasta
persecución; pero aun así vemos que puede inspirar cooperación y grandes
esfuerzos en común a favor de los pobres y sufridos Esta realidad forma parte esencial de la misión, ya
que en un modo latente y misterioso tiende al triunfo final del Cordero
degollado y de su caridad.
Y aquí, el Papa Francisco, en
EG 279: Quizá el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en
otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como
quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin
pretender ver resultados llamativos. Solo sabemos que nuestra entrega es
necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en
medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero
dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca.
En fin, mientras luchamos para compartir la
gracia y caridad del Evangelio, y mientras promovemos la justicia sostenida por
la caridad, lo que debemos de mantener es la visión eclesial del fin, de un
mundo trasformado por la caridad, la entrega gratuita. Esta es la misma gracia
derramada sobre los creyentes a través de la Pasión de Cristo y el Espíritu
Santo infundido en nuestros corazones: que haga fecundos nuestros esfuerzos
como a Él le parezca.
Epílogo
Agradezco haber podido compartir algunos pensamientos con ustedes; ha
sido para mí una gracia.
Antes de terminar, quisiera dar la última palabra al Santo Arzobispo, Óscar
Romero. El mártir es la señal escatológica primaria. El Arzobispo dio su vida
para Cristo. Su vida, su predicación y su martirio son como una respuesta de
amor a Cristo, y al mismo tiempo una respuesta dada con amor a las inquietudes
y tragedias que se viven hoy en día. Su vida y enseñanza dan testimonio a la íntima
relación entre la vida y entrega del Señor, la santa Misa, los pobres, la
doctrina social de la Iglesia, y la visión escatológica del Evangelio mismo. Le
rezo al Santo con frecuencia, pidiendo que me ayude a mí, a los demás obispos
del país, y a los del mundo entero dar un testimonio fiel.
Citaré dos textos tomados de sus sermones litúrgicos (Homilías y discursos, 1977-1980: Vaticanoterzo, 2015). El primero es
tomado de su sermón en la misa exequial del Padre Rutilio Grande, SJ, celebrada
en la Catedral de San Salvador (14 March 1977). El Padre Rutilio fue asesinado
poco después de la llegada del Monseñor Romero al arzobispado.
La doctrina
social de la Iglesia ]que] les dice a los hombres que la religión cristiana no
es un sentido solamente horizontal, espiritualista, olvidándose de la miseria
que lo rodea. Es un mirar a Dios, y desde Dios mirar al prójimo como hermano y
sentir que “todo lo que hiciereis a uno de éstos a mí lo hicisteis“. Una doctrina social que ojalá la conocieran los
movimientos sensibilizados en cuestión social. No se expondrían a fracasos, o
miopismo, a una miopía que no hace ver más que las cosas temporales,
estructuras del tiempo. Y mientras no se viva una conversión en el corazón,
una doctrina que se ilumina por la fe para organizar la vida según el corazón
de Dios, todo será endeble, revolucionario, pasajero, violento.
Y luego, un mes después, en el II Domingo de Pascua
1977, del sermón predicado en la parroquia de la Resurrección, colonia de
Miramonte:
Peregrinar (con el Señor) para
que esta fiesta pascual que cada año se celebra en la parroquia sea una
invitación a trabajar por hacer este mundo más humano, más cristiano; pero saber que no está el paraíso aquí en la tierra,
no dejarnos seducir por los redentores que ofrecen paraísos en la tierra-no
existen-sino el más allá con una esperanza muy firme en el corazón: trabajar el presente, sabiendo
que el premio de aquella Pascua será en la medida en que aquí hayamos hecho más
feliz también la tierra, la familia, lo terrenal.
San Óscar Romero,
Ruega por nosotros.
Amen.
+df
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