Saturday, November 24, 2012

El Credo

Querido lector,
Ya ha de saber que el título de este Blog implica no tanto el estilo del escritor, sino su perenne aspiración. He conocido libros bien largos, y muy buenos, sobre el Credo de la Iglesia. Me limito a proponer algunos puntos que quizá le ayude para apreciar un poco la riqueza del Credo, como expresión concisa de nuestra fe. Diré que mis palabras no son pocas; sin embargo, tampoco son demasiadas cuando se toma en cuenta el tema.
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El Credo
Continuando con reflexiones sobre el misterio de la fe durante este año de fe, les ofrezco esta meditación sobre el Credo.

La profesión de fe de la Iglesia Católica, el Credo, expresa en palabras lo que creemos y vivimos. Por eso, los formularios de profesión siempre han tenido un espacio privilegiado en la tradición de la iglesia. Trasmitimos el credo bautismal a los que buscan la gracia de la fe; además enseñamos a nuestros jóvenes las palabras del credo. La fórmula del credo da expresión a nuestra vida trinitaria; encuadra el espacio en donde creemos, vivimos y nos movemos como católicos.

Creemos en un solo Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y la tierra,...  Y en su único Hijo Jesucristo,... Y en el Espíritu Santo, un solo Dios que vive y reina por los siglos de los siglos. ¿Y porqué creemos todo esto? Porque conocer a Jesucristo nos conduce a participar en el misterio de sus relaciones con el Padre Eterno y con el Espíritu Santo. Creemos en la Santa Iglesia Católica y en la comunión de los santos. ¿Y de dónde viene esto? Pues, creer en Jesucristo implica creer en el cada vez más amplio círculo de relaciones que él mismo inicia con los hombres y las mujeres, los cuales por medio de la gracia del Espíritu Santo se establecen en la fe, la esperanza y la caridad. Esta fuente de relaciones comunales en la iglesia son todas mediadas en la persona de Cristo. Dios hecho carne, y "lleno de gracia y de verdad" (como nos enseña San Juan), nos enlaza a la Santísima Trinidad, a los Santos, y el uno al otro.

En cierto sentido, recibimos el don de la fe por un camino que sigue el contorno del Credo leído al revés. Me doy cuenta que esto suena raro, pero permítanme explicar el sentido. Comenzamos a respirar la fe de la Iglesia antes de saber lo que significa. El don nos llega principalmente por medio de las expresiones memorables encontradas en la vida diaria: Una vela encendida delante de una estatua del Sagrado Corazón, una oración susurrada antes de comer, un Rosario dejado en la mesita de noche, una procesión en día de fiesta, una reunión de familia para bautizar el niño. Todas estas actividades acompañan la vida de los Católicos y dejan una impresión en las almas de los jóvenes, y de los adultos, igual que en las almas de los creyentes y los no creyentes. Estas son las cosas que inspiran preguntas, asombros, y a veces rebeldías. Estas cosas están presentes como recordatorios que la fe de la iglesia es en primer lugar un misterio vivido, y presente en el mundo.

A esto me refiero cuando digo que la fe de la iglesia sigue el camino del Credo leído al revés. La tercera parte del Credo se trata del Espíritu Santo y la Iglesia. Nos impulsa hacia Cristo por medio de la obra del Espíritu Santo en la Iglesia. El don del Espíritu fluyendo del sacrificio Pascual del Hijo sigue viviendo en la Iglesia. El Espíritu nos da un codazo de por dentro por medio de las expresiones vivas y de la fe a nuestro alrededor. El Espíritu, en un abrir y cerrar de ojos, abre el corazón de un niño a fijarse de la veladora encendida sobre el comedor, o conduce a un adulto a observar el hecho que un creyente se haya persignado al cruzar en frente de un templo Católico. El Espíritu nos sugiere tomar estas señas como provocantes de una pausa considerada, y quizá una pregunta dentro de uno mismo. Así sucedió con los primeros discípulos. Vieron algo o escucharon algo que tenía que ver con Nuestro Señor, y desde eso empezaron a preguntar: "¿Maestro, donde vives?" La Iglesia, el primer misterio nacido del Espíritu presente en el mundo, carga dentro de sí el don de la fe en el mundo. Por medio de un tirón al corazón hacia el misterio de Cristo, esta gracia nos conduce últimamente al encuentro con Cristo en los sacramentos.

Así pues, en la vida, el Espíritu Santo actúa de manera invisible para atraernos al misterio de Cristo. Esto nos lleva, por decirlo así, a la segunda parte del Credo, donde el misterio de Jesucristo se expresa de manera concisa y comprensiva. El centro cristológico del Credo pone de manifiesto quien es Jesús y a que vino.  ¿Quién es él? Él es el Hijo eterno del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios Verdadero. ¿Y a qué vino? Bajó del cielo para estar con nosotros, y para sanarnos por medio de su muerte y resurrección. Esto es el punto central de la buena nueva evangélica: Dios mismo, en la persona del Hijo, viene para salvarnos, para convivir con nosotros, y para acompañarnos en la vida. Dios no nos mandó un ángel, funcionario de oficina, para atendernos. No, al contrario, él mismo saltó desde el cielo para rescatar y enriquecernos. Jesucristo causa brillar y ser entendible lo que hace el amor. El Amor busca la presencia y el bien de los amados. Dios nos ama. Estas palabras carecen de sentido cuando las pronunciamos si no vienen vinculadas al ejemplo de Cristo y a su ofrecimiento de sí mismo para nuestro bien. Él hizo esto, y en el hecho mismo sabemos cuanto Dios nos ha amado.

Tenemos acceso a la fe en Cristo por medio del Espíritu Santo; y esta fe nos mueve adelante y hacia arriba al encuentro con el misterio del amor del Padre, cosa que se trata en la primera parte del Credo. Jesucristo siempre nos conduce hacia el Padre. Nos habló del Padre, de la misericordia del Padre, y del reino del Padre. Jesucristo vino para revelarnos el Padre. El Señor nos dijo solemnemente: "Si me han visto a mí, han visto al Padre". El Padre nos mandó el Hijo, y por medio del Hijo, en el Espíritu Santo tenemos entrada al corazón del Padre, origen y fuente de todas las cosas creadas y redimidas. Nos hizo en el amor y para el amor.

Cuando se arraiga profundamente la obra del Espíritu Santo dentro de nosotros, contemplamos las dimensiones del misterio Trinitario, -- el misterio de misterios. El Padre manifiesta su amor en Cristo Jesús, y encontramos a él por medio de la luz de Cristo. Este es el misterio que profesamos cada domingo cuando como católicos rezamos todos juntos el Credo.

1 comment:

  1. Muchas gracias por su reflexión, me llevó a recordar cuando era niña, me gustaba mucho la procesión del Corpus Christi que hacían por las calles del pueblo donde vivía, los cantos, la gente, la celebración. Aunque no entendía todo claramente, sabía que se trataba de algo muy especial. Ciertamente dejo una impresión en mi alma, como dice usted. Tal vez ahí fue el inicio de mi amor por Jesús! Tomaré en cuenta sus palabras en mi intento de formar a mis hijos en la fe.

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