Thursday, November 19, 2015

Sobre el Año de la Misericordia

Queridos Hermanos y Hermanas en Cristo,

En la persona de nuestro Señor Jesucristo, siendo la persona del Hijo eterno de Dios Padre, se nos muestra la definitiva expresión de la misericordia de Dios. Él, por obra del Espíritu Santo, se hizo hombre en el seno de la Virgen y en cada gesto, cada palabra, cada obra del Señor entre nosotros se nos manifiesta la plena voluntad del Padre misericordioso. Él desea que su amor nos llegue y que nos penetre hasta lo más íntimo de nuestro ser para que alivie nuestras heridas. De hecho, el amor de Dios se expresa en forma misericordiosa precisamente porque llega para sanarnos y fortalecernos. 

Al mismo tiempo, el Señor Jesús, por medio de su obra de misericordia hacia nosotros, nos invita a extender la gracia de la misericordia a los que sufren. La  persona que ha experimentado la misericordia de Dios recibe, por la gracia del mismo Señor, un impulso divino animándola a convertirse en agente de la misericordia de Dios en el mundo.


Con sus ojos fijos en este misterio tan grande, el papa Francisco, con la ayuda del Espíritu Santo, ha decretado para la Iglesia un Año Santo de la Misericordia. Este tiempo especial de gracia y misericordia comienza el 8 de Diciembre con la solemnidad de la Inmaculada Concepción y terminará el 20 de Noviembre de 2016 con la solemnidad de Cristo Rey del Universo. Quisiera invitar a todos a vivir esta gracia que el Señor nos ofrece durante el jubileo extraordinario de la Misericordia.

El tema de la misericordia de Dios se ha manifestado como enfoque principal de la Iglesia en nuestros tiempos.  San Juan Pablo II, el Papa emérito Benedicto XVI, y ahora el Papa Francisco han repetidamente, a veces con lágrimas, desarrollado una enseñanza profunda sobre este misterio central de la fe Católica y de la vida humana. Es una señal de la providencia de Dios sobre el mundo y sobre la Iglesia el que esta enseñanza se ha ido profundizado y divulgado durante estos años bajo la tutela de tres sucesores de San Pedro. Cada uno ha ofrecido sus enseñanzas en profunda continuidad con la sagrada tradición y al mismo tiempo con sus propios rasgos tan particulares. De hecho, el tema es insondable ya que se trata de las fuentes inagotables del amor de Dios. 

El mundo de hoy sufre mucho. Desde antes, hemos sufrido como seres humanos la crueldad y la dureza de corazón en el mundo. Estas son expresiones del pecado dominando la mente y la libertad del mismo ser humano. Pero parece que en nuestra época la capacidad del hombre para hacer daño se ha multiplicado en proporción con nuestro dominio tecnológico. Las guerras, el terrorismo, la crueldad del mercado que vende hasta a los no-nacidos para ganar más dinero y poder, combinado con la tentación contemporánea de aislarnos detrás de nuestras pantallas privadas para evitar contacto humano, todo esto muestra que el mundo necesita recibir de nuevo el anuncio de la misericordia como regalo que viene de Dios y como responsabilidad de cada ser humano. 


El Año Santo tendrá varios elementos de los cuales escribiré mencionando algunos puntos conforme el año va transcurriendo. Por lo pronto, sería bueno señalar a grandes rasgos los temas principales. Posiblemente lo mejor es contemplar este misterio bajo dos aspectos distintos pero estrechamente relacionados. Primero, el Año de la Misericordia nos invita a reencontrar y profundizar la misericordia de Dios. Secundo, el Año de la Misericordia nos anima a buscar nuevos caminos para expresar la misericordia hacia otras personas. Es muy claro que sin recibir la misericordia de Dios no podemos como cristianos vivir la misericordia en relación con los demás. 

Es bueno notar que el elemento básico de reencontrarse con la misericordia de Dios implica examinar la conciencia para poder dedicarnos de nuevo a la participación en  la vida de la Iglesia, especialmente en los sacramentos. Reconciliación y comunión son claves de la vida espiritual. De igual manera sabemos que la lectura del Evangelio y la oración diaria nos conducen a vivir más eficazmente el encuentro con el Señor Jesús. Durante este año el Señor nos invita a vivir de nuevo la gracia de nuestra relación con él. 

El Papa Francisco ha señalado la peregrinación como modo de vivir el Año de Misericordia. Tengo intenciones de designar la Catedral de la Inmaculada Concepción en Brownsville como templo principal de peregrinación en la Diócesis, junto con la Basílica de Nuestra Señora de San Juan del Valle, en San Juan. Les invito a visitar estos templos durante el año para vivir más intensamente las bendiciones y gracias del Señor Jesucristo y para recibir las indulgencias concedidas por el Santo Padre.

Con la fuerza de una relación renovada con el Señor podemos dedicarnos con más fuerza a ser agentes vivos de la misericordia. Las obras de misericordia, tradicionalmente vividas en la Iglesia, forman parte esencial en nuestro camino durante el Año de la Misericordia ya que son expresiones del segundo aspecto que he mencionado: el de intensificar la práctica de la misericordia en el mundo.


Estas son las obras de misericordia corporales: 
1) Visitar a los enfermos
2) Dar de comer al hambriento
3) Dar de beber al sediento
4) Dar posada al peregrino
5) Vestir al desnudo
6) Visitar a los presos
7) Enterrar a los difuntos

Y estas son las obras de misericordia espirituales: 
1) Enseñar (con humildad) al que no sabe
2) Dar buen consejo al que lo necesita
3) Corregir (con caridad) al que se equivoca
4) Perdonar (de corazón) al que nos ofende
5) Consolar al triste
6) Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
7) Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Durante este Año Santo el Señor nos invita a todos a examinar nuestra vida y así crear más espacio en la vida para practicar más concretamente las obras de misericordia. El testimonio de la misericordia practicada en el mundo es lo que el mundo hoy más requiere.

El Hijo de Dios sufrió la cruz para el perdón de nuestros pecados y para invitarnos a responder con compasión a su cuerpo desfigurado y marcado con señas colmadas de la brutalidad. Podríamos decir con Santo Tomás de Aquino que nuestra salvación consiste en responderle al Señor que tanto nos ha amado. El Señor se identificó personalmente con los que sufren y respondiéndoles a ellos socorremos a él. La fe sin amor no salva y el amor que no se extiende para socorrer al que sufre no sirve para nada. Recordando esta verdad de la fe, le pido al Señor que nos ayude a todos a compartir la misericordia que hemos recibido.

Madre de misericordia, Inmaculada Virgen,
Ruega por nosotros. 
Señor Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María, Ten piedad de nosotros.

+Daniel E Flores
Obispo de Brownsville 

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