Friday, April 20, 2012

Misericordia y Resurreccíón


La misericordia de Dios se muestra de una manera penetrante, eficaz y maravillosa durante la procesión dramática de la obra redentora. Penetrante, porque efectivamente la gracia expone a la luz la verdadera miseria del ser humano. Cristo acepta nuestra condición de seres asombrosamente capacitados, pero a la vez radicalmente sometidos a poderes aun más fuertes: el espíritu de envidia y de celos, por ejemplo. Más todavía: durante la Pasión del Señor se revela las sutiles manipulaciones del diablo, buscando como incitar a los hombres a un odio inexplicable contra lo bueno, lo noble y lo sano en la vida humana. Existen poderes dañosos en el mundo y en nuestro interior, que superan nuestras fuerzas para remediar.
Eficaz, porque al quedar expuesta la miseria, el doliente recibe la gracia de saberse necesitado. El panorama del Misterio Pascual expone nuestra debilidad. Es una gracia poder ver las cosas tal como son. El pecado oscurece nuestras percepciones; vemos, pero no vemos. La Pasión aclara que somos capaces de distinguir entre el bien y el mal, pero en los momentos más decisivos de la vida, fallamos de voluntad.  Pedro derramó lágrimas por haber visto las cosas tal como son.
Maravilloso es la misericordia porque al saberse uno necesitado, encuentra la gracia de poder invocar la misericordia de Dios. ¡Ayuda me, Señor, sin ti no tengo esperanzas! Jamás ha negado el Señor la oración pidiendo misericordia. Tenemos los ejemplos de las lágrimas de Pedro, el del ladrón arrepentido (crucificado al lado de Jesús), y el ejemplo de la confesión del soldado confesando que Cristo era el inocente. La gracia opera dentro del ser humano por medio de los movimientos interiores: una luz penetrando la consciencia, un impulso incitando la voluntad, un alivio dando paz al alma.
La maravilla de la misericordia llega a su cumplimiento al pedirle al Señor la gracia de un corazón nuevo, renovado, y capaz de ver y de poner en práctica el compromiso con Dios y con la realidad humana. La resurrección de Jesucristo contiene también la nuestra. Resurrección prometida en el juicio final—cierto-- pero implica a la vez nuestra resurrección como realidad vivida hoy, una sanación de la herida que más nos aflige en esta vida. Permítanme elaborar.
El filosofo Nietzsche, progenitor de la corriente cultural moderna que promueve la bandera de  la auto-suficiencia humana, castigaba a los cristianos por estar invocando cada rato la ayuda de un poder fuera de sí mismos.  Le daba asco pensar que el hombre dependiese de algo fuera de sus propias fuerzas. El filósofo alemán se enfocaba en la necesidad humana como seña de debilidad. Tal perspectiva considera la relación con otros como algo insignificante. Pero nosotros, los creyentes, no nos enfocamos en la miseria como seña de debilidad, sino en la debilidad como seña del camino verdadero hacia el redescubrimiento de nuestra identidad como criaturas establecidas en relación con otros. La herida del ser humano es precisamente la tendencia de creernos auto-suficientes. El poder que tenemos como seres humanos florece en contexto de relación amistosa con otras personas, y en relación con Dios.  Al otro lado del camino hacia el encuentro con la misericordia de Jesucristo, nos sabemos relacionados con Él, y por medio de Él, relacionados con el Padre celestial. Y si somos relacionados con el Padre de Jesucristo, nos encontramos vinculados con todos quienes el Hijo ha intentado hermanar por su santa Cruz y Resurrección.
La resurrección vivida hoy por los cristianos consiste precisamente en esta renovación de relaciones. Esta es la caridad, entendida como don para vivir honradamente el compromiso de amor con Dios y con nuestros prójimos. Este don surge en el corazón al contemplar el Cristo crucificado y traspasado por la espada. La manifestación de su compromiso con nosotros es una gracia que nos invita y nos capacita para vivir el nuevo compromiso con Él.
En realidad existen solo dos posibilidades para el ser mano: O somos aislados y no tenemos remedio fuera de nosotros mismos; O somos invitados a relacionarnos de nuevo con el Dios que quiere ser conocido y invocado como Padre. En la primera opción, somos huérfanos en este mundo: cada uno por su lado. En el segundo camino, somos hijos e hijas de un Dios en quien podemos confiar. La primera opción nos lleva por caminos de la tiranía del poder (los poderosos del mundo dominan sin fijarse en las condiciones de los más débiles). El otro camino, el camino de Cristo-- el que nos muestra la cara del Padre-- nos impulsa a buscar las nuevas relaciones de comunión con Dios, y de compromiso eficaz con nuestros hermanos y hermanas.
El que conoce a Cristo, ama al Padre que lo envió. Fue enviado, se hizo nuestro hermano, para remediar las condiciones de todos nosotros. Vino a socorrernos con su misericordia, invitándonos a recibir el don de nuevas relaciones y de más valiosos compromisos. Es preciso vivir esta resurrección. Ámen.


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