Les he pedido a los párrocos leer esta carta, dirigida a los filigreses de la Diócesis de Brownsville, durante las Misas en cualquier Domingo de la temporada Pascual.
Carta Pascual
La Pascua del Señor y la misión hacia las periferias
Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Los días de Pascua son días de luz y esplendor para la Iglesia. Por cincuenta días, desde el anuncio de la manifestación del Resucitado, hasta el gran domingo de Pentecostés, la Iglesia vive su primavera anual, justamente reflejada en la renovación de vida que se expresa en la bella naturaleza renacida. Reflejada pero no superada, porque la efusión de vida que vive la Iglesia en estos días es la expresión viva de los efectos de la gracia del Señor triunfante sobre la muerte, y este misterio de vida trasciende el orden natural. La resurrección del Señor se muestra en la Iglesia poderosamente durante esta temporada de los bautismos, las confirmaciones, y las primeras comuniones. El ungido del Padre, rechazado por los poderes del mundo, resucitó vindicado como el Hijo preferido y victorioso; y él derrama su nueva vida como una unción sobre su cuerpo, la Iglesia. Todos los que se acercan al Señor en estos días reciben la unción de nueva vida.
Estamos acostumbrados a pensar que nosotros elegimos al Señor, o decidimos participar en la vida de su Iglesia. Es cierto, pero el lado humano, de donde nacen nuestras decisiones, no encierra toda la realidad. De hecho, no podríamos acercarnos al bautismo, o a la confirmación o la sagrada comunión sin primero haber reconocido la luz brillante del Cristo atrayéndonos a su encuentro. En las Escrituras, leemos que el Resucitado no se manifestó a todos, sino a los escogidos por él de antemano. Y no se manifestó al mismo tiempo a todos, sino en el momento escogido por él. En manera semejante, él toma la decisión de atraernos por medio de su manifestación personal, en los momentos escogidos por él. Y cuando el Señor se presenta, invita a que se reúnan todos con él y con sus compañeros. Por eso decimos que nuestra decisión de seguir a Cristo en su Iglesia depende totalmente de la decisión previa del Señor de manifestarse a nosotros. Además, el Señor nos escoge con el propósito particular de incorporarnos en su Iglesia. No me digan que Cristo no estableció una Iglesia; esa idea es una invención de nuestra época individualista: “no tengan miedo,” dijo, “id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (véase Mateo 28, 10). Un cristiano no puede regocijar en la resurrección sin salir a buscar la comunidad apostólica para poder compartir la nueva vida. Ahí tienen a la Iglesia. Por eso estamos aquí.
Que tampoco sea causa de orgullo el haber recibido la unción del Señor. Si él nos invita a recibir el favor de su presencia luminosa en nuestras vidas, es bueno recordar que el Señor escoge a los que no son nada en el mundo “para humillar el poder”, como dice San Pablo. “Aún más”, continúa el Santo Apóstol, “ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta” (véase 1 Co 1: 27 ss). Lo que dice San Pablo va de acuerdo con lo que nos enseñan los Evangelios. El Señor se identificó con las palabras del profeta Isaías cuando dijo que había sido ungido y enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, y libertad a los oprimidos (véase Lucas 4: 16 ss). Por esta razón el Señor caminaba por de las aldeas de Galilea curando a los leprosos, sanando a los cojos, y prestando atención a los llantos de los pobres. El Señor prefiere a los que aparecen menos en los ojos del mundo, y les anuncia que son los preferidos en los ojos de Dios. No podemos gloriarnos: si por pertenecer a ese grupo que el mundo considera de mal olor,… si por eso, digo, el Señor nos ha buscado y ungido con el perfume del crisma bautismal, pues mejor condición no se puede imaginar.
¿Qué significa haber recibido la gracia y favor del Señor por medio de su gran salida a nuestro encuentro? Pues bien, el Ungido, el Hijo amado del Padre, sale a nuestro encuentro y nos ofrece una participación en su unción para compartir su misma misión hacia los que se viven fuera del favor del mundo, en las periferias de la vida. Él nos impulsa a salir y a buscar a los que se sienten alejados de Dios. No vale quedarnos sentados, aunque agradecidos por lo que hemos recibido al conocer a Cristo. Tenemos que salir para anunciar el favor del Señor a los que en nuestros tiempos viven aislados y vilificados.
La tarea es algo más que urgente. Tenemos que abrir las puertas de nuestras parroquias para salir a buscar a los que hoy en día viven solos, aislados, y fuera de la comunidad. Y esas mismas puertas tienen que quedar abiertas para que los que busquen al Señor puedan entrar y sentir la acogedora bienvenida de la comunidad de Cristo, la Iglesia. Son muchísimos los creyentes en nuestra vecindad, pero no entran a la iglesia. ¿Por qué? Pues cada caso es diferente. Pero quizás sea porque viven en las nuevas colonias aquí en el Valle, y no saben dónde se reúnen los católicos. Pues, hay que salir a invitarlos. Quizás no tengan documentos y tienen miedo salir al templo. Pues, hay que asegurarles que todos tienen derecho delante de Dios a participar en el culto divino, y que la Iglesia no tiene nada que ver con los asuntos del gobierno y su incansable búsqueda de documentos. Quizás en algún momento se sintieron despreciados por un parroquiano o por un sacerdote. Pues, hay que pedir disculpas e invitarlos a regresar. Quizás no pueden comulgar por una razón u otra. Pues, hay que decirles que no por eso debe uno de evadir participar en la santa Misa con su corazón, y disfrutar la vida de la comunidad. Bueno, podría formular una lista más exhaustiva, pero pienso que saben lo que quiero decir.
Si no aprovechamos la gracia de la unción que hemos recibido para compartirla con los que se encuentren lejos de la Iglesia que Cristo estableció con su sangre, pues, caerá sobre nosotros el mismo juicio que el Señor pronunció sobre los que en su tiempo guardaban los atrios del templo para prevenir la entrada a los impuros. “Se parecen a sepulcros blanqueados”, les decía. No vayamos a pensar que somos tan escogidos que nuestra flojera se cubrirá con la unción que hemos recibido. Al contrario, si pensamos de esa manera, estamos en lo mismo que involucró a los que se pensaban poderosos en los tiempos del Señor, los que el Señor dejó atrás mientras salía a buscar a las ovejas perdidas, anunciándoles el favor del Señor.
“El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, y para anunciar redención a los cautivos (Lucas 4: 18).” Pongamos nuestra esperanza en ese Espíritu que ungió a Nuestro Señor Jesucristo hacia los pobres, el mismo Espíritu que nos ha llegado en plenitud por medio de la Pascua del Señor, ungiéndonos y capacitándonos para salir y participar en su misión.
Que Dios siga bendiciendo su obra entre nosotros,
+Daniel E. Flores
Obispo de Brownsville




















